Felicia Morales Suárez

 

Mi cocina huele deliciosa. Huele a recuerdos de higos, canela, clavos de olor, vainilla y frutas en licor. Y al momento mágico en que mi mamá bajaba la puerta del horno y ese olor se impregnaba en su ropa y en nuestra memoria. Uno a uno sacaba los queques navideños y con mucho cuidado, los iba depositando en la mesa de su cocina. Los envolvía en papel encerado, papel de aluminio y finalmente en papel celofán rojo.

De cada tanda salían seis queques. Había una muy especial, más cargada de frutas y semillas. Cada uno tenía su dueño y eran los regalos de navidad para gente muy querida. Mi responsabilidad eran tres: el del tío Pepe, el de Francisco Chaverri, Panco, mi padrino, y el del Doctor. Iba donde tía Marlen, a la vuelta de mi casa, ahí dejaba el encargo de Mayita, mi mamá, para el tío Pepe Figueres. Tía Marlen, prima de mi mamá, era casada con tío Román Castro Figueres, ambos como hermanos de Mayita. Luego iba a esa casa estilo español, al final de la calle a la izquierda.  El guarda me dejaba entrar. Entonces aparecía doña María Camacho, la Nana. Una indita mexicana con una trenza larga negra. Siempre sonreía, dejando ver unos dientes blancos, perfectos.

__ Tiene que darle su regalo al Doctor -me decía con voz suave. La seguía por el pasillo que llevaba a la biblioteca. El piso de baldosas rojas y otras blancas con figuritas azules brillaba de forma impecable, reflejando mi silueta en él. Detrás de un escritorio que más parecía una montaña, en lo alto, estaba el Doctor. Creo que le hacía gracia que esa chiquilla de seis años tuviera la osadía de presentársele con aquel tesoro familiar envuelto en papel celofán rojo. Conversábamos un ratito.

­­__ Ñatica y cómo le va en la escuela, ¿tiene muchas amiguitas?

Descubrimos que ambos cumplíamos un 10 de marzo, con 59 años de diferencia.

­__ Le da mis saludos y las gracias a su mamá por este queque tan rico.

Al final se me quitaba el susto y quedaba la emoción del encuentro.

Años después, una tarde de junio, una de esas tardes lluviosas melancólicas, entró

Mayita a mi cuarto y con voz pausada me dijo que iba a la iglesia Santa Teresita, a la vela del Doctor.

__ Yo voy con usted – le dije.

__ ¿Estás segura, no te va a dar miedo?

__ No sé, pero él era mi amigo, como el tío Pepe el suyo.

La iglesia estaba repleta. Había mucha gente en la fila. Entre los lirios, cirios y tarjetas, dejamos nuestro ramito de rosas blancas para el Doctor Rafael Ángel Calderón Guardia.


 

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