El paraíso de la niñez hallado otra vez en las claves de la creatividad: libertad, juego, imaginación, asombro, revelación, perseverancia, fe.


“Ese lugar estaba lleno de juguetes y Solita entró siguiendo a su padre, hacía caballito brincando, y la muñeca negra en el escaparate, de piel brillante como ébano y ojos vivos; al verla se olvidó de los confites, quedó inmóvil ante la vitrina… ”

Ana Victoria Garro

 

“María José, la prima más pequeña de Iván, se escondió tras el nogal y no se dio cuenta de que su vestido rosado se salía a ambos lados del árbol. Cerró los ojos para hacerse invisible y aguantó la respiración todo lo que pudo…”

Tatiana Aguiar

 

“En ese momento, Luna, una de las muñecas, preguntó a la niña: “¿Puedo volar en un papalote?”  “¡Yo también quiero!”, dijo otra. “Wow! ¡Yo también!” ¡Todas ellas querían volar!

Chloe pensó por un instante y resolvió construir papalotes grandes y fuertes para llevar a las muñecas a pasear por los aires. ¡Un papalote para cada muñeca! ¡Uno más colorido que el otro!”

Renata Bicalho

 

“Cada tarde de aquellos primeros años de escuela las tablas de multiplicar se bañaban en la espuma de las olas y mis primeras letras parecían nacer del fondo del mar. Camino de un lado a otro a orillas del tajamar y repito: 6×9 cincuenta y cuatro, 8×7 cincuenta y seis…”

Ana Portocarrero

 

”  –¿Qué está haciendo? –le preguntó su tía.

–Es que me quiero llevar el mar para mi casa, ¡tapamos bien la vasija para que no se riegue! –contestó él.

La mujer recordó que ella también quiso hacerlo una vez…

–Entonces echémosle más agua, llevate todo el mar–dijo ella.

Y se fueron muy despacio, para no regar ni una gota, a empacar la vasija para su viaje al valle central.”

Peggy Taylor 

 

 

“Estabas muy ocupada y triste…, ¿cómo se puede ser feliz sin jugar, sin bailar, sin escuchar música a todo volumen y tomar té de mentiritas?… Por eso te escribí hoy, para que salgás de la oficina y tomés el té con nosotros, acá te esperamos eternamente, no te preocupés: el té imaginario nunca se enfría. Te prometo que si venís, te devuelvo tu unicornio.”

Paola Fonseca

 

“Quedé atrapada en un bosque de piernas, medias de seda, zapatos de tacones, pantalones de pliegues. Solo murmuraban.

Sigo sin saber qué pasa. Mejor me quedo callada. Nadie repara en mí, me he refugiado en un rinconcito del salón. Pero de cuando en cuando alguien me toca la cabeza y dice: “pobrecita Chichi y sus hermanos, cómo la querían”.  Sigo sin entender.

Ese día de agosto, sin saberlo, conocí a la muerte.”

Elizabeth Quirós 


 

La muñeca negra

Ana Victoria Garro

 

Solita se encerró en el cuarto con su muñeca negra, lloraba. Ya nunca serían las mismas, se decía sosteniendo la manita quebrada.

Emilia era su vecina, pasaban juntas parte del tiempo; así eran las cosas. Dejó de visitarla unos días, Solita no quería verla, Emilia deseaba su muñeca y no la podía tener, tampoco tenía un papá que la llevara en tren a Limón como compañera de trabajo. Solita iba frecuentemente y le traía a Emilia de allá confites espumantes, lo compartían todo menos esa muñeca.

Recordó aquel día feliz:

__ Pórtese bien mijita y la sigo trayendo- le dijo su papá, y así entre mimos terminaron ese día en el comisariato de Limón, donde el chino: su papá iba a comprarle los confites que se convertían en espuma en la boca, eran divertidos y ricos. Ese lugar estaba lleno de juguetes y Solita entró siguiendo a su padre, hacía caballito jalando las piernas una por una, brincando, y la muñeca negra en el escaparate, de piel brillante como ébano y ojos vivos; al verla se olvidó de los confites, quedó inmóvil ante la vitrina.

