1. 30 marzo 2018

Si a los Militiski no les hubieran permitido salir de Ellis Island por la puerta principal hacia Manhattan, en el barco procedente de Europa, no hubiera nacido su quinta y última hija, Adrienne, en el upper west side de Nueva York. Y si unos 30 años después, William no se hubiera detenido a ver el choque automovilístico en el barrio judío de Nueva York aquella tarde otoñal durante la Gran Depresión, donde vio a la señorita con los dientes de conejito en que se convertiría Adrienne, no hubiera nacido Susan. Y si Susan no hubiera optado por dejar Nueva York después de terminar el colegio e ir a la universidad en Boston, en 1960, no hubiera conocido a Jason, el estudiante de ingeniería, ni hubiera decidido ella dejar sus estudios de maestría para ir a Los Ángeles, California, con él; ni hubiera nacido, un par de años después, Roxana. Y sin el nacimiento de su hija, Jason hubiera continuado trabajando en el Proyecto Apolo, el sueño del ya asesinado presidente Kennedy para mandar cohetes a la luna, una forma de participar en la seguridad nacional, en vez de ir a la guerra en Vietnam, como fueron obligados miles de hombres de su edad.

Pero con el pronto nacimiento, Jason y Susan optaron por dejar California e instalarse de nuevo en la costa este de los Estados Unidos; allí Roxana crecería y conocería a sus abuelas, iría a la universidad y se le despertaría la pasión por conocer otras tierras.

Y si no hubiera viajado a explorar el mundo, Roxana no hubiera conocido a su futuro exesposo, ni se hubiera mudado a Centroamérica, donde nacerían sus dos hijos. Y si Roxana no hubiera optado por quedarse en Costa Rica, no hubiera encontrado el círculo sagrado de escritura, donde exploraría su propia historia familiar y realizaría viajes literarios para contar las historias fascinantes de las personas que ha ido conociendo, y buscar la conexión aún elusiva que crearía algún impacto más allá de las experiencias personales.

¿Y si no lograra estos resultados literarios?, se preguntó Roxana, por lo menos pasaría unas lindas tardes comiendo queque de chocolate con peras y café, mientras aprendía de las asombrosas migraciones de sus compañeras escritoras – desde Heredia, Golfito y Limón, Alemania, Perú, Italia y Argentina–, cómo todas llegaron al valle central del país centroamericano y convertían sus propias historias en ficción creativa latinoamericana.

No, pensó Roxana, en vez de vivir en el cálido y húmedo trópico centroamericano, estaría más bien en el frío norte, tomando vodka y conversando sobre la dictadura de Putin y cómo hacía que Estados Unidos creyera que su presidente era un títere peligroso del presidente ruso.

En vez de estar batallando con las tildes y buscando palabras en español, estaría quizás escribiendo la historia, en ruso, de cómo su familia sobrevivió las dos guerras mundiales, la revolución soviética, el comunismo y su caída, y como aún se mantenían en el viejo continente soñando con viajar.

  1. 11 de mayo 2018

––Mi hija dice que están quemando el mercado, y que raparon el pelo a los estudiantes –le dice Honorata con cara asustada a Roxana al apagar su celular.

––Y dice que ya no tiene ni para comprar la lecha al bebe. ¡Ay, los chiquitos no deben de sufrir así, ellos no tienen la culpa! Pero es que allá, en Nicaragua, no es como acá, doña Roxana. Allá todo es problema.

Roxana contempla cómo responder. Siente empatía y quiere demostrarlo, pero a la vez cuida una cierta distancia de seguridad emocional con la señora que desde hace más de un año le mantiene la casa durante la semana y cuida a sus hijos adolescentes cuando ella viaja. ––¿Y cuántos años tienen los hijos de su hija, Honorata? – finalmente le pregunta Roxana.

