Los otros, las otras, diversidad de seres que nos interpelan en la realidad y en la imaginación.

 

Doña Tina

Matilde Jenkins

_ Rosa, Rosa, ¿Rosa vino?, Rosa, Rosa, ¿Rosa vino? -repetía a mi lado doña Tina mientras Rosa, su hija, la ignoraba.

Estábamos en el asilo de ancianos diurno de un pueblito donde el diablo dejó la chaqueta, en las llanuras de Guanacaste, para la donación de unos aparatos médicos. Doña Tina, con su lluvia de años, era invitada especial a la actividad, pero ella anda medio perdida y su cabeza en la luna. En su silla de ruedas, con el delantal puesto y el trapo en la mano para limpiarse el sudor y espantar los bichos, estaba ahí parqueada desde hacía buen rato.

Al fin Rosa se acercó y la viejita le dijo a su hija: _ Ya me quiero ir… que la casa está sola.

_ No seas necia viejita, que Óscar el del frente le está echando un ojito.

_ Ahh bueno.

Mientras tanto el joven médico del Ebáis se disculpaba, pues la presentación tendría que hacerla con la tableta ya que le habían robado su compu. Habló y habló, una filmina salía en la pantalla y otra más. ¡Lástima que tenía tableta el hombre si no, nos habríamos librado de ese suplicio!

De nuevo doña Tina: _ ¡Ya me quiero ir, Rosa, Rosa que la casa está sola y estoy aburrida!

Rosa la ignoró. Del otro lado don Atencio, de 99 años, se había catrineado para la ocasión, le pusieron saco con todo y corbata, ¡qué alentado se ve para el chorro de años que lleva a cuestas!.

Doña Tina me tocó el brazo con su dedo. _ ¿Vino Rosa?, ya me quiero ir porque la casa está sola y mejor prevenir que lamentar. ¡Rosa, Rosa! Qué pesada la Rosa que no me lleva a la casa.

Siguió el doctorcito con sus filminas, ya más de uno cabeceaba pero él continuó una tras otra. La señora que reparte el café salió de la cocina y a todo grito les preguntó a los presentes cómo lo querían tomar.

_ ¿A usted le gusta agua chacha, verdad? ¿Usted lo quiere negro o con lechita? Mejor vamos repartiendo la comedera porque veo que esto va para largo. Les voy a traer rosquillas y tamal asado para que engañen la tripa mientras repartimos el arroz con pollo. También hay tanelas, no, si de aquí todos van a salir como la perrita del Padre.

Yo paré la oreja cuando oí que había rosquillas y fui a atisbar a la cocina a ver si sobraban para llevarle unas a mi hermana que le gustan tanto. (…)

De nuevo doña Tina en mi brazo: _ Anoche no pude pegar los ojos porque tenía un dolor de huesos, viera usted… ¡Rosa, Rosa, Rosa, que la casa está sola!

Esta vez Rosa se acercó de nuevo: _ Ya le dije viejita que el Óscar le está echando un ojito.

– Ahh bueno.

Por fin terminó el doctor, pero al que no quiere caldo dos tazas: cogió el micrófono don Marcos y ese se cree político, cuando lo agarra no lo suelta.

¡Que Dios nos coja confesados!, aquí es tomando café y comiendo lo que podamos, pensé.

Que si agradecimientos van, que si agradecimientos vienen, que el pueblo se puso una flor en el ojal con este asilo…, parecía una tarabilla. Por fin se hizo la entrega de los aparatos. (…)

Siguió doña Tina:

– Ya me quiero ir, Rosa, Rosa… que la casa está sola, ¡estoy aburrida!

Rosa se tomó el café volando y pidió que les pusieran el arroz con pollo en unos platos de plástico, a ver si se iban ya para la casa y doña Tina al fin la dejaba en paz.


 

El coleccionista 

Guisella Flores

 

Sale temprano cada mañana. Se baña primero, luego desayuna una tostada sin mantequilla, medio vaso de jugo y un café tinta porque necesita estar muy despierto.

Tiene un ropero lleno de trajes safari de los que utilizaba en su antiguo trabajo. Saca su pantalón caqui, su chamarra y las botas que protegen sus pies de las serpientes. Se mira al espejo, está listo.

Sabe que su trabajo es muy importante, nadie más lo realiza.

Sale rápido de casa pero se asegura de ponerle doble llave, lo que guarda en casa no se puede poner en riesgo.

–  ¿Lápiz? Sí, aquí, en mi bolsillo derecho. ¿Libreta? Sí aquí en el izquierdo. Necesito encontrarlos rápido para hacer mis apuntes.