__ Venga mijita, deje de pegar la cara en ese vidrio sucio, caramba, venga para limpiarla con el pañuelo, aquí están los confites, vea qué ricos.

Ella ni los volvió a ver. Entonces el chino se acercó caminando despacio, ya tenía canas, se acuclilló y le dijo: __ ¿Le gusta esa muñeca tan negra?

Solita entrompada miró el piso de madera. Escondiendo la muñeca por detrás, el chino suavemente le tomó la cara, Solita lo miró, los ojos del chino desaparecieron cuando sonrió, sacó de atrás la muñeca negra: __ Tomala, te la regalo, tenés que cuidarla mucho porque se quiebra. Su papá sonriente le dio las gracias.

La muñeca negra era su tesoro, estaba para verla, no para tocarla, eso le dijo el chino del comisariato.

Emilia era más alta que ella, se la arrebató de sus brazos y bailó con ella en el aire, hacía piruetas para que los demás rieran. A Solita le sudaban las manos, no sabía qué hacer, tenía seis años, morena, seria, recordó las recomendaciones: _ Esta muñeca es de porcelana.

Todo sucedió como en cámara lenta, no tuvo tiempo para rescatarla, a Emilia se le cayó y el brazo izquierdo de la muñeca negra se quebró en pedazos; fue como una bomba que dejó a la graciosa con las manos en alto como diciendo yo no la boté, y Solita como un rayo veloz se lanzó al piso, alzó a la muñeca meciéndola, Emilia quiso arrebatársela de nuevo y terminaron en el suelo, Solita sostenía con una mano a la muñeca y con la otra le jalaba el pelo a su amiga, Emilia gritaba como si la estuvieran matando. Cuando las separaron, Solita vio asustada en su mano un puñado de pelo que le había arrancado a su amiga, lo tiró y se limpió en su vestido rosado. Emilia estaba inconsolable, ya no lloraba por la muñeca, lo hacía resentida con su amiga.

Revivió ese día con ternura cuando vio a sus nietas jugar con sus muñecas. Les preguntó: __ ¿Les gustan las muñecas negras?, yo tuve una negra manca… Y recordó a Emilia con nostalgia rogándole que se la prestara.


 

Puerto Limón, 1962

Ana Portocarrero

Las voces de las niñas que caminan rumbo a la escuela emergen como una voz lejana que me llevan de vuelta al mar Caribe, a mi casa frente al mar, a las olas que revientan con furia contra las rocas.

Cada tarde de aquellos primeros años de escuela las tablas de multiplicar se bañaban en la espuma de las olas y mis primeras letras parecían nacer del fondo del mar. Camino de un lado a otro a orillas del tajamar y repito con insistencia, 6×9 cincuenta y cuatro, 8×7 cincuenta y seis. Tropiezo con el hidrante rojo y me hago un  raspón en la rodilla, no lo he visto a tiempo. El mar con su rítmico sonido logra que me aprenda las tablas y que logre escribir mi nombre, Anastasia. Por algunos instantes la voz de mi maestra de primer grado, una monja pequeñita de cachetes rosados y vivaces ojos, desaparece y la mía aparece con fuerza pasando una a una las páginas de mi vida en Limón, puerto principal del Caribe.

-Cómo se escribirá Patito ?- pienso -Tendré que preguntar a mi padre. Me ha puesto este apodo, porque hablo muy rápido y nadie me entiende. Como el pato Donald.- Ahora que les cuente a mami y a él que ya me sé las tablas tendré que hacerlo muy despacio y ni se diga cuando les cuente que ya sé escribir mi nombre.