Honorata, de pie en su cocina, vestida con una falda color rosado eléctrico y una camiseta apretada de un color amarillo desgastado, tiene un año menos que Roxana, aunque parece por lo menos diez años mayor. Le responde a Roxana: ––Un año tiene el bebé y siete años la chiquita, y mi hija tiene 21 años. Vino acá con el esposo y los hijos a buscar trabajo, pero ella no se hallaba acá y se fue hace unos meses. El hombre se juntó con otra y ya no le manda plata a mi hija ni para la leche.  Entonces me dijo mi hija que ella tuvo que ir adonde su propio papá a pedirle plata y que esta vez le ayudó.

Honorata le había dicho, al iniciar su trabajo en la casa de Roxana, que llevaba diez años en Costa Rica. Así que Roxana calculó que la hija de Honorata tendría apenas once años cuando su mamá tuvo que abandonar su hogar y su país para buscar trabajo. Durante esos años, Honorata fue mandando plata y construyendo su casita en su pueblo natal en el norte de Nicaragua, mientras limpiaba casas en los alrededores de San José. Era honesta como su nombre indicaba, cumplida y trabajadora, de eso no cabía duda. Hacía bien el gallopinto, las tortillas de maíz y los frescos de piña, pero no estaba familiarizada con los diversos platos extranjeros que comían en la casa de Roxana.

Parecía la persona más dócil y dulce hasta mencionar el nombre del presidente de su país. ––Ay, ese desgraciado. ¿No ven lo que está haciendo a los estudiantes y a todo el país? Lo quieren fuera. Lo queremos fuera – le dice a Roxana cuando comenzaron las protestas en Managua en mayo del 2018, detonadas por el incremento en las aportaciones por cargas sociales. Las manifestaciones fueron llegando a todo el país, hasta el mercado en el pueblo donde vivía Margarita, la hija de Honorata, con sus dos hijos, en la casa que Honorata le había construido con sus ahorros por la limpieza de las casas en San José.

––Y qué pena  –continúa Honorata–, porque mi hija sí terminó la escuela y estaba estudiando en el colegio cuando quedó embarazada … – se lamenta.

Igual a su mamá, piensa Roxana.

––Pero ahora después del segundo se operó. El doctor le dijo que aún era muy joven, pero ella dijo que ya dos eran suficientes –explica Honorata.

Honorata le contó a Roxana que ella era una de catorce hijos, y ella misma había tenido tres hijos pero que uno se le murió. Margarita es la menor.

––Ay, no sé qué voy a hacer, los chicos pequeños no tienen por qué sufrir. Pero sufren. Y yo no puedo mandarle más. Tengo que pagar mi cuarto, mi compañero no está trabajando. Así que estamos vendiendo estas camisas para que por medio de la iglesia le mandemos dinero y ella tenga algo más para la leche.

Roxana mira las camisas de colores eléctricos amarillo y rosado con brillantes dibujos tropicales, y le pregunta: ––Honorata, ¿está segura de que ese dinero les llegará a Nicaragua, que no se quedará una parte en la iglesia?.

––Ay no, doña Roxana, una mujer se lo va a llevar allá. De ella se puede confiar.

Entonces Roxana saca diez mil colones de su cartera y le dice: ––Bueno, entonces me llevo la amarilla con el colibrí, esta camisa bien colorida y alegre está bien bonita.

Honorata recibe el billete y le pasa la camiseta a Roxana, quien sabe que no le quedará y la guarda en su clóset.

  1. 25 de agosto 2018

Al enterarse de que iba a haber una marcha a favor de los migrantes y en contra de la xenofobia en San José, ese mismo sábado Nataniel, uno de los dos hijos de Roxana, fue directamente a su habitación para hacer su pancarta. Había encontrado una enorme caja de cartón que Honorata había guardado y cortó una pieza de casi un metro cuadrado. Sacó los marcadores de colores azul, rojo y negro, se sentó en el piso de madera de su cuarto y esperó a que le llegara la inspiración.

