Los cuadernos de las autoras vuelan para soltar un cuento, que encontrarás en la caja registradora.

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Omaira

Agnes Balmaceda

Sus cejas delineadas en arco como si un niño de kínder se las hubiera pintado, sus cachetes rosados y sus ojos manchados de azul rey desentonaban con su piel oscura, haciendo de su cara una chorcha transparente.

Ella hizo la fila como todos, esperando sin esperar, fila por un vestido oblicuo que le hiciera justicia a su figura. Nadie la determinó en especial pero todo el mundo la atendió, salió feliz con tres mudadas y unas sandalias de tacón cuña imitación piel de culebra que se estaban despellejando. Sus uñitas limpias, pero aún llenas de tierra y comidas hasta el empacho lucían pintadas y despintadas de rojo.

Los olores punzantes, los carritos atiborrados de chunches y los perros pululaban por el parque La Merced; ese día se realizaba una de las intervenciones de “Chepe se baña” con habitantes de la calle de ese sector.

Los colegas de Omaira esperaban bebiendo de una botella de coca sin etiqueta un líquido transparente. Unos miraban a través de la multitud hacia un lugar inexistente. Hubo lágrimas y muchas risas.

Alrededor de la tarima se agolpaban los recién bañados, algunos voluntarios desocupados y unos pocos curiosos. Grupos cristianos subían y bajaban de la tarima entonando salmos y dando gracias al Creador por aquellas almas recién bañadas.

Nada que llamara la atención. Solo las rancheras y el momento en que anunciaron por el micrófono la presentación de Omaira de Masaya.

Aquella mujer morena sin edad -podía tener desde 30 hasta 60 años-, la que estaba en la fila con ropas prestadas y mal maquillada, con sus sandalias imitación piel de culebra, hizo alarde de su histrionismo y tomó el micrófono. Interpretó con ademanes sensuales una canción de Rocío Durcal, “me he enamorado… me enamoreeé…”. Se paseó por el boulevard mirando al cielo y con pasos estudiados de modelo caminaba endulzando a cuanto oyente estuviera cerca, alargaba sus manos y rozaba sonriente la barbilla de algunos y fijaba su vista en la calle.

La ovación fue imparable. Todo el parque La Merced paralizado reconoció a la artista.  Por un día, Omaira fue visible.


 

La mascarilla, la Virgen y un milagro

Alla Jilobokov

Londres. Noviembre de 2019.

Una pareja de asiáticos en mascarillas Gucci.

“Qué clase de ridículos. Qué costumbre tan extraña de la gente de andar con estas cosas, parecen perros. No lo entiendo”- pensó Ascencio con asombro.

“Pobre gente. Por allá en China no les ha quedado nada de aire, seguro. O son histéricos a la mil. O es una moda extraña. Vaya a saber. En fin, cada loco con su tema. Y para colmo, la marca. Vi la tienda de esta misma marca por acá cerca en la calle Bond. Me pregunto quién entra a estas tiendas. Parecen museos.  A mí me da pena hasta pararme frente a las ventanas; de entrar ni hablar.  Solo me puedo imaginar cuánto podría costar el bozal ese. Gente más loca, no tienen nada que hacer con el dinero…”

Así iba hablando consigo mismo Ascencio Urrutia Valladolid por las calles de Londres. Era su primera vez. Se había ganado el viaje en una rifa del trabajo. Muy emocionante, muy lindo, muy caro todo y no hay gallopinto. Todo le ha gustado, pero estaba más que listo para regresar a su amada Tiquicia, su tierra natal. Ascencio se amarró más fuerte la bufanda, bajó el gorro casi sobre sus ojos y se frotó los brazos. Estaba empezando a tiritar del frío.

“Qué helazón más hijuemialma… Hasta los huesos le entra a uno”.

San José.  Junio 2020.

Ascencio estaba parado en una acera del centro de San José esperando su bus. Acababa de pasar uno lleno, no se pudo subir. Hay una restricción en la cantidad de pasajeros permitida. Solo pueden ir sentados. Así iba el bus: la gente sentada, bien portada, todos con mascarillas de todos los colores y diseños. Ascencio se acomodó una vez más la suya. Era el quinto modelo que había probado. La primera le había aplastado la nariz. Con la segunda no podía respirar, el sofoque fue terrible. La tercera le dejaba las orejas paradas. Apenas se vio al espejo con la cuarta puesta, la quitó con rabia. Se veía peor que un payaso de circo, horrendo. Así jamás.

Ascencio era un hombre joven, se consideraba medio guapo, alto para la media tica. Tenía una pancita que le salía del cinturón, pero la metía juicioso apenas veía a alguna mujer bonita. Tenía unos dientes parejos y de buen color y un mostacho a la moda -su orgullo. Pero los ojos nunca fueron su fuerte. Como que no brillaban como él quisiera. Color normal, forma normal, más bien pequeñones. Las pestañas cortas y rectas como de vaca. Como se dice en tico: nada que ver. Y ahora con esto de la pandemia solo eso se le veía. Su mostacho arrugado y estorbando dentro de la boca, la nariz aplastada. Frustrado estaba el pobre Ascencio. Cada vez que miraba a una muchacha bonita le sonreía amablemente como de costumbre y de  inmediato se acordada de que nadie podía verle ni la sonrisa, ni sus dientes lindos. Qué carambada. Qué frustrante de verdad.  Así, ¡qué chance tendría jamás de encontrar el amor de su vida!  Ninguno…  A menos que fuera un milagro.

Se había acordado de los chinos en Londres. Tan felices y con tanto estilo andaban sus mascarillas carísimas.

“¿Cómo es que se llamaba la marca? Me hubiera comprado una de esas”- pensó Ascencio. “Qué va. Tendría que haber pasado sin comer toda la semana de viaje por una bendita mascarilla. Y aparte, quién se iba a imaginar que tan solo unos meses después la querida Costa Rica se iba a convertir en el país de las mascarillas… Vaya a saber.”

Ascencio al fin, después de la larga espera, pudo montarse en el bus. Bajó al asiento. Estaba cansado después de recorrer varios establecimientos en búsqueda de un trabajo temporal. Al menos ahora siempre podía ir sentado. Bajó la mirada un segundo a su barriga, la trató de meter. La condenada panza rebelde resistió y se colgó desafiante encima del cinturón.

“Qué cagada” – pensó Ascencio. “Me he engordado para rematar. ¿Cómo sucedió esto? ¿En qué momento el mundo y mi vida se han ido al traste?”

Antes de la pandemia, Ascencio tenía un trabajo más o menos estable en una distribuidora. El salario no es que, qué bruto, qué bueno, pero al menos el horario era decente y el patrón lo estimaba mucho, lo incentivaba a estudiar, le despertaba sueños bonitos de superación con sus consejos.

—Ascencio, ¿qué vas a hacer hoy después del trabajo? -le preguntaba don Pancracio el viernes en la tarde.

—Ir a echarme unas birras, don Pancracio, con mis compas. A hablar paja un rato.  A relajarnos – le contestaba Ascencio con una sonrisa, sabiendo muy bien qué le iba a decir don Pancracio al respecto. La escena se repetía casi todos los viernes.

—Muchacho de Dios. Siempre lo mismo. ¿Y qué te va a traer la birreada y habladuría sin sentido? Si no te esforzás a hacer algo diferente, en diez años estás haciendo exactamente lo mismo. No has avanzado nada en la vida.  Estudiá, Ascencio. Solo así en diez años serás una persona diferente con una vida diferente – le decía don Pancracio suspirando y moviendo la cabeza, como para decir: “estos jóvenes nada que pueden entender lo importante de la vida, se la gastan en tonterías”.

Muy buena persona era don Pancracio Urbina. Nada que decir. Y poco a poco había logrado sembrar en la mente de Ascencio una espinita. El viejo patrón debía de tener la razón.

Pero lo mejor que tenía su empleo, perdido por la crisis, fue la secretaria. Raquel, se llamaba. Le había puesto el ojo Ascencio desde que había entrado a trabajar hacía un año y medio. Linda, la chiquilla. Machita con ojos gatos, bajita pero de buena figura. Le sonreía a Ascencio con sus dientes perfectos. Hablaba inglés, muy culta. Pues desde que la vio, Ascencio se dio a la tarea de conquistar a Raquel. Se puso a dieta y se había matriculado en un gimnasio. Cada mañana se paraba frente al espejo midiendo la barriga a ver si había bajado. Todo iba muy bien. Se estaba animando y ahorrando un poco para invitar a Raquel a comer. La quería hacer sentir bien, sin ser muy atrevido. En sus sueños más salvajes se imaginaba casado con Raquel, con un título de contador debajo del brazo y una casita propia en algún barrio tranquilo en las afueras de San José.

Ahora todos los sueños de Ascencio se habían interrumpido de una forma catastrófica. Llegó el virus y por lo visto no tenía ninguna intención de desaparecer en un tiempo cercano. Sin trabajo y sofocado por la mascarilla, Ascencio miraba por la ventana del bus con los ojos vacíos, sin expresión alguna.

Cartago. Agosto 2020.

Ascencio se fue caminando a Cartago. Con su mochila en la espalda, una botella de agua y unos tenis Nike color perro cruzando la calle, así los llamó Vinicio de la Cruz, su excompañero de trabajo y viejo amigo.

