Li Briceño Jiménez

 

Aquella casa era de madera pintada de un verde que no era verde; pasando el portón de hierro forjado con diseños de flores, se abría un jardín que cobijaba plantas de diversas tonalidades y tamaños como selva espesa en miniatura; las gardenias inundaban cada paso hasta el corredor que abrigaba cuatro mecedoras de madera con almohadones bordados en punto cruz, y el piso dibujaba figuras geométricas como las de las iglesias. La puerta de ventanas de vidrio escarchado invitaba a pasar al entablillado de madera recién encerado con olor a limpio, y en la pared lateral, fotos antiguas y actuales enmarcadas tapizaban los recuerdos de los que ya habían partido y de quienes aún disfrutaban del verdor capitalino de los años sesenta.

Un largo y estrecho zaguán dividía los dormitorios sin puertas a derecha e izquierda, unas cortinas daban privacidad abierta a cada cuarto, y en cada uno descansaban dos camas tendidas con colchas de retazos multicolores. El final del zaguán se abría a un gran y múltiple salón familiar, servía de comedor con una mesa de tablón de madera y 18 sillas; al mismo tiempo sala de costura y cocina, sobre la mesa, tapados con servilletas blancas bordadas se escapaban los atrayentes olores del pan de arroz, pan dulce y tortillas recién palmeadas; en dos ollas de aluminio sobre la vieja cocina eléctrica brotaban hirviendo el atol de maíz morado y el amarillo que propiciaban un éxtasis de deseos sibaritas.

Esa era la casa de “las niñas”, como les decía su  madre, la tía María, viuda y con un espíritu de luchadora incansable, sus siete hijas sabían de todo y lo hacían muy bien: bordaban sus propias sábanas, decenas de almohadones, cortinas y hasta los vestidos, cocinaban, caminaban bailando, contaban cuentos que hacían reír y tenían el arte de hacer hablar a los animales, las loras saludaban y repetían nuestros nombres, soltaban carcajadas y ejecutaban malabares en los alambres de tender la ropa, los gatos, cinco en total, se retorcían en el piso al compás del piano, el perro lanudo sacaba la botella de la leche del refrigerador sin quebrarla para que la sirvieran en su plato, todos los días a las dos en punto.

Ellas eran maestras graduadas de la Normal, con los títulos enmarcados en dorado, a los que se sumaban los obtenidos en taquigrafía y mecanografía de la Castro Carazo, cursos de corte y confección y primeros auxilios de la Cruz Roja, colocados a lo largo de las paredes del zaguán; se sabían las palabras del diccionario al derecho y al revés, pintaban sus cuidadas y largas uñas con el esmalte de moda, se peinaban estilo bomba y moño asegurando cada pelo con fijador de laca.

Así vivieron y crecieron juntas por muchos años, hasta que apareció en la entrada del zaguán el hombre que les cambiaría para siempre su rutina de alegre vida; fue la menor de ellas quien se tropezó con él, y la primera que aprendió a llorar.


 

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