Aquellos ratos de aprendizaje junto al mar parecían sacarme de mi mundo y llevarme a otro sitio,  casi siempre a la inmensa roca frente a mi casa, la que parecía una isla emergente en medio de toda aquella espuma y que tenía un poder sobre mi para imaginarme toda clase de historias. Yo solo me dejaba llevar por aquellas aguas que tenían un olor distinto y un intenso color de cielo. La temperatura del mar era tibia y los rayos del sol lo penetraban introduciéndose en él como cuchillos para desaparecer en las profundidades que aún no conocía. Ya llegaría el día que me dejaran nadar hasta la balsa, donde habitaba la barracuda, para saber cuán profundo era.

Casi siempre la voz de mi madre me devolvía a aquel mundo, el de la zona bananera, sembrada de amapolas color rojo sangre, de crotos color amarillo y de altas palmeras encaladas, para que fuera a tomar la merienda de las tres de la tarde, leche con galletas o bollitos de pan que ella misma horneaba. -Pan del convento se llaman los bollitos, nos decía.- Interrumpía entonces mis lecciones, tomaba la merienda y luego las continuaba enseñándoles a mis hermanitas menores todo lo que había aprendido, o tomaba mi bicicleta y me iba por toda la zona, a nada, a contemplar las amapolas…..

Las amapolas. Cómo me gustaban. Las usaron mi hermana Mairim, Peggy, Priscilla, Silvia y Nancy cuando salieron vestidas de campesinas en una velada de la escuela. Hasta fotos se tomaron en la zona junto a las matas llenas de flores. Qué cólera. A mí no me dejaron salir vestida de campesina, o mejor dicho no me dejaron salirme con la mía. -Esta vez no, dijo Mairim mi madre, enfática.- Suficiente Anastasia. Todavía sos muy pequeña, ellas ya son grandes. Ya hiciste la primera Comunión y ni el Credo te sabías. Nada más movías la boca para que las monjas creyeran que lo estabas rezando. No sabías ni leer. Dejá de querer hacer todo lo que hace tu hermana, ya te llegará el día-

Otras veces era ir caminando hasta el Swimming (así llamaban los visitantes extranjeros a aquella pequeña entrada de mar con todo y trampolín que hacia la función de balneario) a tomar un baño de mar que refrescara mi pequeño y húmedo cuerpo del asfixiante calor del trópico.

Y otras bajar por el tajamar para caminar por las rocas. Aventura que siempre terminaba en muchos raspones de rodillas y ropa mojada que trataba de ocultar a mi madre, a la que nunca se le pasó por alto tales desobediencias.

Pero la más emocionante de todas las escapadas por las tardes era visitar las torres de la Radiográfica de Costa Rica con mi hermana Mairim. Ella vigilaba si venía alguien mientras yo subía por las peligrosas escaleras. Siempre hasta la última, no se valía quedarse a la mitad. Pensaba que en caso de que el mar se volviera a saltar las rocas y entrara a mi casa yo correría hasta las torres y las subiría muy rápido. Tenía que aprender a hacerlo lo mejor posible. Luego le tocaría subir a mi hermana y yo vigilaría. En mis sueños el mar siempre me alcanzaba antes de llegar a las torres y cuando grande me pasaba por encima impidiendo asir a mis tres hijos a la vez. Siempre alguno se soltaba de mi mano. Tal vez en lo más profundo de mi las torres podían ser alcanzadas por el agua, la que subiría tan alto como las aguas de Batán, las torrenciales, las que mi padre me explicaba que se llamaban así porque podían alcanzar el tamaño de una torre… Para aquella niña, que había crecido junto al mar como uno de sus mejores amigos, casi como su maestro, el agua, del mar o de la lluvia sería siempre una fuerza que podía arrasar con la vida de las personas. Había que aprender cómo salvarse de ellas…

 


 

Revelación

Elizabeth Quirós

No entiendo qué pasa.

Roma, la empleada de mi abuela, había llegado corriendo a primera hora de la mañana, pálida y agitadísima, sin su dulzura habitual. Abruptamente me preguntó por mamá. Le dije que estaba en el baño y, entonces, me ordenó llamarla. Le dije que no y seguí jugando. Me cogió del brazo, me sacudió con una expresión que jamás le había visto y me exigió que fuera por ella. Corrí espantada, entré, llamé y mamá salió enfundada en su bata de baño. Roma dijo no sé qué cosas y mi madre, serena como era, esta vez se puso tensa, me llevó adentro, se vistió rápido, me alzó y nos fuimos una cuadra abajo “volando”—como decía cuando había prisa.