Sus anteojos progresivos transition antirreflejo que se oscurecen cuando se exponen al sol están impecables como le gusta a él. También usa audífonos, son de última generación, personalizados con un avanzado programa de cómputo. Su oficio requiere que pueda escuchar hasta una hoja que cae en el zacate.

–  ¡Listo, empecemos!  Quien lo viera pensaría que tiene un amigo invisible pero es que se habla a sí mismo en voz alta, se da órdenes y a veces se felicita.

–  ¡Andando Martín! Para luego es tarde.

Antes de pensionarse trabajaba como entomólogo en el Museo Nacional. Tenía a su cargo importantes colecciones de insectos, algunas de especies ya extintas. De ahí le quedó el gusto por la cacería de especímenes raros y no tan raros.

Es un señor alto y delgado, tiene un bigotillo al estilo de Cantinflas. Cada día sale con su traje de explorador. Lleva cantimplora (nunca  sabe cuánto va a demorar), lupa y una grabadora de bolsillo.

–  Bueno Martín, ya no perdás más tiempo, salí a hacer lo que sabés hacer mejor que nadie. Va lleno de expectativas y con la emoción que no lo abandona en estas expediciones.

Hoy se dirige al Mercado Central de San José y sus alrededores. Pone atención a todo lo que ve y a todo lo que escucha. A veces saca la grabadora, a veces hace apuntes.

Pasa por los puestos de fruta y las remueve un poco, quiere ver si hay alguna que no conozca y quiere escuchar el barullo de la gente a su alrededor.

Así se le van las horas del día hasta que se le hace de noche. Antes de irse pasa a la farmacia, le duele la cabeza, también tiene un poco de colitis porque en su búsqueda insaciable puede pasar muchas horas sin comer.

Se va a casa alrededor de las siete de la noche. Quiere hacerse la cena, pero antes corre a la oficina a pasar las notas que ha tomado.

–   Bueno Martín, ¿cuál fue la palabra más tierna que escuchaste? Meloncito. Y ¿cúal fue la palabra más divertida? Buscapina. ¿Y la fruta con el nombre más bello? Maracuyá.

–    Es que  si yo no cazo las palabras ¿quién lo va a hacer?

 


 

El perro

Francisca Toro

Hoy, antes de vestirte, me pediste que te rascara la espalda, te sentaste en la cama a mi lado, tu piel tan blanca y delicada a los pocos segundos ya estaba dibujada por mis dedos, toda roja y arañada.

Mi perro se puso celoso y saltó sobre la cama para que, con la mano que tenía libre, le acariciara la cabeza. Como broma te dije:

__ No sé a quién quiero más, a ti o al perro.

Reíste.

__ Seguramente al perro -dijiste.

Cuando terminaste de vestirte, te despediste con un beso en la frente y partiste al trabajo apurado.

Me quedé sola, tomando el resto del café ya medio frío.

De pronto el perro saltó de la cama y corrió al baño, no le presté mayor atención, hasta que escuché abrirse el grifo de la ducha y luego cómo empezaba a correr el agua con fuerza.

Fui a ver qué pasaba y descubrí que el perro se estaba duchando, ya tenía casi todo el cuerpo cubierto de espuma y con las patas delanteras se limpiaba la cabeza, se dio media vuelta para mirarme. Apagó la llave, se salió de la ducha, agarró una toalla que estaba sobre el lavamanos y comenzó a secarse, no me salía la voz, quedé paralizada. Terminó de secarse, se paró en las dos patas traseras, se miró en el espejo, agarró el desodorante en spray, que a pesar de mis protestas ecológicas usabas diariamente, y se lo puso. Se dirigió del baño hacia el clóset. Del vestidor salió completamente vestido, pantalones azules, camisa a rayas celeste y blanco, zapatos negros.

__ Ayúdeme con la corbata -me pidió-, me cuesta trabajo hacer el nudo.

Le puse la corbata lo mejor que pude, me miró agradecido, me dio un beso en la frente y me dijo:

-Vuelvo como a las seis, que tenga un buen día.


 

El rabo

Ana Victoria Garro

Calma María era una niña muda, cuando su mamá enloqueció y desapareció, ella dedicó su corta vida al cuido de su hermano huérfano, Suspiro de Jesús, aún en brazos, siempre enrollado como un capullo de seda. Calma María con el niño cargado se asomaba a la ventana de la vieja casa, detrás de la cortina evitaba el contacto con los vecinos, sobre todo con los otros niños quienes muy pronto captaron la rareza de su hermano:

-¿Por qué la cobija tiene un hueco del que cuelga un rabo? Mírenlo -decían señalándolo por detrás.

Creían que solo él tenía rabo; es que el de ellos mismos era invisible, pero bien que se cuidaban al cerrar la puerta a sus espaldas, hacían un sangoloteo como quien jala algo antes de cerrarla.

