Krista Sauter Ortiz

 

Abrió una de las hojas de madera de la puerta principal, y con agilidad Delfina Laureana bajó los cuatro escalones de piedra viva. El día afuera lucía brumoso, entre la niebla se podía adivinar un disco que con líneas difuminadas trataba de calentar, cansado, y sin lograrlo se rendía, flotaba con desgano.

Delfina Laureana caminaba a brinquitos, sin esperar a Apolonio que pesadamente trotaba, tratando de capearse el suelo rocoso de la calle, cuidando de no pegarse el torpe dedo gordo que le hacía rechinar sus dientes, arrugar su cara en un desesperado gesto de dolor, cuando aparecía una piedra más alta que las otras.

Jueves de mercado, era su día favorito y si había algo que disfrutaba Delfina Laureana era esa tarea asignada por Mamita: ¡hacer las compras en la Plaza Mayor!

Miró hacia el cielo y se dijo: “Hoy el día está acuoso, ojalá no empiece la lluvia muy temprano.”

Sin mucho pensar se brincaba las piedras y los charcos de lodo que complicaban el camino y esta vez, cuando por una de esas piedras no logró colocar su pie sobre el suelo plano, se dobló dolorosamente el tobillo y cayó en el lodo frío, húmedo y sucio. Delfina Laureana levantó la vista luego de mirarse sus manos embarradas, adoloridas, su enagua pulcra arruinada.

Levantó su mirada acuosa para descubrir a Apolonio corriendo en su ayuda. “Señorita, ¿está bien? ¿Se hizo daño? Venga y le ayudo a levantarse, que no puede quedarse ahí nomás.”

Delfina Laureana lo sabía, ese jueves de mercado se había acabado para ella: sus manos amoratadas, su enagua llena de barro, sus botines tierrosos. ¡No era posible que la gente la viera de esa forma tan vergonzosa en la Plaza Mayor!

Apolonio le alcanzó su fuerte brazo moreno y con un delicado y seguro tirón, logró que la desilusionada Delfina se levantara.

Sin ánimo ya, colocó sus pies en el lodo. “¡Qué importa ya!”, tendría que esperar una larga semana para poder ser feliz otra vez entre la gente.

“Apolonio, vaya corriendo a llamar a Teodora, le lleva este paquetito, que se dé prisa, que entre más tarde compre, más vieja la verdura! ¡No me espere, ya yo no corro!

Apúrele, apúrele que se hace tarde.”

Sus pequeños pies ya no saltaban, caían uno tras otro pesadamente. Sentía el barro húmedo entrando en cada rincón dentro de sus botines. ¡¿Qué más da!?” En su ánimo no había ya espacio para la ilusión. ¡Pensar que ahora la mañana terminaría con lavarse y limpiarse!

Mientras caminaba veía esa dichosa Plaza Mayor. El barullo, los colores, los tomates relucientes, las lechugas verdes y encrespadas como los vuelos de un vestido de fiesta.

Recorrió como en un sueño lo que la divertía: rebuscar entre las chucherías y artesanías que ofrecían.  Cómo, en el puesto de las perlas del Golfo, se entretenía viendo los collares y aretes de grandes perlas, bajo la mirada seria de Apolonio que le recordaba que tenía que irse a casa de inmediato. Todo el ambiente la maravillaba, le sacó una sonrisa sin querer y un “¡bueno será para la próxima semana! Ni modo”.

Un suspiro salió de su pecho al ladear su cara en dirección a la plaza. ¡Tan cerca, pero tan lejos! Un viento helado recorrió sus piernas húmedas y lodosas. Una pequeña lágrima que trató de esconder la traicionó y recorrió su suave piel hasta caer entre las piedras y el lodo.

 


 

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