Entramos a la otra casa, mamá fue al cuarto del abuelo que desde hacía días estaba gravemente enfermo. Roma mientras tanto, más calmada pero aún desencajada, me alzó y me llevó al otro cuarto donde dormía la abuela. Me sentó sobre la cómoda diciendo: “Chichi, ahora quédese quedita, no se mueva, sea buena”. Recordando su regañada de antes me quedé inmóvil mientras veía a mi abuela dormida. Roma sacaba de la enorme cómoda gran cantidad de ropa interior de color blanco y se dedicó a vestir a la abuela pieza sobre pieza. Tímidamente me atreví a preguntar por qué le ponía tantos “cuchones” y combinaciones y ella, sin verme, replicó: “para que se conserve más tiempo”, frase que me quedó reverberando por siempre. Finalmente le colocó el vestido negro, porque de negro vestía siempre mi abuela.

Más tarde llegó mucha gente familiar y otra desconocida y se oscureció la estancia. Quedé atrapada en un bosque de piernas, medias de seda, zapatos de tacones, pantalones de pliegues. Solo murmuraban.

Sigo sin saber qué pasa, ni sé dónde están mamá ni Roma pero mejor me quedo callada. Nadie repara en mí ni saben que me he refugiado en un rinconcito del salón. De cuando en cuando alguien me toca la cabeza y dice: “pobrecita Chichi y sus hermanos, cómo la querían”.  Sigo sin entender.

Ese día de agosto, a mis dos años, sin saberlo conocí a la muerte.

 


 

El té imaginario nunca se enfría

Paola Fonseca

Querida Margarita:

Hace muchos años que no te escribo. Hoy, no sé por qué, mientras miraba la vieja casa de muñecas -la casita, como la llamabas-, me entraron unas ganas inmensas de buscarte, de saber dónde andás. La pintura rosa de la casita ya se ve casi blanca, acá poco a poco todo ha ido perdiendo su color.

Tal vez te busco para disculparme, aunque te confieso que no creo que haya sido mi culpa que tu unicornio azul haya preferido venirse a vivir conmigo. Fue él quien lo decidió, ¿sabés?, así me lo confirmaron los duendes cabeza de tulipán que viven en la sala hace años. También fue ese mismo día, el día que fuiste al colegio por primera vez y cuando regresaste ya no supimos más de vos. ¿Aún no me creés lo de los duendes verdad? Bueno, pues si no confiás en ellos yo sí, también confío en las hadas acarameladas que viven en la cocina, con las que ambas jugamos tantas veces cuando regresabas de clases de natación y los gnomos tipo delfín que viven en el patio de pilas. Antes no lo hubieras dudado, ahora imagino pensás que estoy loca. Eso no es nuevo, lo mismo pensaron todos los demás cuando les dije que te iba a escribir.

Llevo días esperando que alguien me escuche, tal vez por eso te escribo, para sentir que aún puedo conversar con vos, con ese alguien en vos que aún es una niña y aún no lo ha olvidado todo. Fue real, ¿sabés?. Fue cuando empezaste a dudarlo que tu unicornio te dejó. ¿Y cómo criticarlo?, te dejó porque lo olvidaste, porque querías ser grande y escondernos en el clóset. Pues acá seguimos, quietos, hasta que alguien nos imagine bailando, de fiesta, volando.

Hoy vino tu mamá, doña Rosa, y nos desempolvó, tal vez esperando que algún día regresés a nosotros. Tal vez fue eso lo que me trajo toda esta nostalgia. Tal vez y otra vez tal vez…

Te cuento que el unicornio está arrepentido, triste porque no ha galopado en el arcoíris de tu imaginación donde cobramos vida, dejamos de ser juguetes de trapo y plástico, y yo paso de ser tu muñeca a tu amiga, tu confidente.