Suspiro de Jesús creció rápido y seguro de sí mismo, alto, elegante, como Calma María, quien, una vez que Suspiro de Jesús creció, partió tan silenciosa como siempre a buscar vida.

El joven al sonreír curvaba su labio inferior, levantaba los hombros y con sus brazos golpeaba a las personas como si fueran de trapo, todos eran mucho más bajos que él, así se desquitaba escondiendo el imán de su rabo, vanidoso. Solitario, lamía con su rabo el piso, cuidando con el rabillo del ojo que nadie se lo pisara, era su obsesión; pavoneaba sus ojos, destilando desconfianza hacia todo lo que lo rodeaba, cuidando su parte trasera por encima de los hombros.

-Nos precipitábamos a majarlo para verlo sufrir -comentaba el colectivo a su alrededor.

-Todos los hombres escondíamos los recuerdos vergonzantes debajo del rabo, donde no se notaran, pero a él la providencia se lo hizo así, visible como un reptil.

Por la noche a solas, Suspiro de Jesús se desvestía frente a su cama acariciándose el rabo, era su vergüenza y su verdad.

-¿Qué sería de mí sin este rabo? -gritaba en soledad bañado en lágrimas-. ¿Y por qué las mujeres no tienen rabo? -proseguía con furia tirando su rabo al suelo para majárselo, como quien da puñetazos a la pared; contenía su respiración, sus dientes crujían y seguía llorando.

Un día tocó a la puerta de su casa una vendedora de flores, era la misma Calma María pobre y sucia. Suspiro de Jesús la reconoció en su silencio, le compró todas las flores y Calma María se quedó a vivir con él en la casa. Ella se bañó y la limpieza la transformó.

Suspiro de Jesús se sintió seguro al lado de su hermana y caminaba con ese estiramiento que le daba su gesto típico, olía el miedo cuando la gente reaccionaba a su alrededor.

-Véanme, soy único, ustedes carecen de lo que yo ostento.

. Le gustaba sorprender a sus amigos en sus casas.

-Pase adelante, bienvenido- decían santiguándose.

Él se comportaba como un rey, eso aumentaba la admiración de los demás que al seguirlo le majaban el rabo sin proponérselo, y él volvía a enfurecer mostrando su amargura.

-¿Quién me majó? –gritaba. Los demás callaban temblando. Él sonreía haciendo una mueca de media cara.

-No teman, yo veo el rabo invisible que todos arrastran. Nadie me ofende.

El tiempo pasó y Suspiro de Jesús se convirtió en el iluminado del pueblo, ejercía como juez en la comunidad. Calma María se convirtió en su asistente, a su casa llegaban todos a consultar la manera correcta de actuar en los difíciles casos que la vida les ponía.

No crean, era un juez justo, implacable. Aunque el rabo de los demás no se veía, él podía intuir quiénes eran culpables y quiénes no. Con su propio rabo dictaba sentencia a diestra y siniestra.

Vivió muchos años, siempre fue pobre y, al morir, su hermana le dio sepultura enrollándole amorosamente en el féretro su rabo alrededor del cuerpo.


 

El elefante entaconado

Claudia Tredinick

Era inminente la cena de los diplomáticos y doña Amelia estaba decidida a impresionar a sus convidados a partir de las 8. Se oía recio el tap tap de sus tacones en los pisos de mármol pulido, y las empleadas corrían con su cofia y delantal a pulir otra vez el piso, estirar el mantel y arreglar la vajilla elegantemente dispuesta en la mesa.

Le tenían terror pues doña Amelia poseía la capacidad innata de hacerlos sentir como moscas, como si fuera ella un gran elefante al que no podían discutir ni contrariar. Corrían entonces de un lado a otro encendiendo las velas y planchando las cortinas, no vaya a ser que viera una arruga en el doblez. Doña Amelia pasaba una y otra vez por el gran salón observando cada detalle, ese elefante entaconado con su trompa muy parada vigilaba de reojo, no fuera a ser que algo se saliera de lo que tenía planeado.

A las 7:50 subió a su recámara a empolvarse la trompa y diez minutos después ya estaba lista con su vestido blanco de lino impecable, con alto cuello, botones de nácar y medias de nylon, el pelo tieso y la boca rojo carmín.

Poco a poco fueron entrando los comensales invitados: el embajador de Swazilandia, la duquesa del Marañón, los reyes de la extinta Babilonia, los duques del Malpasillo y pare de contar.

A la hora de la cena doña Amelia sonriente se sentó, observando con agrado como todo iba a la perfección. Pero al ponerse cómoda y colocar su pata en la mesa, un alfiler mal parado que nadie sabe de dónde salió, pinchó el dedo de doña Amelia, salpicó una gota de sangre y tiñó su impecable vestido blanco.