—Ascencio, amigo, comprate unos tenis nuevos. Estos ya dan pena. ¿Qué va a decir Raquel cuando te vea con ellos? – lo molestaba su amigo guiñándole el ojo.

—¿Y cuándo me va a ver Raquel? Entre que he perdido mi trabajo y la pandemia… ¿Cuándo es que nos vamos a ver de nuevo? Ni plata tengo para invitarla a salir. Tengo unos ahorros y la liquidación que tan pura vida me dio don Pancracio. Me dijo que aprovechara este tiempo loco para estudiar, que cualquier cosa me ayudaba. Pues le hice caso y me matriculé. Estoy estudiando en línea, ¡qué más queda!. No está nada mal, la verdad sea dicha, ahorro en pasajes y el tiempo. Y para los tenis tampoco tengo amigo, estos van a tener que esperar -le contestó Ascencio.

La pandemia seguía y seguía, no había fin alguno para esta cosa tan engorrosa, pegajosa y pestilente. Le había vuelto la vida -al pobre Ascencio y a la mayoría de todos los demás- al revés y a la izquierda. Ya no sabía por dónde darle para mantener el famoso pensamiento positivo.

“¿Qué hay de positivo en todo esto?”-se preguntaba en las mañanas.

Sin embargo, se levantaba y hacía la medio pantomima de ejercicio diario en una bici estacionaria que le había regalado su expatrono antes de botarla.  La pobre criatura chillaba y tronaba pero algo hacía. Ascencio la pedaleaba con pereza, se secaba el sudor con el gesto elegante de un ciclista profesional, como lo hacía la gente caché en los anuncios de Pelotón, una marca de bicicletas estacionarias que lo único que no hacían era prepararle el café a uno después del ejercicio.

“Qué rico tener una de esas -soñaba Ascencio-, algún día, apenas se termine la pandemia, cuando termine de estudiar y me consiga un buen trabajo”. Y el pensamiento positivo regresaba a rastras, con la velocidad de una tortuga. Pero por lo general duraba poco.

Por esas mismas razones de generar un poco de positivismo en su vida, echada a perder por el bendito virus, decidió desobedecer las directrices del guapo ministro estrella de salud y peregrinar a la Basílica de los Ángeles en Cartago, el día de la Virgen. Quería pedirle por un trabajo, por Costa Rica, por el mundo entero y por Raquel, a ver si el destino cruel los podía unir por algún arte de su magia inexplicable.

Iba caminando despacio, rezando para que sus viejos Nike llegasen a Cartago en una sola pieza. Caminar descalzo no le hacía ninguna gracia.

A diferencia de otros años, casi no se encontraba a otros peregrinos.  El sol ardía despiadado. Ascencio paró por un segundo para recobrar el aliento y miró hacia el horizonte a ver si podía distinguir la Basílica. Qué va, faltaba mucho. Será por el golpe de calor que estaba recibiendo. O por el juego del aire caliente y su imaginación. O será por la existencia de los milagros, en los cuales creía firmemente su querida madre Aurelia Valladolid y le hablaba de ellos todo el tiempo. Ascencio vio en el horizonte, donde la calle de asfalto ardiente se unía con el cielo azul desteñido como sus tenis, una nube en forma de la Virgen. Ascencio cerró los ojos, movió la cabeza de lado a lado, se los frotó con las manos y enseguida los abrió lentamente, poniendo la mano derecha como una visera encima de su frente, para mitigar un poco la luz del sol. La Virgen seguía allí en la nube. Ascencio, sin entender la razón, cayó de rodillas de un solo golpe. Así no más, sin intentar sostener algún tipo de equilibrio. Solo cayó, dando un duro golpe con sus rodillas sobre las piedras. Cayó y se puso a rezar, bajando la frente sobre la acera, apoyándose en las manos. Una pareja que venía caminando aparentemente igual que él hacia Cartago, se le acercó preocupada, creyendo que se había desmayado.

—¿Se encuentra bien? – le preguntó inquieta una señora gordita con la respiración entrecortada y la voz apagada por la mascarilla y la careta.

—Ay, ni sé, creo que sí. ¿Qué me pasó? Qué dolor de rodillas… – le contestó Ascencio volviendo a este mundo-. Sí, sí, no se preocupen. Creo que estoy deshidratado y acalorado. Con este bozal me siento como un oso polar en medio de un desierto y sin agua ni sombra.

La pareja prosiguió su curso. Tampoco estaban de mucho humor para detener su peregrinaje. Igual que Ascencio se veían acalorados, sedientos, ahogados por las mascarillas y las caretas, desesperados por llegar a la Basílica.

Ascencio se acordó de lo que lo hizo caer de rodillas. Miró al horizonte pero no había nada allí.

“Seguro me lo había imaginado” – pensó.

Pero algo en su mente se rebeló contra este pensamiento. Quería desesperadamente creer en un milagro. Quería, al llegar a la Basílica, recibir la noticia en su teléfono de que tendría su trabajo de vuelta y que iba a ver a Raquel radiante y hermosa sentada en su escritorio, recibiéndolo con su sonrisa de dientes perfectos y labios pintados de carmín. Pero por lo pronto se dirigió con paso firme hacia su lugar de peregrinaje.

Ni idea tenía de cuándo se iba a terminar la pandemia, ni cómo iba a sobrevivir este tiempo incierto. Pero una semilla de esperanza se había sembrado en su corazón. Algo le decía que todo iba a estar bien. Iba caminando con una sonrisa cansada, soñando en aquella casa con Raquel, en un nuevo trabajo de contador y en los tenis nuevos.


La aparición

Ana Victoria Garro

Carmen caminaba a la luz de la luna en la playa solitaria, Canelo trotaba a su lado, eran amigos, duraban horas en su recorrido diario oyendo el golpe de las olas en la oscuridad; su momento favorito era cuando el agua se tornaba plateada, ella se metía al mar con el batón que usaba siempre, junto a Canelo. Un día, como una aparición, del agua salió un hombre, no era alto, Carmen petrificada lo vio avanzar, salieron del agua, caminaron uno al lado del otro, él se quitó la mascarilla y las patas de rana; en aquel escenario todo eran suposiciones. Ella lo observó, era chino y permanecía en silencio, la miraba como si fuera irreal. Se sentó en la arena, Carmen a cierta distancia lucía como una estatua iluminada por la luna con Canelo a sus pies.

— ¿Está bien? –le pregunto acercándose, mirando sus ojos rasgados; él contestó con un movimiento de cabeza.

—¿Me entiende? –insistió ella, pero él estaba exhausto.

—Vivo cerca, venga conmigo –hizo un gesto con la mano.

Él la siguió sin expresar ningún sentimiento, llegó trastabillando.

Al fin en la casa de madera frente al mar, él sentado en la hamaca, se tomó un vaso de agua de pipa y sonrió, ella jaló un banco a su lado, él la miró a los ojos.  Coincidieron sus respiraciones, se contaron sus vidas, sin palabras, sin tocarse, sintiéndose, olfateándose; en ese instante transcurrieron años, Canelo lloriqueaba y los miraba receloso.

—Cuidado Carmen, no sabemos quién es –lloriqueó el perro rascándose una purruja de la cabeza con la pata del banco.

Entró el silencio, todo lo sabían uno del otro, como si hubieran vivido juntos una vida entera. Satisfechos en medio de aquella inmensidad, ella puso su mano encima de la de él y suspiraron.

En la puerta de su casa en la playa aparecieron dos hombres con patas de rana y se lo llevaron de nuevo al barco, no hizo resistencia.

Carmen siguió paseándose a la luz de la luna, en el mismo punto sobre la espuma de las olas donde lo conoció, metiéndose al agua con el batón puesto y con Canelo, que la seguía cuando el mar estaba plateado. Esperaban aquella aparición, y Canelo lloriqueaba y movía la cola acercándosele.

Dicen que ya anciana un día amarró con un mecate a Canelo del cuello a su cintura, los cangrejos los vieron meterse al mar cuando la luna estaba en lo alto, ella nadó hacia adentro y jamás regresó, Canelo con ella.