Hoy tendremos el té a las tres, antes era más tarde, pero las tazas se están poniendo viejas y se han cansado también de esperarte, como lo hacíamos antes, te esperábamos en la puerta de tu cuarto para verte regresar de la escuela con tu enagua a cuadros verde con azul, camisa blanca y ese corbatín rojo que amarrabas con un lacito justo a la altura de tu cuello.

El otro día escuché a doña Rosa decir que estabas muy ocupada y triste, que es casi lo mismo, ¿cómo se puede ser feliz sin jugar, sin bailar, sin escuchar música a todo volumen y tomar té de mentiritas, que de paso es el té más rico del mundo?. Cuando supe eso me salí de la caja de juguetes para verte, ¡cómo has crecido, casi no te reconozco con todo ese maquillaje y en esos zapatos puntiagudos de charol color negro, como los de la bruja que nos asustaba por las noches!

Ese día cuando regresé a la caja, hicimos un cabildo abierto y fue unánime: lo que te falta es volver a jugar con nosotros. Tal vez es por eso te escribí hoy, para que salgás de la oficina y tomés el té con nosotros, acá te esperamos eternamente, no te preocupés por el té, el té imaginario nunca se enfría. Te prometo que, si venís, te devuelvo tu unicornio.

Con amor,

Florazul

P.S: Por si no recordás, la clave es la misma de siempre: “niña”.


Mar en vasija

Peggy Taylor

 

No podía esperar llegar a la orilla, en esa playa negra como el carbón.  El mar se acostaba sobre ella cubriéndola de espuma y dejando patrones irregulares. Mar azul, entre más negra la playa, más azul.  El chiquillo se revolcaba dando vueltas, se quería llevar las olas para su casa. Allá en la meseta central solo había ríos, y no era lo mismo.

Se arrodilló junto a su tía que vendía bebidas y empanadas en un canasto tejido con fibras de bejucos, de los de antes, no como la hielera plástica que se usa ahora para los refrescos. Siempre llegaban temprano para ubicarse a la entrada de la playa, junto al puentecito de madera, bajo la sombra del almendro más frondoso que se pudiera encontrar. Así la brisa marina acariciaba a la tía todo el día, pues padecía de fuertes calores debido a su gordura; ella usaba un vestido floreado de tirantes y anudaba su oscuro cabello en una trenza apretada y larga, resaltando los rasgos achinados y cara ancha que heredara del abuelo.

El niño no podía esperar para asomarse al interior de la tinaja, rojiza y redonda, con un cuello estrecho para que fuera fácil de cubrir con una tela. Apenas podía alzarla por el gran tamaño, que era casi la mitad de su cuerpo flaco, pero ágil y fuerte.

–¿Ya estará vacía? –le preguntó a su tía-, quiero horchata, tengo mucha sed –añadió.

–Te sirvo lo que queda –dijo ella–, así enjuago la tinaja en el mar.

–¡Yo se la lavo, tía! –contestó el chiquillo, y corrió a llenarla de agua salada.

Se demoraba mucho, dejando que la corriente empujara el agua con la espuma dentro del recipiente.  Con solo moverlo tendría olas y, sumergiendo la cabeza, se enchilaría los ojos.  Pero pesaba mucho y la arrastró poco a poco, con sumo cuidado, cerca del carrito donde la mujer transportaba las viandas.

–¿Qué está haciendo?–le dijo su tía.

–Es que me quiero llevar el mar para mi casa, ¡tapamos bien la vasija para que no se riegue!–contestó él.

La mujer recordó que ella también quiso hacerlo una vez y, como no se lo permitieron, se vino a vivir a la costa.

–Entonces echémosle más agua, llevate todo el mar–dijo ella.

Y se fueron muy despacio, para no regar ni una gota, a empacar la vasija para su viaje al valle central.

El niño le daba las gracias a su tía con frecuencia, cada vez que la encontraba durante los años siguientes. Siempre creyó que no eran suficientes, pero ella pensaba que eran demasiadas.


