Giselle Hass

Sentada en la terraza como todas las mañanas desde que llegó a esta nueva tierra, Lolita extrañaba a sus primas y a las vecinas de su pueblo de Asturias que se habían quedado atrás.  Faltaban meses para que la escuela empezara y no tenían vecinos cercanos, no había con quién jugar o hablar. Su mamá y su hermana andaban ocupadas con los sirvientes haciendo el desempaque de muebles y cajas, su papá en el trabajo. Cuando les quería ayudar le decían: “¡Anda afuera! ¡Quítate de en medio!”

Allí sentada viendo el jardín, el calor era agobiante, el vestido de algodón y el sombrero asturiano no hacían más que hacerla sentir más sudorosa y demasiado elegante para la situación. En ese momento de soledad y desconsuelo se le ocurrió a Lolita hacerle cambios a su vestimenta para estar más cómoda y fresca. Sigilosamente se fue al bolso de costuras de su mamá, cogió unas tijeras y sin pensarlo mucho cortó las mangas largas a su camisa y acortó la saya hasta la rodilla, “no importa que se salga un borde del refajo”, pensó, “es bonito con sus bordados escalopados”. Amarró los pedazos de tela que le sobraron en un lazo sobre su sombrero. Se quitó las medias y los zapatos y se fue caminando hacia el jardín, sintiéndose muy guapa y vaporosa. Después de dar vueltas como un trompo cortó flores y hojas del jardín para poner en su sombrero, “un ambiente tropical se merece un sombrero tropical”, se dijo. Y así, entre sus manos su sombrero de terciopelo se iba transformando en una fiesta multicolor de flores exuberantes. Allí estaba el pájaro del paraíso con sus picos morados y amarillos, gardenias y crisantemos, y así también su estado de ánimo se transformaba al sentirse etérea, caprichosa, podía controlar su vestuario y soltar su imaginación libremente bajo un cielo cálido y tropical.

Y es que esta tierra de barro rojo, sol ardiente y brillo que cegaba los ojos, desbordaba colores y frescura. Hasta los pájaros eran coloridos y escandalosamente revoloteaban entre los árboles con una contagiosa alegría. Escuchaba los ritmos de esta nueva ciudad y Lolita livianamente bailaba entre las palmeras con sus pies descalzos como si le hubiera nacido otro pulmón y ahora pudiera respirar con hondura.

Pronto la gente de la ciudad empezó a llamarla la niña de los sombreros, y a pesar de que su casa quedaba fuera del centro por varios kilómetros y estaba rodeada de arbustos naturales y animales de granja, las mujeres de la ciudad buscaban algún pretexto para ir a la casa del arquitecto español por si la niña estaba de humor de regalarles un sombrero creado por ella. Mujeres y jóvenes de todas las clases, solteras y casadas, españolas, negras o indígenas anhelaban recibir de Lolita el sombrero que haría de sus vestidos corrientes un traje de gala a lucir en la misa del domingo, la cena de cumpleaños, la boda de un pariente, o al pasearse por la Plaza Mayor.


 

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