Los invitados miraron con sorpresa como la gota se expandía y con el blanco del vestido se convertía en un rosa que cada vez se hacía más encarnado. El rosa se extendía entonces por todo el cuerpo de doña Amelia y luego inundaba la mesa, el piso y las paredes de la casa.

Todo rosado y rosado quedó y, ante la vergüenza que lo inundaba, el elefante se fue reduciendo poco a poco, hasta quedar del tamaño de una mosca.

 


 

Gertruda

Alla Jilobokov

Mamá suspira, siempre suspira profundo y exhala lento al recordar el pasado. Ya presiento que viene otra de las historias, a lo mejor ya conocidas pero siempre enriquecidas con algunos detalles nuevos. Últimamente los recuerdos le llegan a mi madre a toda hora y en todo momento. De pronto son los tiempos locos que estamos viviendo los que le recuerdan la guerra, su niñez, sus hermanas Valeria y Ludmila, sus primas, Gertruda y Margarita, su madre María y su tía Elizaveta, las 7 mujeres que vivieron bajo el mismo techo durante la peor guerra de la historia de la humanidad.

Ayer le estaba comentando a mi mamá algo sobre la exhibición de grabados de Picasso que había ido a ver. El tema de la exhibición fue algo disruptivo. Grabados y ensayos basados en la mitología griega, en las obras renacentistas, sobre la relación turbulenta entre la masculinidad y la feminidad. Los cuerpos desnudos, entrelazados, los vellos púbicos, todo traía el mismo sabor del hombre bárbaro dominando a la mujer vulnerable y sin rostro.

Le comento a mi madre sobre algunas de esas imágenes y ella suspira y me sale con un recuerdo.

Las siete mujeres entre 2 y 40 años sembrando papas. Una jalando el caballo, otras dos en el arado poniendo toda su fuerza sobre el pesado instrumento. Las más chiquitas detrás en botas de hule enormes recogiendo piedras y echando las papas a la zanja. ¿Dónde estaban las mujeres dominadas, sumisas y débiles en aquel campo ruso? Creo que esta imagen de la debilidad y vulnerabilidad femenina sin rostro no existe en la memoria de mi madre.

La mujer esposa con opinión propia, amante apasionada, caballo de carga. Es la imagen más apta para la descripción de la mujer rusa de mi madre.

-¿Cómo vivíamos? – me dice ella-. No lo sé. No teníamos nada. Dormíamos en el suelo o en las bancas de madera, con los animales domésticos dentro de la casa durante el invierno. Éramos siete. Cada una tenía una función diaria. Mi mamá cosía todo el día, para vestirnos a todas y para vender. Mi tía Lizaveta se encargaba de la casa, de todo el trabajo doméstico que correspondía a la mujer y al hombre que estaba ausente por la guerra. Nosotras trabajábamos, estudiábamos, jugábamos. Éramos felices, siempre éramos felices. También éramos vistosas, todo el pueblo y los alrededores nos conocían. Hubo un tiempo cuando todas teníamos novio y todos los novios eran los muchachos más buenos mozos y conocidos de los alrededores, los hijos de la gente más importante. Y nosotras siempre pobres, sin un hombre en la casa, haciendo milagros con todo. Y todas habíamos salido adelante.

Me quedo muy callada. Mamá siempre me reprocha la buena vida que llevo. Cómo le explico a ella que son otras épocas, otro lugar y otro momento, otra realidad. Cómo le explico lo mucho que me gusta cuando me cuenta de su niñez y cómo me duele cuando me reprocha que la  “buena vida” que tuve la suerte de tener, me ha cambiado. A ella también la ha cambiado, pero ella lo resiste, resiste el cambio, pretende seguir siendo aquella mujer que necesita toda su feminidad todopoderosa para sobrevivir.

No quiere ser la mujer dócil y débil que lo tiene todo resuelto y se deja ayudar. Resiste. Y yo desisto de entenderla. Trato, pero me cuesta. Hay un hilo muy fino pero muy fuerte que nos une. Es esta imagen de la mujer guerrera e invencible. Pero también hay algo que forma un abismo entre nosotras. Y es la necesidad de ser vulnerable, de exponer lo dócil, lo suave, lo desnudo, como en los grabados de Picasso. La mujer de cuerpo blanco, blando, suave, indefenso y dominado. Creo que en cada mujer habitan las dos.

 


 

Isabel

Roxana Brizuela
(19 de noviembre de 1893)

Isabel se pasó toda la mañana caminando por la playa con unas primas madrileñas que vinieron a visitarla a Santander por su cumpleaños. En noviembre, aun en un día soleado, el agua del mar estaba demasiado fría. Imposible ir a nadar, así que había que conformarse con la fina salpicadura de agua salada que les llegaba a la cara.