Sabía que quería algo que claramente expresara sus sentimientos sobre la situación y que no se tiñera de político ni de humor. Descartó pintar banderas, en parte porque no tenía marcadores de los colores indicados y en parte porque temía que podría reforzar las ideas de patria y nacionalismo, en vez de una humanidad sin fronteras.

Entonces optó por una simple frase – solidaridad latinoamericana –, bordeando con líneas negras las letras en rojo y azul.

Lo hizo con mucho cuidado para que se pudiera ver claramente y de lejos, como había leído en internet que deben ser las pancartas para las marchas de protesta. Su paciencia y atención a los detalles en este caso diferían de la rapidez y descuido con que solía hacer sus tareas del colegio.

El día de la marcha se levantó temprano, desayunó gallopinto, café con leche y un banano, se bañó y se alistó antes de que su madre hubiera terminado su café y su hermano se levantara de la cama.

––¿Por qué tardan tanto? –gritó Nataniel frustrado porque su familia no demostraba la misma urgencia y apuro que él sentía para llegar a tiempo al sitio de encuentro, en el campus de la Universidad de Costa Rica, indicado en los anuncios en las redes sociales que su madre la había mandado unos días antes. Lamentaba que tampoco había podido motivar a sus compañeros del colegio a unirse a la marcha, pero no dejaba que eso le quitara las ganas de participar.

Mientras tomaba café, su madre consideraba cómo se había transformado la perspectiva de identidad de su hijo mayor. Hace unos años no quería ni escribir en español, y hace apenas seis meses había declarado que se mudaría con sus abuelos al país norteamericano para terminar los últimos años de colegio.

Pero con mejoras en casa y en la escuela, la situación preocupante por la administración de Trump en el norte, y el encuentro con los movimientos sociopolíticos latinoamericanos a través de la música de protesta de la región, poco a poco Nataniel fue descubriendo otras facetas de sí mismo.

Una vez junto a los cientos de personas ya reunidas en la UCR, Nataniel fue al inicio del grupo, caminaron por la calle principal, pasaron por la Fuente de la Hispanidad, los barrios de los Yoses y la California, hasta llegar a la Plaza de la Democracia en el centro de San José.

Vio las filas de miles de personas llegando desde diferentes puntos de la ciudad. Observó las banderas rojas de partidos comunistas y anarquistas, sobre los cuales había leído pero nunca había visto en persona hasta entonces. También vio las blancas y azules de Nicaragua y las de rojo, azul y blanco de Costa Rica, y otras pancartas y vallas creativas e inspiracionales. Escuchó la música y los discursos emocionales, personales y políticos.

“¿Le puedo sacar una foto?” o “¿pueden sacarnos una foto?”, le preguntaron docenas de veces otros manifestantes y algunos fotógrafos de la prensa, y el adolescente entonces levantaba su pancarta.

Se quedó en la plaza hasta que quedaron pocas del millar de personas que habían llegado durante la mañana. Tenía la cara y los brazos quemados por el sol tropical que brilló todo el día. A pesar de haber estado de pie por horas y horas, estaba tan motivado por la energía compartida entre la gente que caminó junto a su madre los kilómetros de regreso, hasta donde había iniciado cerca de la U con su pancarta en las manos.

Días después, unos amigos le mandan un videoclip sobre la marcha que salió en CNN en español y, en el minuto 1:49, después de la canción que unos músicos tocaron y cantaron, ‘cambia, todo cambia’, y la imagen de una monja en las gradas de la Plaza de la Democracia, sale su pancarta con las palabras ‘solidaridad latinoamericana’, levantada entre la multitud frente al Museo Nacional, y después la cara de Nataniel, con las banderas nicaragüenses y costarricenses alrededor, entre la gente.

Le manda el video a su madre por whatsapp. Reflexionan sobre el poder de las palabras y la acción más allá de las redes sociales digitales. Se sienten identificados y consideran que, por un rato más por lo menos, van a dejar crecer sus raíces en donde las migraciones los han llevado.

 

 


 

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