Guisella Flores Montes

 

––Las mujeres usan el pelo largo. Siempre se repetía eso cuando se desenredaba la melena. Le parecía escuchar a su madre diciéndoselo.

Laurencia se levantaba temprano para tener tiempo de lavarlo y enjuagarlo bien, usaba champú de romero para conservar el color. Un ritual que le llevaba horas. Recordaba cuando chiquilla se lo lavaba su hermana con jabón Palmolive y entonces tardaban horas quitándole los nudos. Ahora para secarlo les pagaba a los chiquillos del barrio para que la abanicaran, a veces solo había que esperar a que soplaran “los nortes”, así llamaba a los vientos alisios.

Caminaba rápido, con agilidad a pesar de la edad que cargaba encima. Cuando le preguntaban cuántos años tenía, respondía secamente: ––Todos, todos los años. Sus ojos pequeños eran como frijolitos negros, su nariz achatada y el tono de piel café con leche característico de los indígenas centroamericanos.

Así que su cabello oscuro como el carbón, negro y opaco, nunca se lo había cortado. Si no se hacía trenza era tan largo que lo majaba y se tropezaba.  Tan largo que barría los pisos con él, con una mitad los dormitorios y con la otra la sala y el comedor. Con su melena hasta podía sacudir las lámparas del techo sin dificultad.

Las tardes de aplanchar se lo arrollaba sobre la cabeza para que no le estorbara y no lo fuera a quemar por accidente. Se hacía un enorme turbante orgánico que tocaba el cielo raso.

En las noches frías de diciembre se arrollaba en su melena para calmar el temblor de sus ancianos huesos. Algunos días, en la soledad del cuarto, la rodeaba con sus brazos para no sucumbir a la nostalgia por su pueblo, y así se dormía imaginando que era su mamá.

¡Estaba viejita y cansada! El trabajo que requería cuidar esa mata de pelo ya era demasiado para ella. De pronto sentía que merecía un descanso. Se alistaba y se iba para el salón de belleza de la esquina. Cuando ya le iban a meter tijera, recordaba las palabras de su madre: ––Las mujeres usan el pelo largo. Así ha sido y así será.


 

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