Cuando al mediodía regresaron a la casa, todo estaba impecable. En la terraza había una larga mesa con mantel, servilletas bordadas y la vajilla para ocasiones especiales. Los cubiertos resplandecían y podía imaginarse el paño de algodón frotándolos una y otra vez.

Como de costumbre Isabel subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Ya en su cuarto encontró sobre la cama la ropa que había elegido su madre para ella. Una blusa blanca de encaje, una enagua gris que parecía una amapola, y para la cintura una cinta de terciopelo marrón. Los zapatos con cordones tenían por primera vez un tacón de casi tres pulgadas.

Le costó dar los primeros pasos con los tacones, pero frente al espejo se amarró el pelo a la altura de la nuca y recobró su brío de siempre.  Al salir del cuarto escuchó las voces de los invitados. Era la primera vez que sus padres abrían las puertas de su casa a vecinos, amigos y familiares que venían de todas partes para verla convertida en una señorita. Pensó que su madre había organizado todo esto para que no se repitiera la historia de un par de mujeres de la familia que se habían quedado para vestir santos.

Isabel bajó las escaleras y ya en la sala los invitados la rodearon para felicitarla.

Su tía Clara se abrió paso entre un grupo de jóvenes con un regalo envuelto en papel estampado y cinta de seda. Ella lo tomó en sus manos y con mucha delicadeza zafó la cinta, rompió el papel y abrió una caja alargada de resorte. Una pluma con fina punta de oro resplandeció, no podía despegar sus ojos de los destellos. Los que alcanzaron a ver el regalo no hicieron ninguna expresión, quizás para ellos no era algo apropiado para una muchacha a la que solo podían imaginar como ama de casa.  Pero Isabel tenía un sueño secreto que solo conocía su querida tía Clara.

Unos meses atrás habían ido juntas a una biblioteca, un laberinto de largos pasillos con anaqueles de libros de todo tipo. Le llamaron la atención en particular los que estaban en el área de botánica por la cantidad de dibujos que contenían, muy semejante a los encajes antiguos que su madre tenía guardados en una caja de madera.

Esa tarde nadie se dio cuenta cuando Isabel se escabulló de la sala para probar la pluma de la punta de oro.  Sentada frente al espejo de su cuarto, en la “cómoda”, alumbrada con una lámpara de nácar, sin soltar la pluma ni un segundo, sacó de la gaveta un cuaderno de papel de algodón, lo abrió y no supo qué palabra escribir, o si lo mejor era estrenarla con un dibujo.

Recorrió la habitación y vio sobre la mesa de noche unos pétalos. No lo dudó y empezó a comérselos. Cerró los ojos mientras los masticaba, podía sentir el aroma entre los dientes y en la lengua la textura de terciopelo, sintió los nervios de cada pétalo, adivinó la frescura que había tenido la flor recién cortada, y también su sabor cuando los bordes ya estaban quemados. Acarició la pluma de oro con sus dedos alargados y perdiendo la noción del tiempo, dibujó la rosa que había saboreado. Cuando terminó miró su pluma de punta de oro y al final de la hoja, con una delicada caligrafía escribió una nota: “no te abandonaré”.



La Martina

Li Briceño

El viento dibujaba espirales de serpentina, rozando con sus puntas el manto de santalucías y flores silvestres de amarillos profundos, que despertaban con el despunte del sol mañanero. La enagua de satín rojo oreada y planchada, descansaba en la cama tendida a la espera de ser lucida en la fiesta del pueblo.

La víspera de las celebraciones del santo Arcángel, el dueño de la cantina separaba una mesa exclusiva para Martina, mantel de cuadros verdes con un florero de vidrio colmado de rosas y margaritas apretujadas, los pisos de madera limpios y encerados relucían como espejos de hotel citadino, la rocola de estrellas plateadas pulida y aceitada, la música seleccionada con un repertorio de rancheras, boleros y cumbias programadas sin derecho de pausa.

Esa mañana como cada año, la pequeña mujer de cintura de avispa y caderas anchas, bajaba la calle perfumada con una mezcla de esencia de rosas y pachulí, vestida con la enagua ceñida al cuerpo, los zapatos tacón cinco color adivinanza, una blusa floreada con botones de nácar al frente abotonados desde el camino de la felicidad hasta el promontorio de la felicidad misma, tan tallada que cada vez que se volteaba a saludar, amenazaban con salir disparados. Tenía un andar de movimientos de vaivén y todo su cuerpo era una danza donde se iban acomodando desde los pensamientos hasta los deseos más íntimos; no faltaba quien a su paso le susurrara un piropo atrevido que con disimulo y a toda garganta ella respondía – “aquí va Martina, repartiendo felicidad y honrando al Santo”-.

