Ileana Piszk Kalina

 

Me contaba que su padre también fue un jugador empedernido desde que vivía en Viena. Se reunía con amigos en distintas casas casi todas las noches y apostaban con palitos de fósforos, les entusiasmaba el dominó, tomaban vodka, discutían temas cotidianos y políticos, comían repollo agridulce con salchichas y al final contaban los palitos y se repartían las monedas. Desde que llegó a Costa Rica a empezar de cero, sin conocer el idioma y sin conocidos, y lo mandaron a ordeñar vacas y a cultivar café en una finca extraña en las montañas de Heredia, su cara se llenó de arrugas y sus ojos claros no podían ver el sol sin enrojecerse y lagrimear.

…..

Con una ligera chispa de humor en su mirada, repetía la misma historia cada domingo cuando cantaban el “mayor”:

–– Anoche yo me lo soñé, se lo juro, anoche se me apareció el número ganador, con serie y todo, pero cuando me desperté en la mañana, me di cuenta de que no andaba puestos los anteojos.

A pesar del desencanto de mi abuelo, mi padre siguió fiel a su corazonada. Con el tiempo empezó a comprar enteros, a doblarlos en cuatro partes y los guardaba en la bolsa del saco no sin antes tirarles un poquito de saliva para ayudar a la suerte…

––Este es un “gallo tapado”, este es el mayor, van a ver.

Nunca le atinó al mayor, y es que mi papá no hizo las sumas correctamente: el 8 del 10 del 38 sumaba 56. Pero lo que no se le ocurrió fue sumar 5 más 6, o sea 11 o sea 1 más 1 igual a 2: la segunda oportunidad de vida, su verdadera lotería.


 

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