 

Tarde de lluvia

Ana Portocarrero

 

Desde la mesa junto a la ventana escucho las gotas de lluvia escurrirse por las canoas y los vidrios, algunas suenan con suavidad, otras más fuerte y por algún motivo su sonido me produce sobresaltos. No son más de la cuatro de la tarde, pero el cielo gris cargado de agua obliga a los carros a encender las luces, dando la impresión de que es más tarde y que pronto va a oscurecer. Con mi taza de café en la mano observo la escena, tanta gente caminando bajo la lluvia. __Si pudiera lo haría- pienso-, como antes, como cuando era adolescente, como cuando era niña… Me quitaría los zapatos, dejaría la sombrilla en un rincón y correría, tan lejos como pudiera, Libre, despreocupada. Permitiría que el agua empapara mi pelo, mi cuerpo, que la ropa se pegara a él, aunque después me regañaran, por mojarme, por ser libre…

Ahora todo es diferente. Hasta la gente que observo desde la ventana seguro que no es la misma de cuando eran más jóvenes. Miro la pareja que camina abrazada bajo la sombrilla roja, ella lleva el pelo suelto, medias finas y tacones altos, él va vestido de traje y corbata. Tal vez vienen saliendo de su trabajo o quedaron de encontrarse frente a la cafetería. Llevarán años juntos o estarán empezando una relación. Un poco más atrás una mujer de vestido corto y oscuro, con medias gruesas y botines camina sola bajo una inmensa sombrilla verde. Se parece más a mí. Está sola. Otro hombre de traje oscuro la sigue de cerca y parece que no tiene intención de perderla de vista. Ella parece no darse cuenta, o tal vez lo ignora, aunque apura el paso. Una ráfaga de viento amenaza con arrancarle la sombrilla, angustiada voltea hacia la ventana en donde estoy sentada buscando salvarse, de qué, del viento, de la lluvia, ¿de alguien? El viento azota con fuerza y la sombrilla se tambalea, amenaza con virar hacia atrás y dejarla al descubierto. Ella lucha con la fuerza del viento y logra sostenerla para no mojarse más, mira de reojo como buscando un lugar seguro, vuelve sobre sí misma como queriendo llegar a la cafetería. Me parece que me mira y entonces…

Emerge mi propia imagen, triste, con los ojos húmedos a punto de romper en llanto. La voz de mi madre diciéndome: —¿Quién te va a querer con ese carácter? Ella no comprende. Corro entonces, lejos de ella, bajo la lluvia, para mojar mis lágrimas, para que no se noten. Y aparece entonces mi imagen como joven madre, cuando se entera de que la han traicionado. Esta vez no corre, se sienta a mirar la lluvia junto a la ventana, a ver todo sin ver nada. No sabe qué hacen sus niños alrededor, qué quieren, los mira desatendidos, ya no tiene fuerzas para salir corriendo. Y luego… aquella otra lluvia, la que escucha cuando entra ese mensaje mientras él quita las hojas caídas de las canoas para que no se inunde la casa, se ha olvidado del teléfono en el apuro. Suena de repente, en medio de la somnolencia de la siesta. No sabe si mirar, pero lo hace. Confirma sus sospechas, no está loca, no se lo ha inventado, como él dice.  Regresa por el teléfono, se lo muestra. —Pero amor, eso no es nada, no tiene ninguna importancia, dejame explicarte. No necesita explicaciones. Toma una decisión que nunca cumple.

Regreso al café, me pregunto por la joven tras la ventana, intenta entrar pero no se decide, miro cómo tira la sombrilla que ya no sirve y corre bajo la lluvia, -hace bien-, pienso.

Desde mi mesa junto a la ventana observo a varias personas más que caminan detrás de ella, es difícil adivinar adónde se dirigen, pero la prisa de algunos me hace suponer que se encaminan hacia alguna parada, con toda seguridad a la del tren que se escucha no muy lejos. No tengo apuro, pido entonces otra taza de café, pienso disfrutarla más que la primera, sin lágrimas, sin interrupciones. Caliento mis heladas manos con ella y bebo poco a poco, sin azúcar, sin leche, me gusta ese sabor un poco amargo. Se compara un poco con mi vida. Ya no soy tan libre como cuando era niña o adolescente, me repito. Ya no me atrevo a salir corriendo bajo la lluvia.  Para mirar el tren pasar cargado de pasajeros o para salir corriendo por los inmensos campos verdes de la adolescencia y no escuchar la voz de mi madre.

Deja de llover. Pronto llegará el verano…


 

El niño del autobús

Ana Isabel Ruiz

Yo viajaba en un autobús que me llevaba al Colegio el Pilar Era de las últimas en subir, me sentaba en el asiento delantero; atrás otros niños se movían y gritaban. Esa semana el chofer que hacía la ruta no vendría. Estaba de vacaciones. En su lugar vino don Carlos. Un señor muy serio. Saludé y ocupé mi asiento de siempre.
Me sorprendió ver que en el espacio que hay junto al asiento del chofer, sobre la caja de marchas, un muñeco atado al respaldar de una silla sin patas. Tenía ojos café muy claros, pestañas rizadas, cabello castaño… Era como ver un niño de verdad.

Estaba segura de que tenía como tres años y que lo bañaban, vestían, peinaban y cambiaban de ropa todas las mañanas. Esa semana me quedé observando aquel muñeco en el trayecto.

Me sentaba adelante y tocaba su cabecita fresca cada día. Sí, era como tocar un niño de verdad. Dejé de mirar al chofer directamente, sabía que no le gustaba que lo tocara; su mirada era de furia y además él ponía cosas en el asiento para que yo no me sentara y yo las corría hacia el lado de adentro para colocarme de frente a mi amigo.

Un día me le quedé viendo a los ojos, no estaban secos como los de un muñeco, tenían agua y nos miramos uno al otro directamente:
— ¿Tenés vida, estás vivo, sos un niño? – pensaba, mientras sentía la mirada fulminante del chofer en mi cara.
—Sí, soy un niño. Me robaron hace un año. A él se le murió un hijo. Me robó y todos los días me inyecta un líquido que me paraliza. No se separa de mí ni un minuto.
El muñeco me habló sin mover los labios, directo a mi mente. Me asusté. El chofer me miraba. Me puse a ver para afuera. Del miedo pregunté: – Don Carlos, ¿no se encontró unos tenis ayer?
—Están en esa bolsa a la par suya.

Me pareció verlo más tranquilo. Me volví hacia mi amigo: —Te voy a ayudar. No sé cómo, pero te voy a ayudar. Tenía mucho miedo. Me bajé sin los tenis. El hombre me gritó:
—Dejaste los zapatos otra vez.
Subí por ellos y toqué la cabecita cálida…
Entré a casa. No podía contarle a nadie. Nadie me iba a creer…

Al día siguiente no pude poner atención en clase. Se repitió todo. El chofer malhumorado llenó el asiento de cosas y yo de nuevo me hice un campo al frente de mi amigo. Lo vi triste. Le aseguré que le ayudaría.
Ya en clases otra vez no podía poner atención. No copié las preguntas de ciencias, no pude resolver los problemas de mate… La maestra me llamó en recreo:
—¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema?
—Nada niña, nada, me duele el estómago, eso es todo. No me pasa nada más.
—Mejor vaya y quédese en la enfermería.

El cuarto de la enfermería ya estaba decorado con un arbolito de Navidad, y en el escritorio había una lindo pasito en un pesebre… olía a Nochebuena.
Me acosté en la camilla y pude dedicarme a pensar. ¿Quién me podía creer? ¿Mamá? Jamás. ¿Papá? Menos. ¿Algún tío o tía? Ninguno… ¿Quién? Rayos y centellas, la respuesta brincó ante mis ojos: ¡Abuelo! ¡Sí, abuelo, si todos dicen que está loco, pero yo sé que no es verdad, abuelo solo abuelo!

Ese fue el día más largo de mi vida, la escuela no terminaba nunca. Al fin el timbre. Corrí al autobús. ¡Ay, mi Dios! ¡Don Carlos no estaba! ¡Había otro chofer!
—¿Qué pasó con don Carlos? ¿Qué se hizo? ¿A dónde se fue?
—Cambió de línea y de colegio -contestó el chofer-, me llamo Juan Martínez, pase adelante y siéntese. Carlos se fue para Alajuela, a un colegio privado que solo tiene secundaria… ¿Qué hago ahora? No puedo dejar a ese niño ahí. En mi carnet de la escuela estaba el número de placas del bus de Carlos Alfaro Rodríguez. Teléfono 88 65 26 37. Bus escolar placa 6632.

—¿Don Juan, usted sabe a cuál colegio?
—No, no sé.
La ruta eterna. El calor terrible. El ruido de todos cada vez más molesto. Mi cabeza llena de preguntas. Tenía miedo. Don Carlos había sospechado algo. Se había dado cuenta de la comunicación entre nosotros. Por eso se fue. ¡Abuelo! ¡Solo abuelo!
Al llegar a la casa corrí al cuarto del abuelo en el fondo de la casa con salida al jardín. El abuelo me había hecho una hamaca en el palo de mango y cuidaba plantas en su jardín, ahí pasaba todo el día con su radio y sus viejas revistas, su colección de Selecciones. Siempre estaba leyendo y me esperaba a la salida de clases. Me leía cosas o inventaba cuentos.
— Abu, tengo que contarte algo…
En tres segundos le dije todo.
— ¿Me crees?
— Sí, sí te creo.
—Tenemos que rescatarlo abuelo. Ya casi salen las clases, tenemos que encontrar a ese niño. Yo sé que es un niño. Vea abu, yo tengo en mi carnet el nombre y el teléfono del chofer. Por favor abuelo haga algo.
El abuelo se queda pensativo: —Tranquila, yo me hago cargo.

Seguí asistiendo a la escuela. Y abuelo inició su trabajo. Salía todas las mañanas, pero en lugar de ir al parque a caminar iba a la biblioteca. Buscaba información de líquidos que paralizaban a la gente. Hizo su investigación en silencio para que nadie pensara que estaba loco o pretendía hacer una locura…
Me dijo: —Hoy aprendí a usar la computadora de la biblioteca.
Después: —Hoy investigué de toxinas paralizantes. Hay que rescatar a ese niño. Creo que le están inyectando bótox o alguna otra sustancia.

Definitivamente el abuelo, farmacéutico pensionado, no había perdido sus facultades de hombre de ciencia.
—Hoy empecé a buscar al chofer, trabaja para una empresa de transporte de estudiantes, ya tengo el nombre.