La cantina  abría sus puertas desde los primeros acordes mañaneros hasta la hora del juego de pólvora entre tragos de ron colorado y guaro de contrabando, bocas de ceviche, picadillo de arracache y plátano verde en tortillas calientes, sin faltar la sopa de mondongo y la yuca frita; desde la mesa de Martina se brindaba por todo y por la ocurrencia, se ahogaban las penas y flotaban las alegrías, ella bendecía agradeciendo al Arcángel porque siempre le daba lo que le imploraba: que si agua para la milpa, que si clavos para el techo y alambre para la cerca, los terneros de la vieja vaca que seguía pariendo solo por milagro, y los pretendientes que le levantaban la bata con las cuentas de los polacos, todos sus deseos del cielo se desprendían.

El pueblo sabía de su llegada y cuando se iba, bombetas tronadoras desataban chispas en su trayecto, y las que reventaban el séquito de borrachos, bailarines y cantores que la acompañaban hasta el portón de su casa, a la espera del próximo año que volvería a bajar con su enagua de satín roja, la sonrisa de picardía acomodada en los dientes y sus agradecimientos al buen santo benefactor.

 


 

La Sombreruda

Tere Menéndez

Durante una semana entera, Teutilia y Panchita buscaron sin éxito a la anciana de los sombreros, “La Sombreruda”, como le decían los habitantes de San Juan Bautista; recorrieron todo el centro de la ciudad preguntando, a los vendedores del mercado, a los guardias de la Plaza de Armas donde la habían conocido aquella tarde sembrando yucas y camotes, con aquel sombrero de plumas rotas y torcidas.

¿Qué escondía esta pordiosera?, se preguntaba Teu, ¿qué ocultaba detrás de esos ojos marrones que ahora parecían tan ausentes?

—¿Ya hace hambre Teu? -dijo Panchita señalando la panadería de don Carmen.

—¡Claro! -exclamó Teu-, don Carmen seguramente la conoce. Decididas entraron y el olor a conchas, melcochas y bizcochos las envolvió; ya en el mostrador Teu atajó al dueño…

—Don Carmen: ¿de casualidad conoce a una anciana que deambula por las calles con un enorme sombrero?

—Claro, ¡la Sombreruda!  -le contestó-. No la he visto hoy … No debe tardar, más o menos a esta hora pasa por un par de cizotes…

—Excelente -le dijo mirando a Panchita-. La esperaremos … Panchita se recargó en el mostrador de vidrio espiando los panes recién horneados.

—¿Sabía usted que esa anciana se codeó con personas de la aristocracia? -le dijo don Carmen-, ella me contó que por el año de 1860 desembarcó en la Esperanza en el puerto de Veracruz procedente de Carmona, España, ¡y vivió en la Loma de la Libertad, junto al capitán Rigoberto de Tejada!

—¿Y qué más le contó? -Teutilia lo invitó a hablar, llena de curiosidad.

—En la Quinta de las Margaritas donde el capitán la llevó a vivir, ofrecían banquetes y recepciones ¡y se trajeron hasta un panadero francés! De hecho, los cizotes se llaman así porque el francés les pedía a los ayudantes unas tijeras para cortar el bollo: ¡ciseaux, las ciseaux!, ¡y desde entonces a los bollos les decimos cizotes!

Panchita veía a la niña Teu muy divertida pero su estómago ya empezaba a crujir.

—Teu, voy a pedir unas melcochas …

—Sí mujer, pídelas… Entonces me decía usted -dirigiéndose nuevamente al panadero- que ella pertenecía a ese mundo… Y ¿cómo terminó así? Estamos hablando de hace cincuenta años… ¿Dónde vive? ¿Tiene familia?

—Pues no lo sé -dijo don Carmen secándose el sudor que le corría por la frente-, pero siempre la veo sola y con la misma ropa y de su sombrero ni hablemos, porque cuentan las viejas chismosas que no se lo quita ni para dormir … ¡Ya me imagino la de alimañas que habitan ahí!

Teu sintió una gran tristeza por la anciana… ¿Cómo pudo una mujer de la alta sociedad terminar así, viviendo en las calles o en pocilgas, pidiendo caridad y sembrando en las plazas y parques?  Supongo, pensó, que ese sombrero es lo único que le queda de su pasado y, junto con él, ¡su dignidad!

