Tere Menéndez De Mucha

 

 

Me casaron con Cresencio sin conocerlo realmente; era bajo de estatura (chaparrito pues…), con cara en forma de luna, manos pequeñas y regordetas; no sentía atracción física por él, pero por lo menos era callado y tranquilo.

Pues ahí estaba yo, Rossina, casada con el buen Cresencio, comerciante, trabajador. No me molestaba y era feliz sentado a la mesa en espera de mis guisos o experimentos.

Después de casi tres meses de matrimonio logramos por fin tener intimidad, y tengo que reconocer que era otra persona dentro de la alcoba: me hacía sentir cosas diferentes que jamás había imaginado, además no le importaban mis olores, ¡así es! Mi cabello, mis manos, lo mismo olían un día a perejil y otro a ajo triturado, algunas, muy pocas para ser sincera, mi cuerpo destilaba sudores acanelados… Nuestros cuerpos se acomodaron, y no sé ni cómo lo hicieron, pero cada noche Crecencio me daba placeres tan exquisitos como los de mis manjares.

Así que mis supuestas vacaciones en Jalapa terminaron con el propósito inicial de conseguirme marido.


 

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