Más tarde: —Ya sé en qué colegio trabaja don Carlos. Ya sé lo que voy a hacer.
Y luego: —Hoy fui a la salida del colegio. Y vi a don Carlos, su autobús y al niño. Está bien. Tenemos que rescatarlo pronto. Esa toxina lo puede matar.

Abuelo habló con dos compañeros de su club de ajedrez, don Mario y don Manuel. Ambos estuvieron de acuerdo en ayudarlo. Planearon todo con cuidado. Irían a la salida del colegio en Alajuela. Uno vigilaría el autobús. Abuelo se acercaría a hablar con el chofer y su amigo don Mario llamarían al 911.

—Don Carlos, ¿cómo está usted? Yo soy el abuelo de Ana, ¿se acuerda de ella? Del Colegio El Pilar. Mire qué casualidad. En este colegio está otra de mis nietas y hoy vengo por ella. Y cuénteme, ¿siempre tiene al muñeco en su autobús? Mi nieta me hablaba mucho de él.
Don Carlos lo miró con asombro y desconfianza. Abuelo se acercó más a la puerta del bus y trató de ver hacía adentro. Don Carlos trató de tapar la puerta con su cuerpo. Abuelo abrió la puerta y subió. Tan pronto estuvo adentro cerró la puerta. Ahí estaba el niño.

Abuelo le hizo una seña a don Mario, quien llamó al 911. Pidió auxilio pues “sentía” tener un infarto. Todavía faltaba media hora para la salida de clases.
Abuelo se recostó en el costado del autobús y ahí esperó al 911.
Don Mario se acercó al autobús pidiendo ayuda. Abuelo le pidió a don Carlos que dejara subir a don Mario para sentarlo y esperar ayuda. En ese instante llegó su otro amigo, don Manuel, y subió al autobús también… Entre los tres crearon una gran confusión y entonces abuelo tomó al niño y salió corriendo. Los otros dos viejos cerraron el autobús. Llegó el 911. Empezaron a darle apoyo a don Mario quien poco a poco “se recuperó”… Don Carlos el chofer se quedó mudo… Todo en segundos.
Abuelo esperó a sus amigos en el carro parqueado a unas cuadras y rápido tomaron rumbo a casa.
Los tres ancianos entraron al cuarto de atrás de la casa por el pasillo del lado.
Cuando llegué de la escuela, don Manuel y don Mario jugaban ajedrez en el pequeño corredor. Abu estaba adentro con el niño del autobús. Lo había acostado en su cama. Lo había cobijado. El niño temblaba mucho.
—Le está saliendo el medicamento. Pero va a estar bien. Esperá en la casa. No quiero que tu mamá venga.

A las seis de la tarde don Manuel y don Mario se fueron. Fui como siempre a darle las buenas noches a abuelo. El niño dormía.
Al día siguiente don Manuel fue a la comandancia a averiguar si había alguna denuncia de un niño de tres años perdido en el último año.
Sí, un niño se había perdido en Cartago. Había desaparecido a la salida del kínder Los Ángeles.

Abuelo ya tenía el nombre de los padres del niño desaparecido en Cartago.

Todo esto sucedió cuando yo tenía siete años. Hoy día ya tengo 17, abuelo murió hace tres años. Tampoco están con vida ni don Manuel ni don Mario. Don Carlos sigue en La Reforma por secuestro. Y Alejandro y yo somos grandes amigos.


 

El terraplén

Anabelle Hütt

Brrrruuuuummmmm…

Truenos, relámpagos y la lluvia cayendo inmisericorde sobre campos, árboles, montañas.

Qué duro suena la lluvia sobre el techo de latas, orgullo de mi Tata que después de mucho ahorro pudo quitar las tejas y poner zinc, y Ma decía bajito pero qué caliente se nos puso la casa con esas latas, y se ponía triste.

Ay, con otro trueno grita mi hermanito acercándose a mi petate, yo lo abrazo le digo no te asustés, es San Pedro ayudándole a la Virgen a correr los muebles en el cielo, pos seguro se le cayeron porque sonó durísimo ese último. ¡Colasa es que no se ve ni el corral de las vacas, ni nada! Tranquilo Guillo, eso no es nada, pasa ahorita.

Sigue cayendo el aguacero, resbala el agua por el techo, por las paredes, por los cachetes de Colasa.

Ay, pero otra vez llorando, Colasita, le dice Ña Tere.

Me estaba acordando del último aguacero en mi choza con mi hermanillo, explica en lo que se limpia la nariz y los ojos con el reverso de la manga.

Contame, que nunca has querido decirme qué fue lo que pasó, le dice Tere pasando suavemente la mano por el pelito ensortijado de su cabeza.

Diay, llovió ni me acuerdo cuántos días seguidos, jue un temporal horrible con truenos como el que acaba de sonar.  No paraba ni de día ni de noche.

Cuando por fin paró la lluvia, salimos a ver si todavía estaban las vacas pero se habían salío y mi Tata tuvo que metelas de nuevo y mis hermanos a ordeñarlas, aunque no sacaron mucho porque los terneros se habían aprovechado del temporal mamando a gusto los probes.

Una vaca se desbarrancó y Tata la terminó de matar y ahí mismitico la cortó y los más grandes le ayudamos a cargarla a la casa.

Cuando Ma nos vio se puso a salala para que no se pusiera mala. Todos estábamos cansadísimos.  En la tarde volvió a arrancar el aguacero, dejamos zapatos y las colibrí en el corredor pa no ensuciale la casa a Ma.

Como éramos tantos dormíamos en petates y cobijas y Ma y Tata en el catre grande con el más carajillo que todavía mamaba, ya para entonces éramos seis hijos.

Otra vez la lluvia a todo meter y despierta no me dejaban dormir los truenos, de repente se siente un socollón como si estuviéramos en una hamaca pero más fuerte y empiezan a caerse trastos y mi tata gritó corran güilas, corran, corran que se cae la montaña…

Yo abrí la puerta y salí como cachiflín y corrí como loca pero la tierra se movía tanto que me caía y me paraba y me volvía a caer.  Pude llegar al árbol de mango y siento que todo el suelo se afloja, suena un ruido horrible, está amaneciendo y cuando abro los ojos, ahí veo pasar mi choza envuelta en la montaña de tierra, palos y latas.  Me agarré muy duro al palo que no sé cómo se sostuvo, y así estuve hasta que dejó de sonar el burumbún.

Cuando volví a ver, solo se vía el techo de latas y no había paredes ni nada, y yo gritaba Ma Ma… y nadie contestó, traté de buscala pero la tierra era puro barro, me abrí las manos tratando de hacer un hueco a ver si los vía, pero no sonaba nada ni nadie.

Cada vez que llueve me acuerdo de Ma y que no le dije que me perdonara porque estaba enojada conmigo y me cuerió, pero no jue mi culpa que se rompiera el pichel de la leche de Ña Patricia… y nunca más la puedo abrazar…

Tere con los ojos llenos de agua la abraza y la calma diciéndole, están con Dios y tu mamá te quiere y te perdonó desde el mismo momento que pasó lo del pichel. Las mamás perdonamos todo de los hijos, tranquila. Y terminaron abrazadas y llorando las dos.


 

Fin de semana con el tata

Andrea M. Prado

Otro domingo aquí en el play con Felipe.  ¡Qué tigra mae! Yo que quería ir a jugar fut con mis compas.  Mi mama por ir a la iglesia no me pudo ayudar a cuidarlo y aquí estoy yo, pegado con este güila.  ¿Qué se supone que haga con él?  Mi ex tan tranquila solo viene a dejarlo para que yo lo cuide todo el fin de semana.  ¡Dos días completos!

Ayer no pude ir a la fiesta de Rodrigo a tomarme las birras con los compas del cole que no veo hace rato.

—¡Venga Felipe, no se vaya! Quédese jugando por acá.

Bueno, por lo menos ya hizo amiguitos.

—Sí, sí, señora, ese es mi hijo.  Que juegue con el suyo un rato más, yo aquí los veo.  ¡Gracias, gracias!

Voy a sonreír para que no se me note la agüevazón.  Por lo menos parece que Felipe se está divirtiendo.  ¡Ay, no!, allí está llamando la vieja esa…

—¿Aló?, ¿que cómo está?  Aquí jugando en el play. ¿A qué hora pasa a recogerlo?  Yo después de aquí paso a comprarle una hamburguesa a McDonald’s y luego nos vamos a la casa.  Puede pasar a recogerlo cuando quiera.  Voy a preguntarle, pero estoy seguro de que él se quiere ir bien temprano.  Hace rato está solo pregunte y pregunte por usted.  Ok, Ok, yo le aviso cuando llegue a la casa.

Cómo harán estas doñas que vienen a jugar solas con los hijos.  Quién las ve, parecen muy felices.  No sé de dónde les sale tanta alegría, si estos güilas necesitan demasiada atención.  ¡En qué momento me metí en este enredo! Vale que el próximo fin de semana lo tengo libre.

—Bueno Felipe, vámonos.  Su mama llamó y dice que ya casi pasa por usted.  Que tiene muchas ganas de verlo.  Que lo extraña mucho.  Vamos a comer algo primero.  ¿Quiere ir a McDonald’s?  Vamos, yo lo llevo.  Allí se compra una hamburguesa y unas papas.  Si pide una cajita feliz le dan un juguetillo y todo.  ¿Quiere ir?  Vaya dígale adiós a su amiguito nuevo y a la señora.