 


 

Paiguito
Ana Isabel Ruiz

 

Tendría yo 10 años cuando un hombre llegó a trabajar a casa. Isaías arrastraba el pie derecho, tenía la cara torcida y grandes cicatrices de quemaduras en el cuello, los brazos y el torso.  Se llamaba Isaías, contaban en el puerto que había tocado los cables de alta tensión cuando estaba colocando una antena de televisión en el techo de un edificio del centro de Puntarenas. Quienes vieron el accidente cuentan que voló por los aires y cayó en media calle con la ropa y la gorra quemadas e incrustadas en su piel y cara y que el olor a carne asada inundó la cuadra. Muchos meses después salió del hospital San Rafael como Quasimodo, quemado y deforme.

Isaías hacía cualquier trabajo para comprar una cuarta de guaro y caer inconsciente en las aceras del Puerto.

Una tía mía que se estaba trasladando a vivir a Puntarenas, lo vio debajo de un árbol al frente de la casa. Lo llamó y le pidió que le ayudara a destaquear el tanque séptico. Isaías lo hizo. Cuando terminó le dijo:

—Ahora puede bañarse, ahí en el baño del garaje hay ropa limpia, jabón, champú, desodorante, colonia y un peine. Queme la ropa sucia.

—Mamita, mamita, vea, estoy limpio y huelo rico.

—Ahora venga y me ayuda a acomodar los muebles de la casa.

Al llegar la noche le dio permiso de dormir en la cochera. (…)

Isaías empezó a hacer otros trabajos en casa; encalaba los árboles del patio, limpiaba canoas, recogía hojas, arreglada bicicletas, inflaba neumáticos, bolas y salvavidas, nos cuidaba en la playa a mis hermanos y a mí, descamaba pescado, limpiaba zapatos, hacía mandados, enceraba los pisos y les sacaba brillo de rodillas con las fibras de una pipa seca… (…)

Contaban en el puerto que una vez Isaías le pidió a un guarda del muelle grande que le ayudara a pasar por la caseta el cordel que traía en el agua. Cuando el guarda le preguntó qué llevaba en la cuerda, él dijo:

—Es un paiguito, es un paiguito…  Ya en la playa, debajo del muelle, sacó una lata de manteca llena de mercadería de barco: colonias, cremas francesas, jabones, chocolates, turrones, aceitunas y aceite de oliva.

—Mamita, mamita, ¿quiere comprar algo?, hoy tengo perfumes franceses, chocolates, aceitunas, latas de frutas y cigarros gringos. Todo a buen precio y si quiere a pagos. Mamita, yo ahora me dejo colonias para mí también, me gusta oler rico como el patroncito.

Una tarde papá sacó del carro una mole de hule.

—¿Qué es eso papá?

—Es un neumático de tractor para que lo usen en el mar. Mañana le digo a Isaías que lo vaya a inflar a la bomba de Papito Con.

Isaías regresó con aquel enorme neumático rodado por todas las calles.

— Isaías, ¿de quién es ese gran neumático?

— De mis muchachitos para que jueguen en el mar.

No fue fácil usarlo. Era tan alto que costaba llegar arriba. Al fin aprendimos a subirnos en la orilla y usar remos para ir mar adentro. Isaías le había hecho una plataforma de madera amarrada con mecates. Era una pequeña isla flotante.

Una tarde la corriente nos llevó mar adentro. Y los remos no eran suficientes para salir hacia la playa. Isaías corrió hasta la casa por un mecate y nadó hasta donde nos llevaba la resaca. Al llegar a donde estábamos lanzó el mecate hasta nuestras manos. Lo hizo varias veces y varias veces el mecate cayó en el agua. Isaías no tenía de dónde sostenerse y mis brazos no lo alcanzaban. Finalmente hizo varios nudos en la punta del mecate y con el peso al fin llegó a la plataforma. ¡Tamaño susto nos llevamos! Isaías no contó nada y nosotros tampoco (…)

Pero de ese día en adelante Isaías siempre se quedó en la playa cuando usábamos el neumático para ir mar adentro…

 


 

Semillas
Ileana Piszk

El hombre sucio, maloliente, de piel cetrina y en uniforme celeste escarbaba de rodillas huecos no muy profundos en la tierra húmeda. Arañaba con sus largas uñas terrones negros, hacía montañitas al lado del orificio, se asomaba y entonces soltaba adentro un alarido. Metía el grito en el hueco, lo apelmazaba contra el fondo y lo hacía repercutir en el aire aumentando la vibración del susto, del no se sabe qué y por qué…  Inmediatamente, apuntando sus ojos hacia todos, tapaba el hueco con sus manos y dejaba el grito adentro, sembrado como una semilla que germinaría con los nutrientes de la tierra.

