Agnes Balmaceda Arias



 

“¿Qué querés? ¿Que resuma mi vida en tres renglones?… Bueno, te cuento como pueda… Nosotros teníamos fincas en Salitral y La Chimba, papá era campesino y le gustaba sembrar la tierra, en casa todos los hombres trabajaban con él y las mujeres en la cocina, pero como Mirta y yo éramos las más pequeñas, no nos dejaban hacer nada, nos decían que nos fuéramos a jugar; por eso es que nunca aprendí a hacer nada de la casa.

Mirta era la más bonita y salía en las procesiones de ángel y de virgen. Yo era la más fea de la casa… Solo papá que era un santo me decía que yo era bonita y que me iba a conseguir un esposo bueno, qué va, papá era un santo pero no adivino… todo lo contrario.

A mí me calzaron estando en la escuela, pero yo dejaba los zapatos escondidos en un palo de mango a cien metros de la casa, y me iba descalza feliz, porque me daba vergüenza que solo yo tuviera zapatos. Estuve medio interna en el María Auxiliadora, tuve que esperar dos años a mi hermana menor para viajar juntas. Yo nunca me pregunté qué quería estudiar, uno escogía entre ser maestra, enfermera o cuidar de la casa… Como no me había casado cuando me gradué, fui a dar a la Normal de Heredia y ahí conocí a Ramón.

Ninguna de mis hermanas tenía novio, y yo la más fea tenía uno guapo, inteligente… y bueno para tomar guaro.  En ese tiempo una no sabía nada, me casé y a la semana siguiente me devolví a mi casa… Yo no sabía hacer nada, ni cocinar, ni lavar y tampoco sabía qué hacer con él.

Ay mamita, cómo me traés aquí hoy, no ves que se me perdió una perlita. Me hubieras dicho y me visto mejor. Ve qué jardín tan lindo, así teníamos nosotros un jardín en Salitral, yo te he contado lo buena que era mi abuelita Cota con las matas.

Ay no, mirá a todas esas señoras tan bien puestas y yo aquí sin un arete. Dame los tuyos por favor. Dámelos que no hay peor cosa que ser vieja y andar con un arete zonto.

Mirá qué sala más bonita y con un sillón de cuadros, siempre quise uno así – pero tu papá no me dejó-, babosa yo. Usted cómprese todo lo que le guste y quiera ahora que puede, después se hace de un tonto sin gracia, le hace caso en todo y no la deja tener sus cositas.

¿Vos no tenés novio? ¿O sí?… Bandida, seguro que sí, pero vos calladita, vos siempre calladita como una señora. Vos digna, pero diay es que todavía estás muy joven. Bueno la verdad, ya no tanto y te he visto muchas canas y además esa pintura de labios que usás de muerta, no te luce.

¿Vos sabés que se me perdió una perlita?

Tal vez unos años anduve así, muerta en vida, cuando tu hermano murió fue como que me tijeretearan el corazón, porque no fue de un solo tiro, la muerte de él me ha ido matando a pedacitos, de los recuerdos de lo poco que vivió y de todo lo que no pudo hacer, de no asistir a su pronta graduación, de no haber entrado a la universidad y tener una familia, de no poder subir a la montaña.

Ve qué tonteras, me sentí culpable por dejarlo ir y ustedes me caían un poco mal por estar vivos, todos alegres con planes, y él sin ninguno. Enterrado.

Mejor decí que lo que a mí me gusta es el teatro, actuar… Si eso es lo que he hecho toda la vida.

Pensándolo mejor, si vas a escribir de mí, de quién soy, creo que tengo derecho a decirte qué quiero que escribás, no es que quiero que mintás… Lo que quiero es que contés como yo lo viví, que no es que sea diferente a una mentira, es que si yo lo hubiera vivido tal como fue … me hubiera muerto”.

“Mi abuela era ciega, se suponía que ella no veía nada, pero a mí me parecía que lo veía todo. Era autoritaria con sus hijos y suave con sus nietos, menos con ellas. Bueno, nosotros éramos los preferidos, eso decían mis hermanas. Ellas eran hijas de un tío, habían nacido fuera de matrimonio, lo cual para mi abuela no era su mayor pecado, sino que su mamá era enferma y pobre. Las habían llevado a la casa grande para que las cuidaran las tías, las solteronas, las que cuidaban a todos pero no eran responsables de nadie, ni de ellas.

Abuela les decía la Marta y la María de manera despectiva y todos los domingos nos daba una moneda de 25 céntimos a las mujeres, a los hombres una de 50 céntimos y a ellas les daba una de 10. Yo no era consciente de esas diferencias, hasta que un domingo me tocó estar en la fila detrás de ellas y me di cuenta de que la moneda asignada era de 10 c y le pregunté: abuelita, ¿por qué ellas que son más grandes que yo tienen una moneda más pequeña?

Ella, obviando esas nubes azules que se habían posado en sus ojos hacía años, levantó la cabeza, me miró fijamente y dijo tajante: …usted es muy pequeñita para entender.”


 

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