—Gracias señora, muy amable… Vamos, móntese en la parte de atrás.  No nos vamos a bajar del carro.  Voy a pasarlo por el Auto Mac.  Hoy hay partido de Saprissa y quiero llegar a verlo a la casa…

—Al fin llegamos…  ¡Vaya, cómase eso y cuidado con los sillones!  ¿Quiere ver el partido conmigo?  Venga, siéntese a la par mía.  Voy a traer algo de tomar.  Ahorita vengo.  Sí, sí, juegue con el muñeco de la cajita feliz por mientras.  ¿Ve qué lindo?

¿A qué hora irá a venir esa doña por este güila?  ¡No tengo nada que hacer con él!

—¡Mami!, finalmente llega…  La estaba esperando.  Vaya Felipe.  ¡Vaya donde abuelita!  Qué bárbara usted, el fin de semana que tiene al nieto en la casa y se va para misa en la mañana.  ¿No podía ir en la tarde o llevárselo con usted? ¿No hay misa de niños?  Al rato le gusta y de fijo le caería bien.  Con esa mama que tiene, mejor que vaya aprendiendo a rezar desde pequeño a ver si Dios lo ayuda.

Luego de tomarse tres cervezas, termina el partido y Saprissa pierde contra Cartago.

—Como si no fuera este un mal fin de semana y todavía vienen estas perras y pierden…  ¡Qué tigra!

—¡Felipe venga!, ya llegó su mamá… Diay, ¡casi no viene!  Allí estaba el chiquito hace rato preguntando por usted.  Yo no sé para qué lo trae. Yo creo que a él no le gusta venir aquí.  Desde que llega está diciendo que quiere irse… Bueno Felipe, hasta lueguito.  Deme un beso y un abrazo.  La próxima vez que viene vamos a jugar futbol.  Se porta bien estos días y que le vaya bien en la escuela.  Le hace caso a la teacher.

Felipe se monta al carro sin olvidar el recuerdo de aquel fin semana.  Un muñeco de la película de moda que McDonald’s incluía en su cajita feliz.


 

Nombres

Beatriz Helena Rodríguez Silva

Un cuaderno en blanco. Sus manos pasaron por encima de la primera hoja y, como era costumbre, la marcó en la esquina superior derecha con su nombre y fecha.

“¿Cuántos cuadernos ya?”… María había perdido la cuenta. Pero todos representaban el mismo apego y el mismo temor a extraviarlos.

Su gran miedo: perder sus palabras y que sus secretos quedaran a la deriva en manos de un desconocido. O aún peor: un conocido.

Sentía esa picazón en la frente que le recordaba que cada inicio era difícil. Se la tocaba y se hacía un pequeño masaje como queriendo borrar las tres líneas profundas que le atrasaban la sien. Así eran los comienzos: emocionantes y preocupantes.

Buscó un lápiz. Cualquiera. No tenía que ser nuevo. Se remangó la camisa en su brazo izquierdo y empezó:

8 de Agosto: Benito

12 de Agosto: Fausto

15 de Agosto: Pilar

21 de Agosto: Jorge

23 de Agosto: Sara

 

Iba llenando las hojas con fechas y nombres. Aunque no sabía de dónde salían, tenía que dejarlos por escrito. Cada mes con su lista de muertos. Ningún nacimiento. Solo decesos…

Así era María desde chiquita. Desde que aprendió a escribir. Sabía cuándo alguien iba a fallecer y, aunque por años intentó alejarse de esa virtud macabra, no lo logró y entonces decidió lucrarse.

Abrió la funeraria a sus 24 años, unos días antes de la muerte de su padre, Jacinto. A las 9 am murió y a las 9:20 am se lo enterró. Fue tal la rapidez del sepelio que se corrió la voz y en muy poco tiempo llegó a ser la funeraria #1 de la ciudad.  Un servicio “exprés”.

A todos los “muertos” que iba conociendo les iba preparando su entierro. Y, como por arte de magia, a los pocos minutos del deceso, ella llamaba a la familia informando que ya tenía todo listo: la cinta, las flores, el cajón, los avisos de prensa, el coro de la iglesia y hasta la foto del difunto.

Su capacidad de predecir la muerte se unía a su carácter de mujer ordenada y eficiente. Una cosa vino al mismo tiempo que la otra. Apenas tenía un año de edad y ya le ayudaba a su madre a arreglar la casa. Sus manitas extendían ropa, secaban platos, le servían la comida al perro, organizaba los cojines de la sala, botaba la basura en el basurero… Hasta organizaba sus juguetes antes de dormir. Muchos años después descubrió que lo hacía para entretener la mente. Para distraer esas imágenes extrañas que le llegaban de una señora anciana, flaca y triste que le sonreía a lo lejos. Era alguien familiar y pasó gran parte de su vida buscándola en periódicos, revistas, noticieros… Esperando encontrar a su “amiga imaginaria”.

Tal vez era ella quien le soplaba al oído la lista de nombres cada mes.

Solía ir a la funeraria con su madre y entre las dos dejaban todo listo para el siguiente cliente. Trabajaban mucho en las mañanas, se tomaban un café bien cargado, repasaban la lista juntas para aprenderse los nombres de memoria y practicaban la cara de sorpresa cuando llegaba el familiar del difunto a darles la triste noticia… “Siempre listas”, pensaban… como las niñas “scout”. Se miraban y no podían evitar compartir una pequeña sonrisa.

Pasaron los años y gracias a la funeraria pudieron comprar una casa más grande, viajar, cenar en buenos restaurantes, vivir una vida muy cómoda y tranquila… Pero nada de eso servía para calmar su callada angustia. Y es que cada primero de mes el temor era el mismo: miedo de verse al espejo, descubrir a la mujer anciana, tomar un lápiz, un cuaderno en blanco y escribir con su propia mano:

“Enero 28, María”.


Juego de dados 1958 

Cecilia Antezana

 

Se conocieron en los ensayos del coro sinfónico, él de fácil sonrisa y conversación intensa, con una trepidante voz de bajo; el “trueno” le decían sus amigos. Ella, con una encantadora figura, voz muy clara de soprano y personalidad risueña.

Coincidían en esas actividades de amigos en común, cuando eran pocos los que quedaban solteros. En aquella época, a los 25 ya eran considerados tardones para una vida en pareja, ellos que casi llegaban a los 30; salían cada vez con mayor frecuencia mientras se iba tejiendo un entramado de complicidades.

Después de un tiempo de encuentros y desencuentros se hizo necesaria una definición, él se sentía atrapado en un enamoramiento sin retorno, ella no pasaba la línea de un amor amistoso.

Un día él puso sobre la mesa su corazón al desnudo, ella un poco asustada no definía la historia del mismo modo. Así que propuso, juguetona, dejar al azar la decisión. Él, antes de desistir ante esa inesperada respuesta, se dejó llevar por el juego.

Tomaron cinco dados en un cubilete y ella los lanzó murmurando: “La suerte está echada”. Los cinco dados mostraron el 6, que en la jerga de ellos se definía como la jugada maestra de gran puntaje, la llamada “dormida de senas”: significaba un “sí” impecable. Y se alzó un sonido de admiración de ambos lados.

Él tomó el cubilete, era su turno. El puñado de dados se deslizó sobre la mesa formando otra vez la “dormida de senas”… Algarabía en la mesa de juego: ¡el sí estaba confirmado!

Sin embargo, ella sin poder creer lo sucedido, tomó nuevamente el cubilete para jugar el desempate, como si los resultados de las dos jugadas anteriores fueran de cuento.

Se miraron a los ojos, la sonrisa dibujaba la incredulidad cómplice. Y el cuestionamiento de si era posible apostar la vida, el futuro, las esperanzas, el amor en un juego de azar. Se podía escuchar ese silencio cargado de sorpresa y de una respuesta que no era necesario pronunciar.

Ella lanzó los dados con decisión y por tercera vez volvió a dibujarse la famosa “dormida de senas”, el sí rotundo.

Unos meses después de ese día inolvidable, el coro en pleno donde se conocieron entonó una canción de amor en la catedral donde los novios intercambiaron anillos ante el altar.

La novia llevaba un collar con un puñado de dados que caían como dijes. El novio completaba su atuendo con unos pequeños dados que ajustaban los puños de su camisa.

 


 

Cita a ciegas

Claudia Tredinick

Entré al Café donde acordamos conocernos y decidí sentarme a la mesa de dos, en la esquina más discreta. Aún no puedo creer que, después de tantos meses, finalmente la voy a ver. Escogí sentarme aquí para no hacer tan penosa la situación si decide no aparecer. Al menos así pasaré desapercibido.

Se acerca la salonera y le pido un café negro. Miro hacia afuera y veo que sigue lloviendo torrencialmente. Esa puede ser una razón de su retraso. En fin. Seguiré sentado aquí hasta que se haga presente. ¡Dios! Siento que me bañé en agua de colonia. Apesto a madera y canela y me siento mareado. Nunca me había pasado. Creo que esta camisa está más elegante de lo necesario. ¡Y estos zapatos nuevos! Delatan lo poco casual que me he preparado.

