Krista Sauter Ortiz

 

Luisa con sus finas manos bordaba la sábana blanca, luego de haber recibido para ello las cuidadosas lecciones de su madre.

Habían empezado con pañitos de mano de lino, que se bordaban en colores brillantes, con flores y diseños alegres.

Todas las tardes de martes y jueves se sentaban, luego de la siesta, a bordar. Juntas hablaban, bordaban, soñaban.

Cada una algo diferente, o dos y tres en conjunto el mismo mantel que serviría para la gran mesa de doce personas en el comedor.

La gran ventana de la sala daba directo al coloso del Irazú que a medida que iba cayendo la tarde en los días despejados, se teñía de naranjas y rosados que lo embellecían y lo hacían parecer inofensivo.  ¡Pero claro que ese majestuoso no lo era para nada!

La tía Nochita contaba que aquel terrible terremoto había ocurrido porque el cometa había rozado con su cola la cima del volcán. ¡Era su rabia infinita la que había ocasionado la tragedia!

Aunque, por otro lado, había maestros ilustres que desmentían este cuento.

Luisa, muy en el fondo, le creía a la tía Nochita. Le creía cada palabra que salía de su boca. La verdad es que para eso la tía había vivido tanto tiempo, ¡y más sabe el diablo por viejo que por diablo!

Luisa con paciencia infinita bordaba aquella sábana blanca. Ya había llegado a sus 15 años, a la edad de bordar su propia sábana. Todas la habían bordado a su edad, y ella era la menor de las diez hermanas. Ahora era su turno. Un lino blanco como las nubes, bordado en hilos blancos.

Ella había escogido el diseño de la azucena, requería de un trabajo más laborioso que muchos de los otros. Las puntadas debían hacerse de tal manera que emularan las distintas sombras de los pétalos. Era la flor con la que quería que se la recordara, con la que quería que se la envolviera a la hora de su muerte. Una azucena.

“¡No hay acto más vivo que morirse!”, se repitió ella bordando con sumo cuidado su mortaja que guardaría cuidadosamente en su baúl de los tesoros.

Se sentía madura, ya con la entereza de bordar su propia envoltura de la muerte. Imaginó la bella azucena que la haría verse bonita, tal vez ya vieja, pero bonita. Su cara reflejaría una paz que siempre había anhelado poseer; su alegría de vivir, que se colaría entre las arrugas de su rostro, reflejaría la seguridad de haberse sentido amada por sus padres y hermanas y tal vez, por qué no, por algún guapo que le habría entregado su corazón.

Se imaginó dentro del ataúd y sonrió, tal vez tímidamente, al pensarse muerta.

Revolotearon unas mariposas en su vientre, movió su cabeza.

Siguió con su mortuoria labor a los 15 años.

En los nueve baúles de sus hermanas solteras, cuidadosamente guardadas envueltas en papel, lejos de la luz, dormían las mortajas.

 


 

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