Ana Isabel Ruiz Carranza

 

Ana llega, toca la campana de la entrada y sale Tomás.
—Ana- dice él lleno de alegría-. Hace mucho que no viene, pase, pase… Usted sabe que los señores no están. Viajaron a Bruselas. Ya los jóvenes son médicos. Venga, Rosa se va a alegrar al verla. Cómo se parece usted a su mamá. ¡Ay María!, fue tan inesperada su muerte. No llegó a conocer a su nieta, fue el corazón, tan joven y valiente. Se la llevó el corazón…
Hablan largo rato. Los niños de Ana son el tema. De pronto Ana pregunta:
—Tomás… ¿Usted sabe quién es mi papá?
Y Tomás enmudece. Su rostro muestra angustia, sorpresa y verdad callada. Él y Rosa se miran. El secreto, parecen decir sus miradas.
—Mi niña, no pregunte por favor. No pregunte.
—No, Tomás, tengo derecho a saber. De pequeña soñaba que usted fuera mi padre, usted me cuidaba, me enseñó a caminar, me trajo la bicicleta, me enseñó de las plantas y animales y me acompañó camino a la escuela, pero sabía que no era usted. Dígame la verdad. Por favor… ¿Yo soy hija de don Federico, verdad? Él es mi padre. No necesita negarlo.
—¡Ay, niña! No pregunté -… Tomás pasa su mano por su cabeza pintada de canas-… ¡Ay niña!- y se asoman lágrimas en sus ojos escondidos bajo los párpados caídos-. Vea, Ana, mejor espere a que los señores regresen. Están en Bruselas con los muchachos.
Ana se queda pensativa. No necesita respuesta. Se levanta de la mesa de la cocina y dice:
—Voy a pasar a la biblioteca. Su biblioteca.

Cuando vivía en esta casa buscaba libros, eran ya pocos los que no había leído. Las novelas, casi todas. Las colecciones infantiles y juveniles ahora estaban guardadas con cuidado. Hoy le interesaba la historia.
En la biblioteca se para frente a las fotografías de Alfredo y Ricardo Montealegre. Y se ve ella reflejada en ambos. Los ojos, las cejas, sus ojos, sus cejas, su frente…  similares. El color de sus ojos no es igual, los de ella son café miel como los de su madre, ellos los tienen casi verdes, como su padre. Y de inmediato llegan miles de pequeños detalles a su memoria.
Siente la calidez de la mano de don Federico Montealegre sobre su cabeza. Su escuela privada, su primer año de colegio. Su tutor en la biblioteca. Su educación no había sido la de la hija de una ama de llaves. No. Ella era hija del ama de llaves y del señor de la casa.

 


 

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