 

Muñecas con alas

Renata Bicalho

 

Chloe decidió llevar a todas sus muñecas al parque. La niña tendría unos siete años, de lindo cabello largo color miel recogido en una cola, con una gran cinta roja en la parte superior de la cabeza.

Era una tarde de sábado y la primavera se hacía presente por todas partes con flores coloridas, pájaros y mariposas en el aire y muchos niños alegres jugando por la calle.

Acomodó a todas sus amigas en las gavetas y cargó el mueble donde las guardaba con mucho cuidado hasta el parque al final de la calle. Se sentó en la hierba, a la sombra de un gran árbol y empezó a abrir los cajones. Una a una fue sacando a las muñecas de su hogar para aprovechar el hermoso espacio. Colocó a todas en un círculo y empezó a contarles historias.

Se acordó del día en que había salido a pasear a aquel mismo parque y había allí una competencia de papalotes.

_ ¿Ganaría el premio el dueño del papalote que se quedó de último volando en el cielo?- preguntó entusiasmada una de las muñecas.

_ Exacto. Mil…, no: más de mil papalotes de todas las formas, tamaños y colores jugando en el aire, con sus respectivos dueños en el césped del parque corriendo para seguir el viento y lograr que sus papalotes siguieran volando. ¡Ustedes no imaginan cuánta alegría! ¡Cuántos colores! – les contaba Chloe, y Luna, una de las muñecas más inquietas, preguntó:

_ ¿Puedo volar en un papalote?

_ ¡Yo también quiero!- dijo otra.

_ ¡¡Sí!! ¡Yo también!

¡Todas ellas querían volar!

Chloe pensó por un instante y decidió intentar construir papalotes grandes y lo suficientemente fuertes para llevar a las muñecas a pasear por los aires. ¡Un papalote para cada muñeca! ¡Uno más colorido que el otro!

El proyecto de Chloe duró semanas. La niña hizo un gran trabajo con los papalotes. ¡Quería tanto ver a sus amigas volar por el parque!

Cuando todo estuvo listo, las muñecas se arreglaron muy animadas. Chloe les puso cascos y guantes, y fueron todas al parque. Una a una la niña fue dándoles alas a sus amigas. Les pidió ayuda a los niños que jugaban por allí y todos se entusiasmaron con el proyecto, cada niño responsable de volar un papalote con su muñeca o, mejor, ¡cada muñeca con sus alas!

El cielo se tiñó de todos los colores y en el césped del parque varios niños felices al ver el alboroto de las muñecas que volaban como mariposas.

Las muñecas estaban encantadas con el vuelo, el paisaje, la aventura, la adrenalina y la nueva perspectiva de ver el mundo desde arriba. Chloe, que usualmente era una niña muy grande en la mirada de sus muñecas, se volvió para ellas apenas un puntito colorido en medio del enorme césped verde del parque.

Muñecas aladas jugando con gran felicidad en el aire hasta que una de ellas tuvo una idea.

_ Vamos a volar más lejos, más allá del parque. ¡Conocer un poco más de la ciudad donde vivimos! – dijo Luna, la muñeca astronauta.

Sus amigas se animaron con la idea. ¡Querían seguir la brisa fuerte y salir a explorar por el mundo!

Intentaron soltarse de las cuerdas, de las líneas que las prendían a las manos de los niños en el parque, pero no lo lograron.

Luna, muy valiente, se agarró firme a las alas y se fue a la orilla del viento que corría. Tanto hizo que se soltó. Se vio libre.

En el césped, un niño gritó pidiendo ayuda. Pero no pudieron recoger la cuerda de aquel papalote… El niño lloró. Chloe también.

Las muñecas se miraron unas a otras asustadas sin saber qué hacer, y Luna, ah…, Luna la astronauta… ¡Se sentía ligera como una pluma, libre como una mariposa! ¡Volaba extasiada! Pero el viento fue cambiando de dirección, perdiendo fuerza, volviéndose apenas brisa. Luna, ahora asustada, giró en el aire y perdió el equilibrio.