Vuelvo a pensar en ella. Me pregunto cómo será. Solo la he visto un par de veces por la computadora. En su foto aparecía alegre, su largo pelo negro se ve acariciable. Me pregunto qué tipo de comida le gustará. Debería ir a la alacena a chequear qué hay. En su descripción del website decía que era fiel y leal. Y juguetona. Eso de juguetona me deja bastante a la imaginación. Me pregunto cuán traviesa será. Pero si es leal, poco importa eso. Decía también en internet que le gusta dar largos paseos. Podríamos ir al parque la Sabana, quizá a las eólicas de Escazú donde se puede caminar bastante. Me tomo el café y chequeo la hora.

Ya han pasado 25 minutos cuando de pronto entra al Café una señora muy encopetada y bien vestida. Me la trae.

“Esta es Lucy”, dice, y me entrega a mi nueva mascota, una border collie negra, blanca y café. No puedo esperar a jugar con ella.


 

En la cuerda floja con tacones

Diana Stockwell

 

Todos los días camino sobre una cuerda floja con tacones. Hoy son tacones de color naranja.  Con mirada siempre en un punto fijo logro buscar un equilibrio en el punto medio de mi cuerpo, en aquellos músculos que en Pilates llaman ‘core’ y yo denomino el área del pellejo flojito que quedó y quedará después de tres hijos.

Como de costumbre trato de controlar lo que puedo: mirada, músculos, agendas y calendarios. Empiezo a sudar tratando de recordar si mi próximo viaje a México chocará con el partido de fut de uno de mis hijos, o si me pierdo una de las cuatro fiestas de cumpleaños que programaron otras  mamás esa semana.

A mi alrededor hay un show de láseres de colores rosado, verde y naranja neón intentando desviar mi mirada, que suelte un poco la panza y me tambalee un poco. No es un show sin riesgo, y creo que hoy esperan verme caer.

Una mezcla de aplausos y chiflidos rebotan en las paredes de la carpa roja de aquel circo de turno. Se impacienta el público al ver que no logro caminar más rápido… Empiezan a clamar por más obstáculos: lanzas con fuego, vendas en los ojos, o llamadas de la escuela de los niños justo cuando estaba por liderar una reunión de ventas sola, rodeada de corbatas y zapatos negros embetunados.

Entran los leones con sus rugidos en el preciso momento en que se los piden sus entrenadores. Esto no es parte del evento esperado y brinco sobre la cuerda que hoy está más rígida de lo normal. Se me cae uno de los dos celulares que intento sostener en mi mano derecha y se riega un poco del chupón de fórmula “8 onzas” para la siesta de las dos de la tarde de la chiquitina. No sé por qué ya lo tengo listo si apenas son las doce…

El público empieza a alarmase con un suspiro colectivo. Quizá un poco incómodos por ellos mismos, ya que los leones parecen hambrientos y desencadenados caminando por el ring con un muro de no más de metro y medio que los aleje. O tal vez un poco emocionados por mis tacones que se resbalan un poco mientras el personal del circo quita la malla que podría protegerme en caso de una caída accidental, o en mi deseo insólito de saltar.

Los rugidos escandalizan a la enfermería donde atienden a unas jirafas jóvenes que, al ver a su domador distraído, ellas también entraron al ring. De reojo y mientras logro recordar si he sacado cita con el dentista para los otros dos chicos, veo que sangran por lo menos dos de las jirafas más jóvenes del acto.

Aprovecho que el público está distraído para sacar de la cartera un par de curitas de Minions que quizá les harían gracia a las jirafas heridas. Las lanzo hacia ellas y desde la cuerda veo como las curitas se hacen más y más grandes hasta tapar la herida justo un poco arriba de sus corazones agitados. Algo temporal hasta que pueda verlas en persona cuando llegue al final de la cuerda.

Ahora sí… Trato de volver a encontrar ese punto fijo que parece camuflarse con cada chat mental que agrego. El público, entre risas nerviosas y unos cuantos gritos de aliento, se concentra en las lanzas con puntas de fuego que ordena el maestro de ceremonias como apertura de la última escena. Una llama mal intencionada logra rozar los flecos que cuelgan de mi sweater medio ‘hippie’, suelta un poco de humo pero no logra más daño que eso.  Me hace pensar que quizá esa es la razón por la que había que usar ropa tallada en estas ocasiones. Los gorditos no me lo permiten, admito. Sigo caminando.

Con los brazos abiertos en una ‘T ‘, lista para soltar la mandíbula y relajar el cuello en cuanto deje la cuerda no tan floja, escucho a mi entrenadora gritar: “¡Igual te hubieran aplaudido sin los tacones!”.


Revelación

Elizabeth Quirós

No entiendo qué pasa.

Roma, la dulce empleada de mi abuela, había llegado corriendo a primera hora de la mañana, pálida y agitadísima. Abruptamente me preguntó por mamá. Le dije que estaba en el baño y entonces me ordenó llamarla. Le dije que no y seguí jugando. Me cogió del brazo, me sacudió con una expresión que jamás le había visto y me exigió que fuera por ella. Corrí espantada, entré, llamé y mamá salió enfundada en aquella su bata de baño. Roma dijo no sé qué cosas y mi madre, serena como era, esta vez se puso tensa, me llevó adentro, se vistió rápido, me alzó y nos fuimos una cuadra abajo “volando”—como decía cuando había prisa.

Entramos a la otra casa y mamá fue al cuarto del abuelo que desde hacía días estaba gravemente enfermo. Roma mientras tanto, más calmada pero aún desencajada, me alzó y me llevó al otro cuarto donde dormía la abuela. Me sentó sobre la cómoda diciendo: “Chichi, ahora quédese quedita, no se mueva, sea buena”. Recordando su regañada de antes me quedé inmóvil mientras veía a mi abuela dormida. Roma sacaba de la enorme cómoda gran cantidad de ropa interior de color blanco y se dedicó a vestir a la abuela pieza sobre pieza. Tímidamente me atreví a preguntar por qué le ponía tantos “cuchones” y combinaciones y ella, sin verme, replicó: “para que se conserve más tiempo”, frase que me quedó reverberando por siempre. Finalmente le colocó el vestido negro, porque de negro vestía siempre mi abuela.

Más tarde llegó mucha gente familiar y otra desconocida y se oscureció la estancia. Quedé atrapada en un bosque de piernas, medias de seda, zapatos de tacones, pantalones de pliegues. Solo murmuraban.

Sigo sin saber qué pasa, no sé dónde están mamá ni Roma, pero mejor me quedo callada. Nadie repara en mí ni saben que me he refugiado en un rinconcito del salón. De cuando en cuando alguien me toca la cabeza y dice: “pobrecita Chichi y sus hermanos, cómo la querían”.  Sigo sin entender.

Ese día de agosto, a mis dos años, sin saberlo, me topé y conocí a la muerte.


El champú

Etty Kaufmann

Esa madrugada del 10 de julio de 1985, Fernanda entregó su tiquete al chofer, subió al asiento de atrás del bus y saludó a la señora que estaba en el asiento de al lado. Una señora que trabajaba en la casa de otra señora en San José y que iba de vacaciones a su Managua natal a visitar a la familia. La señora, que se llamaba Adilia, llevaba un pollo asado para el camino que perfumaba todo el ambiente. Cuando lo abrió, le ofreció a Fernanda, pero ella declinó porque iba muy nerviosa y tenía la garganta cerrada.

Los 424 kilómetros de bus entre San José y Managua no fueron tan cansados como sudados. Se sentía pegajosa. Fernanda debía esperar 10 horas en Managua antes de tomar el avión a La Habana. Alquiló un cuarto de un hotelito cercano al aeropuerto para esperar.

Durmió apenas cuatro horas. Le costó abrir los ojos. Se arrastró hacia la ducha. Tenía previsto tomarse un buen tiempo en el baño, así que fue por partes, encendió el agua fría, mojó su cuerpo, lo enjabonó y enjuagó. Luego su ritual para lavarse el pelo inició. El chorro de agua en su cabeza la despejó y la recargó de energía. Cerró la llave del agua y masajeó con el champú de rosas por varios minutos. Se pasó por el cuerpo más champú para sentir que el olor a rosas se quedaba en su piel.

Rubén la esperaba en Cuba y quería llegar oliendo a mujer.

Giró la llave del agua para quitarse el champú. Nada, ni una gota. Le llegó un golpe de adrenalina, un susto. Probó abrir el agua otra vez. Por más que una hace planes, no salen, -se dijo en voz alta con un poco de rabia. ¿Qué habrá pasado?

Esperó unos segundos, volvió a girar la llave del agua. Otra nada. Exprimió su pelo largo y colocho lleno de champú y se puso un paño.

Buscó en la maleta una bata, se la puso y salió del cuarto.

—Ah no, señorita -le dijo el conserje-, es sabido que aquí en Managua el agua se va todos los días a las 8 en punto.

Con el pelo hecho una calamidad y la piel más pegajosa que en el bus que la trajo de San José, se vistió. La ropa se le pegó a la piel y el pelo empezó a tomar forma de medusa.

Así llegó a La Habana.

Rubén no estaba esperándola.

Cuando Fernanda salió del aeropuerto sola, se soltó un aguacero de agua tibia que le lavó ese olor a rosas que ya la tenía mareada. Conforme caminaba, dejaba una estela de espumita blanca que se parecía bastante al velo de novia que llevaba en la maleta.


El mejor aderezo

Felicia Morales

Las cuatro de la mañana era un buen momento para iniciar el día.  Todavía el calor del Puerto no era intenso y los trocitos de leña del fogón no se habían apagado.  Con solo soplar y meter un poco de pedacitos de madera, el fuego tomaba fuerza otra vez.  Lo cierto es que ese fogón nunca se apagaba.

