Elizabeth Quirós Montealegre

 

Salto a mi infancia y recuerdo aquella estancia enorme en el centro de la casa, luminosa con grandes ventanales, de aquellos que, para abrirlos, se empujaba uno de los pesados sobres hacia arriba hasta fijarlos con picaportes. Entre los muebles, había dos sabrosísimas poltronas de madera, bien viejas con cojines de color verde.   Era el lugar favorito de papá.  Allí leía, dormitaba, conversaba o escuchaba la radio –aparato de tecnología de punta para aquellos años.  El radio era una gran caja de madera charolada que reposaba sobre una mesa, también de madera, con libreros y revisteros a ambos lados. Tenía oculto los parlantes con una especie de tela gruesa muy sobria “verdeamarelo” perfectamente entretejida que dejaba apenas insinuada la bocina.  Contaba con unas delicadas perillas de madera en forma de rosita que a veces se desatornillaban.

Cuando papá escuchaba, nadie interrumpía. Oía noticieros, programas culturales, musicales y deportivos. Los locutores eran identificables por sus voces moduladas, de gran fuerza.

Pero los domingos, ¡ay, qué sufrimiento!.  Había partidos de futbol que eran narrados por el icónico comentarista Luis Cartín Paniagua quien con dicción perfecta pero con un timbre metálico hiriente, disparaba, sin respirar siquiera, metrallas de palabras que describían cada movimiento en el campo de juego.  Qué velocidad de narración tan increíble, hacía que quien le escuchara —si entendía del juego— “visualizara” cada jugada. Pero además, no solo papá escuchaba la radio sino todos los vecinos del barrio, cada casa estaba pendiente de las jugadas.  Pues ni modo, nos tocaba oír a todos que si Cuti Monge, el de las piernas de oro, pateó y le hizo el pase al Catato Cordero que gira, pero en eso llega Estupiñán y se la arrebata y corre hacia el terreno de juego contrario por el flanco derecho y coloca un centro perfecto y el gran goleador, “dispaaaraaa” y “GOOOLLLLLL” y aquel estridente golazo—que podría ser cualquiera y sin gracia, se escucha como alarido de la montaña, de pronto va “in crescendo” sostenido, de boca en boca: de Felito, a Chalo, a Amarilis, a Gini, a Johnny, a Omar y a Lidia, que con aquel galillo ronqueta terminaba de deshacer el cerumen natural de cualquier oído y dejaba el tímpano en un puro temblor.

Maliciosamente yo soñaba con un martillo y me veía destrozando de un solo golpe aquellos aparatos gritones, pero claro, el sueño se interrumpía con las dimensiones del castigo, porque papá enojado era cosa seria, muy seria.

Nunca supe dónde estaban mis hermanas, a quienes no les interesaba tampoco el futbol. Se encerraban en algún cuarto a hablar cosas de ellas—como me decían cuando las descubría—y me echaban sin contemplaciones.

Cuando el partido era aburrido—según los expertos—, papá se dormía pero con la radio a todo volumen y entonces, muy delicadamente, me deslizaba en puntillas hacia el aparato con un solo pensamiento: bajar el volumen. Pero se despertaba y quedaba como Tobías petrificado por voltear a ver la ciudad  prohibida, “qué pasa”, preguntaba papá.  “No, nada papi, solo quería oír mejor, para entender el juego”.  “¿Qué ha pasado?”, “pues nada, que Cuti perdió un lance y vino no sé quién y le arrebató la bola”.  Esperaba y se volvía a dormir y por fin yo, por el flanco izquierdo, llegaba a la meta y con mi dedo giraba la rosita hacia la izquierda para bajar el volumen.  Salía presurosa en puntas y me desaparecía en el jardín, y escuchaba cuando decía “quién bajó el volumen” y mamá, que no había visto nada, le replicaba “nadie, pero está audible, parece sordo”.   Y otra vez subía el volumen, ¡Qué cruz!  En esos momentos odiaba a la radio, la percibía con el rostro de Cartín, a quien ni siquiera conocía.

Ese radio sirvió por décadas y algunas veces, las más, lo disfrutábamos mientras escuchábamos lecturas de novelas famosas, Julio Verne, Alejandro Dumas, cuentos infantiles como Gulliver, la Cenicienta o algunos de Carmen Lyra. Mamá disfrutaba de la música clásica, tangos y programas educativos.   A la radio se acudía cuando sonaba el “sirenazo” de Radio Monumental: desde el frente de la esquina sureste de lo que hoy es el Banco Central, se pulsaba para que todo San José se alertara de que había sucedido algo importante y, entonces, nos reuníamos alrededor del aparato a oír sobre la muerte de Juan XXIII, la llegada a Costa Rica de John F. Kennedy y, meses después, sobre su asesinato; la tragedia de Choluteca donde decenas de niños y jóvenes murieron, o el accidente de la Angostura…


 

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