_ ¡Cuidado!- gritó Chloe desde abajo-. ¡Cui-da …- no logró terminar la palabra.

Luna cayó. Se estrelló en el suelo… Tenía una pierna rota, brazos y manos rasguñados. Gritaba por el dolor, lloraba por el susto y viceversa. Vio sangre que escurría de las heridas y se desmayó.

Los otros niños recogieron las cuerdas y bajaron los demás papalotes. Las muñecas asustadas querían saber noticias de su amiga. Chloe corrió hasta Luna, la recogió del suelo suavemente, guardó a todas las muñecas ya sin alas en sus respectivos cajones, dejó los papalotes por ahí en el césped y corrió a la casa con su armario de muñecas.

En su cuarto, Chloe fue calmando a sus amigas y, al mismo tiempo, cuidando con cariño a Luna. Después de limpiar y pegar la pierna de la muñeca, le quedó una gran marca en el lugar del pegamento. Luna estaba muy entristecida por la cicatriz.

Chloe pensó por un momento y tuvo una idea: podría pintar un girasol – la flor que busca la luz – por encima de la cicatriz, para que la muñeca se acordara siempre con orgullo de un gran momento en su vida.

Esa noche, Chloe voló como un papalote, sujeta a la línea de una estrella dorada de pie en el suelo que la sostenía firme.

Se sentía ligera como una pluma y al despertar todavía experimentaba el gusto de volar.

 

Mientras desayunaba, la niña oyó sonar el timbre. La madre de Chloe pronto abrió la puerta al cartero que llegaba con la correspondencia del día. Ella se asombró al ver entre la correspondencia una postal dirigida a Maya, la muñeca india.

Intrigada, la mamá de la niña dijo: _ ¿Como? ¿Una postal para tu muñeca, con la imagen de luciérnagas brillando en un cielo oscuro y un mensaje escrito por alguien que firma como Elefante, escribe que está feliz y agradece Maya por el aliento de coraje? Chloe, ¿sería alguna broma de tus amigas?

Chloe sonrió y no dijo nada. Agarró la postal y corrió a su habitación para enseñársela a Maya y a las demás muñecas. Mientras la muñeca india admiraba la postal, Chloe dibujó algunas luciérnagas y una nueva flor en su pared.

¿Y tú? ¿Qué dibujarías en tu pared blanca?


Infancia (extractos)

Tatiana Aguiar

 

El viejito que estaba al micrófono no tenía pelo. Ni uno solo. Iván pensó que tal vez en ese país raro de dónde él venía se nacía así: la cabeza era una especie de codo gigante que brillaba cuando hacía calor.

María José, la prima más pequeña de Iván, se escondió tras el nogal y no se dio cuenta de que su vestido rosado se salía a ambos lados del tronco. Cerró los ojos para hacerse invisible y aguantó la respiración todo lo que pudo. En pocos segundos sintió que los pulmones se le quemaban y recordó que se estaba orinando, antes incluso de que Óscar les hubiera dicho que jugaran Escondido.

El primer día conoció a una niña que se llamaba Enriqueta. Ese nombre le pareció feísimo y se lo dijo. Ella lo miró enojada, pero no le pegó. Óscar decidió que le había caído bien; a la mañana siguiente quizás podrían hacer un castillo y verlo destrozado por una ola recién nacida. Pero Enriqueta no estaba cuando la buscó. Su mamá, al verlo triste, le dio un caramelo medio derretido. Cuando le estaba quitando el papel, se le cayó en la arena. Antes de que su mamá se diera cuenta y se lo quitara, con esa maldad que tienen las mamás higiénicas, se lo metió a la boca.

Le habían puesto el vestido turquesa. El de encaje, que se veía muy lindo en el gancho pero era demasiado incómodo. Las pantys blancas le picaban. Eso pasaba siempre que venía la abuela a cenar: su mamá fingía que Enriqueta pasaba peinada y bañada toda la semana… Incluso cuando el martes pasado había logrado quedarse en pijamas.

 

 


 

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