Procopia se ponía una bata sobre su largo camisón de manta blanca con bordados de violetas en el cuello. Acomodaba su larga trenza en un moño y se iba al fondo del corredor, donde estaba el filtro de piedra, a llenar la cafetera de agua para hacer la primera chorreada de café.  En esas se pasaba todo el día.  Abría la despensa con olor a ciprés y sacaba el saquito de la harina, el frasco de vidrio verde con la levadura, la canasta de los huevos y lo que necesitara ese día para hacer los panes de la casa y de la venta. Todos dormían. Le gustaba el momento en que abría la ventana de la cocina y veía los celajes amarillentos y rojos del amanecer, entre los árboles de mango, limón dulce, toronja y al fondo los jobos. Ahí se quedaba un rato haciendo sus oraciones y la lista de los mandados y encargos de los clientes del día, mientras la brisa se deslizaba entre su cabello y le despeinaba el moño.

El día anterior había hecho bastante mazamorra, torta de elote y empanadas de arracache. Ya le llegaba el olor a café recién chorreado que le recordaba que tenía que ir por los huevos al gallinero. Treinta y seis gallinas ponedoras le regalaban todos los días los mejores huevos de la comarca: blancos, grandes que cuando los batía crecían con gran facilidad.  -Doña Procopia, ¿cuándo nos va a pasar el santo de cómo hacer para que mis gallinas pongan esos huevos? -le preguntaban las vecinas.  Y ella sonreía con esos dientes blancos y su boca carnosa y casi casi que se le salía la canción sonera que cantaba su abuelita frente al fogón, recordando la guajira y el son. La abuela decía que el mejor aderezo en la cocina es la canción que sale del alma, de la herencia. Así que no importa cuánto comino, cuánta canela, el dulzón es del corazón.  Por eso Procopia aprendió a conversar con las plantas y cantarles a los animales. -Mamá, ¡como si le comprendieran! -decían sus hijos.  Pero lo cierto es que cada vez que la tristeza embargaba a Procopia, las gallinas ponían menos huevos y los limones de los árboles de la entrada agarraban un marcado sabor amargo.

Así que mientras limpiaba las hojas de bijagua y palma para envolver las viandas que vendía a los trabajadores de la finca El Carrizal, entonaba las más hermosas canciones que su abuela le había enseñado.  Pocos sabían su secreto, pero muchos reconocían su sabor.


 

Paloma rosada

Francisca Toro

 

Lo que antes era rutinario y sin gracia hoy es toda una aventura. Tengo que ir a renovar mi carnet de identidad a la embajada que queda en el centro de la ciudad.

Llevamos más de dos meses casi sin salir de casa y la perspectiva de volver a reconocer las calles, más allá del supermercado, me llena de una emoción extraña.

Me ducho, me seco el pelo y maquillo un poco, con la pausa aprendida en este tiempo de confinamiento.

Los primeros días fueron más duros, reconozco que me he acostumbrado a esta nueva rutina, incluso siento mi cuerpo y mi mente más tranquilos y sanos. Ya lista para partir, cuelgo mi mochila en mi espalda. Atravieso el comedor, que ahora es la oficina de mi marido, y me despido.

Levanta su cara, sumergida en la pantalla de su computador, y me dice:

  • ¿Ya se va?
  • Sí, ya me voy, tengo que llegar antes de las diez.
  • ¿Lleva la mascarilla?
  • Sí, la llevo.
  • ¿Y los guantes?
  • También.
  • ¿Su pasaporte y el carnet viejo?
  • También, no te preocupes, ¡llevo todo!
  • Ok, ¡que le vaya muy bien!
  • Gracias, nos vemos tipo una, yo creo, para almorzar.

Comienzo a caminar por el pasillo hacia la puerta principal cuando escucho su voz:

  • ¡Fran, Fran!
  • Qué pasa ahora -contesto aburrida.
  • No te enamores de nadie -me dice.

No puedo evitar una sonrisa.

  • Tranquilo, no voy a otro planeta, solo voy al centro un rato.

Por fin llego y decido estacionar unas cuadras antes para caminar un poco antes de llegar.

La ciudad ahora parece abandonada, sumida en un silencio profundo, desconcertante.

Unos cuantos perros callejeros vagan sin rumbo.

En una esquina, un hombre mayor yace en el piso sobre un colchón sucio y desvencijado. Apoya su espalda curvada sobre cartones que se afirman en la pared de cemento. Él no tiene casa para quedarse en casa, como sugiere e implora día a día el gobierno en su afán incansable por detener el mortal virus. Está como adormilado, debe ser de hambre, imagino.

Al verme trata de incorporarse y pasa su mano sobre su cabeza como queriendo arreglar el pelo tieso de mugre. Me enternece la actitud humana de querer verse mejor. Le dedico una mirada y una sonrisa. Después me percato de que no puede ver mi boca tapada por la mascarilla. Creo que igual la presiente, porque su boca se suaviza en ademán de seudosonrisa. ¿Qué me agradece?, pienso que agradece que lo vi, que me doy cuenta de que existe, puede ser.

Sigo caminando. Casas de cartón que apenas aíslan a sus moradores del viento, la lluvia y el frío esconden multitudes de seres agazapados, buscando escapar del contagio. Van a morir más de hambre que de la enfermedad, pienso sin optimismo alguno.

Avanzo, llego a la esquina, el olor a orines me hace continuar más rápido.

La ciudad suspendida en un destino incierto. Cuánto me molesta no saber, no tener control alguno del futuro. O la ilusión de este.

Antes de llegar, se cruza por la vereda una paloma rosada.

Trato de imaginar el nuevo mundo después de la pandemia con el deseo de que sea mejor, más humano y luminoso. Supongo que está en nuestras manos que sea así. Doy la vuelta sobre mis pasos. Necesito volver a ver la paloma rosada.

¿Dónde está?, recorro con la mirada toda la cuadra y la paloma no aparece. ¿Será que en verdad era rosada?, podría jurar que sí, pero me inunda la duda.

Ya casi llego a la embajada. Es una casa antigua que remodelaron cubriendo su fachada con láminas de cobre chileno. Haciendo el trámite repaso mentalmente mi número, ese número que te asignan aleatoriamente al nacer. ¿Será que significa algo que no he logrado descifrar?

Me entregan el nuevo documento que confirma mi identidad, una nueva foto de mi cara, la comparo con la del anterior y veo lo obvio, uff estoy mucho más vieja, se me han gastado hasta las pupilas.

Vuelvo a casa.

  • ¿Cómo le fue? -mi marido ya ansioso porque tardé más de lo que él esperaba.
  • Bien, todo bien… Se me cruzó una paloma rosada.

 


La niña de los sombreros

Giselle A. Hass

 

En sus clases matutinas de matemáticas, Lolita volaba por la ventana acordándose de las mujeres del vecindario con sus sombreros de colores en la misa del domingo. Se sentía muy orgullosa de su trabajo, pero también maravillada de la forma en que un simple sombrero cambiaba el porte de las mujeres. Se acordaba de Manuela, que pasó de ser una señora grande, canosa y jorobada a un mujerón de sombrero rosa, y como su gran sonrisa lucía un lápiz de labios que le hacía juego a su sombrero. Y se acordaba también de Soledad, una diminuta joven quinceaňera que se ocultaba de la mirada de otros y siempre andaba cabizbaja, pero el domingo lució un sombrero de plumas verdes que resaltaba sus ojos color azabache y sus espesas cejas.

Aun así, su mamá y su hermana mayor pensaban que esos cubrecabezas eran demasiado corrientes para hacer juego con sus trajes abombados de terciopelo grueso y pesado que ellas usaban a pesar del calor infernal de la isla. Don Gaspar, el padre de Lolita, se deleitaba en cambio con la creatividad de su hija y la apoyaba trayéndole de la tienda local toda clase de sombreros y materiales que la niña le pedía.

Y es que para llevar un sombrero hay que levantar la cabeza, pensaba Lolita, hay que estirar la espalda y dejarse ver. Mientras su mente divagaba, seguía con la vista una mariposa revoltosa que hacía sombras en la luz brillante del sol mañanero y no se dio cuenta de que su maestra se acercaba a ella sigilosamente. En ese momento le soltó una palmada fuerte en su escritorio que la sobresaltó y casi la hace caer de su silla.

—¿Qué está pasando Dolores? ¿Dónde está tu cabecita? ¿No te das cuenta de que no vas a salir bien en la vida si no aprendes matemáticas?

Lolita le respondió altanera: —Es que estaba pensando en la misa del domingo…

Sabía que con esa pícara respuesta la maestra, una beata compulsiva, no se iba a enojar. Y además, no estaría mintiendo. La susodicha la miró fijamente sin saber cómo responder. En ese momento Lolita se fijó en el pelo de la maestra, negro como betún, encerado y tallado a un moño en la nuca, y pensó que un sombrero de ala grande lleno de girasoles y amapolas le caería muy bien para iluminar su sombría presencia.