Sembrando pánico estaba aquel loquito del Siquiátrico de Pavas donde a ella le tocaba ir a realizar las prácticas de Psicología Clínica. Sentía un cuchillo atravesar su estómago y un ligero mareo, pero se clavaba seria en el cuadernillo de notas y hacía apuntes de toda la escena, recogiendo datos para el ejercicio asignado en la cátedra de la U: observaba los rasgos faciales, se fijaba en la rapidez o lentitud de las acciones, ponía atención a la mirada del hombre, su concentración, su ritual, y escribía sus impresiones con fruición pero con un ligero temblor de pulso que solo ella notaba.

“Un grito sin palabras y sin lógica, o con una lógica íntima y personal frente a los doctores y estudiantes, todos aprendices de sabiduría, locura y compasión, aprendices racionales de lo irracional…”, apuntaba. Tan locos como el loco, tan desatinados como él, tan tontos creyéndose genios, pensaba ella en realidad: tan sabihondos en postura de distancia, de pie, observando como amos a un pobre hombrecillo hincado con su voz desde el pulmón, desde la panza, desde todo su ser.

Los observadores lo calificaban en sus doctas notas como “esquizofrenia, delirio o payasada”. Decidían llevarlo a la UTI y pegarle un par de maquinazos para que dejara de asustar a medio mundo…  Se volvían a ver, levantaban los hombros y decían: “¡Qué triste!, ¡pobrecillo!, un ataque agudo y recurrente de psicosis”. Luego daban la espalda olvidándose del episodio y acudían a la reunión en la cafetería al otro lado de la cerca, para establecer las bases conceptuales del reporte médico correspondiente.

Por la noche, ellos se despertarían con el pánico sembrado, ya convertido en planta robusta. Se levantarían insomnes a recorrer su jardín repleto de montículos de tierra donde hundirían las plantitas de sus propios gritos, luego se tomarían su píldora y, por la mañana, volverían a ponerse la bata profesional para volver al trabajo.

 


 

La niña astronauta

Renata Bicalho

Un tranquilo domingo por la tarde, Chloe en su habitación miraba la enorme pared frente a ella. La niña usaba esa pared para dibujar, pintar, imaginar aventuras e historias. Era su jardín de gratitud y también su puerta de entrada al mundo mágico de la creatividad.

Ese día, ella miraba a la pared e imaginaba a Clara, la muñeca astronauta, llegando a la luna en una nave espacial. Chloe también estaba ahí, en el espacio, con el gato Cebra, los dos en ropas de astronautas.

Respiraban sin aliento ante la experiencia, emocionados de pisar la luna.

La niña vislumbraba cada detalle de la aventura. En la oscuridad del espacio, las luces provenían sólo de las estrellas, pequeños puntos brillantes que se parecían a luciérnagas flotando en un bosque lejano.

Chloe descendió de la nave, pisó la luna y observó la marca que su bota espacial hizo en la tierra árida y polvorienta del astro. Se sintió extraña. Parecía que ya no era su imaginación o un sueño.

Ella se pellizcó el brazo para ver si se despertaba. Miró alrededor, tratando de ver la mesa de estudios y la pared blanca de su habitación, pero no. Sin pared, sin mesa de estudios, nada.

Chloe era realmente esa valiente y aventurera astronauta que pisaba en la luna por primera vez.

La niña estaba llena de alegría. ¡Qué emoción!

Ella empezó a bailar y girar en la superficie de la luna. ¡El sentimiento de libertad era enorme! Cebra y Clara también cantaban y bailaban. Ellos se abrazaron y disfrutaron la aventura juntos.

Tap-tap-tap. Un fuerte ruido de alguien tocando en madera.

“Espera ¿madera? ¿En la luna? No tiene sentido”. Chloe se volvió un poco aturdida. Vio la puerta. Ah no…. era la puerta de su habitación. Ella había regresado.

Un sentimiento de tristeza recorrió el cuerpo de la niña.

¿Dónde estaba su traje de astronauta? ¿Por qué ya no estaba flotando en la luna con Cebra y Clara? !No podía ser!

Se frotó los ojos con las manos queriendo despertar o volver a dormir, ya no sabía lo que era real.

Ella respiró hondo, cerró los ojos, buscó el punto de luz que sabía que existía dentro de su corazón y lo imaginó creciendo y creciendo, hasta que iluminó no solo su cuerpo sino toda la habitación.

Tap-tap-tap, el ruido de nuevo. Chloe abrió los ojos, rápidamente dibujó una estrella dorada y una flor en la pared y abrió la puerta. Era su madre que la llamaba para cenar.

Antes de salir de la habitación, Chloe fue al baño a lavarse las manos y notó que sus zapatos aún estaban sucios con polvo de luna.

Ella miró el cajón de las muñecas y vio a Clara, la astronauta, sonriente y guiñándole un ojo.

 


 

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