Inventar sombreros se había convertido en la obsesión y tarea vital para esta niña traviesa, curiosa, hablantina e inteligente, de ojos grandes y pícaros. No solo le gustaba ver a las mujeres sentirse bellas sino también llenar su espacio y demostrar su justa altivez. Eso la colmaba de alegría y orgullo. Aunque ella no había conocido penurias en su corta vida, podía leer con perspicacia inusual las miradas y caras de otras mujeres y como si fuera un libro, los tormentos y las penurias ajenas. Eso la impulsaba a emprender cosas que les brindaran un poco de ánimo.

Lolita regalaba sus sombreros adornados a todas las mujeres que se cruzaban en su camino: las mucamas preferían los tocados pues eran más pequeños y discretos, ella se los hacía exquisitos con plumitas pintadas de colores y huevitos secos de codorniz. La negra que se encargaba de las gallinas y recogía los huevos era feliz luciendo su sombrero de ala ancha con flores naranjas y amarillas y atraía las miradas de la gente y hasta animales cuando caminaba por el campo con su rítmico andar y su traje de vuelos coloridos.

Ponía mucho empeño en decorar intencionalmente cada sombrero, inspirada por la mujer que lo iba a lucir. A las jóvenes atrevidas y aventureras les hacía paisajes de tierras lejanas, con jardines moros o italianos; a las muchachas soñadoras escenas de criaturas y flores imaginarios, a las niñas traviesas ambientes marinos de inquietos animalitos de mar. No le faltaba imaginación ni tema, y su placer solo se comparaba con su fervor religioso. Al principio era rogada para acompañar a su familia a la misa de la catedral de la Santa Trinidad, hasta que de repente se volvió devota y no se perdía misa, rosario, ni celebración patronal: pero su intención secreta era ver sus creativos sombreros en todo su esplendor sobre las cabezas de todas las mujeres de la ciudad.


Zeneida 

Guisella Flores

 

Al lado izquierdo de la puerta hay un espejo, en el centro está el timbre.

Los chiquillos del barrio a veces lo tocan y salen corriendo. Les gusta imaginarse la cara de indignación de la gente cuando abren y no hay nadie. Zeneida se viene desde el fondo del zaguán, arrastra los pies como sacando brillo al piso lustroso y gastado de cedro.

A ella no le molesta esta travesura: es el único momento del día en que se puede despegar del trajín agotador del día.

Para ella todo es igual, lunes, miércoles o sábados. Levántese a las cinco de la mañana, ponga a hervir el agua, exprima naranjas, vaya rápido a comprar pan fresco en la pulpería, úntele mantequilla y jalea, chorree café porque al señor no le gusta el de percolador, ponga mantel, sirva, recoja, lave y guarde trastos.

Todos salen de la casa, don Pepe a la oficina, las niñas a la escuela, doña Lidia a pagar los servicios o al súper, o donde la mamá o donde una amiga. Donde sea, lo importante es no quedarse en casa.

Tocan el timbre. Después de asomarse y verificar que no hay nadie, Zeneida se devuelve al cuarto de lavado. Ahí está la pila, la lavadora y la secadora. Casi toda la ropa se debe lavar a mano, doña Lidia dice que hay que cuidar el motor de la máquina.

Zene (como le dicen las niñas) restriega muy bien con jabón azul, escurre y tiende en el patio para no usar mucho la secadora, otra máquina que hay que cuidar…

Cuando termina con eso, sigue el corre-corre para hacer el almuerzo. Pela, pica, sazona, fríe, hornea. Tiene los cachetes mojados, no sabe si es sudor o lágrimas que salieron sin pedir permiso.

Riiiiiiiiinig riiiiiiiiiing, otra vez el timbre, otra vez va en un arrastre lento de pies. Abre, otra vez no hay nadie. Baja a la acera y ve a los lejos tres cabecitas alocadas que se pierden en la esquina.

Se devuelve a servir la mesa. Luego recoge, lava, seca, guarda y empieza a pensar en lo que va a hacer para la cena. Pero primero hay que planchar. Al patrón le gustan las camisas engomadas y planchadas con detalle, le molesta cuando le hacen dobles pliegues, así que hay que estar atenta.

Pasa muy sola y ocupada entre comidas, lavadas, planchadas y enceradas de piso. Nadie la ve, nadie le habla si no es para darle alguna orden, nunca un por favor o unas gracias.

Es la rutina de lunes a domingo, una semana sí y otra también. En realidad, el domingo es diferente: la dejan salir después de almuerzo. Está tan acostumbrada a este ritmo de la casa que a veces no sabe qué hacer en esas pocas horas libres.

En la noche está cansada, inquieta. Piensa que mañana puede buscar a los chiquillos traviesos, tal vez los convenza de tocar más a menudo el timbre, y quedarse a conversar con ella.


Mayela

Ileana Piszk

 

Yo vivía en un rancho allá arriba por Bebedero, en la pura montaña de Escazú.  Mi ranchito estaba a unos… qué le digo… como cincuenta metros de donde vivían otros de mis hermanos con sus familias. Cada casita estaba lejos una de la otra, sin luz y sin teléfono, para nosotros eso no existía; así que, para pedir un favor, la cosa era a pata y cuesta arriba. Rafa, el papá de mis dos chiquitos, se había jalado hacía ya rato y yo estaba sola con ellos. En la noche aquello daba miedo; afuera todo estaba oscuro, oscuro y adentro nos alumbrábamos con candelas, lo único que se oía era el viento y las chicharras.

No se imagina el miedo que yo sentía, la puerta tenía la cerradura descompuesta y yo no tenía ni un cinco para arreglarla, así que cerraba la puerta con una piedra desde adentro, persignaba a mis hijos y me encomendaba a Diosito… Joselyn, la menorcita, y yo nos acurrucábamos en la camita de ella y a Rafita lo acostaba en un colchón de paja a la par de nosotras.

Yo pasaba despierta casi toda la noche con un ojo medio pelado por si acaso. Desde que Rafa me dejó, no paraba de acecharme; yo pienso que a veces me mandaba hasta otros hombres para asustarme. O tal vez no, no sé.  Pero lo que sí era cierto es que más de uno quería venir a violarme o a hacernos daño.  Por eso yo dormía con la escuadra debajo de la almohada; con una mano abrazaba a mi chiquita y con la otra me aferraba a la pistola y así pasaba toda la noche; en la mañana tenía la mano tiesa y los dedos acalambrados de lo duro que agarraba el arma.

Más de una vez oía pasos acercándose al rancho, y le juro que no eran de animales, porque yo conozco los sonidos que hace un gato, una ardilla o un pájaro; no ve que yo crecí en medio de todo eso; uno sabe si un animal anda rondando, pero a los de cuatro patas o a los que vuelan uno no les tiene miedo, si uno no los molesta ahí andan, más bien hasta lo cuidan a uno.

Pero no, esos eran pasos de hombres.  Se acercaban un poco y se quedaban quietos, seguro escondidos entre los matorrales. Cuando ya estaban más cerca yo me subía en una mesa que daba a unas latas de zinc que eran parte de las paredes del ranchillo y por una rendija bien arriba me asomaba y ponía cuidado a ver si podía reconocer al hijueputa, fuera Rafa o cualquier otro.

Aunque fuera mi ex, yo no podía permitir que se acercara, ¡no, no, menos ese!… Es que ese era un bicho…, imagínese, solo fue dejarme embarazada a mí y en el mismo mes dejó preñada a la otra… Y esa mujer me odiaba tanto que con solo pasar yo cerca no hacía más que tirarme piedras. Por desgracia yo tenía que bajar por donde ella vivía cuando iba a hacer algún mandado, a lavar ajeno o a la pulpería.  No se imagina la clase de insultos que me gritaba, me da vergüenza repetirlos.

Sí, sí, yo sé que yo he sido bonita toda mi vida, aunque, qué le digo: no sé si esa ha sido una desgracia o algo bueno.  Yo siempre he sido muy apetecida por los hombres; hasta el día de hoy que ya soy abuela no faltan tipos que me andan rondando y que me invitan a salir, pero a estas alturas ya ni les hago caso.  La cosa es que, aunque no hubiera sido agraciada, los hombres del pueblo son así: si saben que una está sola, quieren aprovecharse, y más si andan con guaro adentro.  Ahí es peor, cuesta que los detenga alguien.

Imagínese, y yo en aquella época con 18 años. ¿Sabe lo que hacía? Por ahí donde los oía acercarse, afilaba bien mi oído y entrecerraba mis ojos para divisarlos y fijarme bien por dónde venían los pasos y entonces, de una vez… ¡tres tiros hacia el árbol más cercano! ¡Y ahí sí, los oía a los muy cobardes, corriendo montaña abajo!… No crea, usted no sabe el hueco que se me hacía en el estómago; el corazón se me salía de tan duro que me sonaba.  Sentía que mis oídos se querían reventar…

Pero me defendí siempre, yo he sido bien mula, así me criaron.  Y hasta el día de hoy nadie ha logrado meterse conmigo si a mí no me da la gana…

Otro día le cuento cómo me defendí de otro par de imbéciles.  Pero eso ya fue cuando me tocó trabajar en sodas, o en casas.  Me les tiré encima con patadas, con mordiscos, con gritos, con tal de que no me violaran.  Ya no tenía la escuadra, y menos en un trabajo en Chepe, pero lástima, porque de tener una en mi mano… juradito que me los apeo…


Posesiones

Krista Sauter Ortiz

 

En su casa, María Atanasia Mesa había heredado el don de su padre para llevar los negocios familiares. Ella se encargaba desde antes de la muerte de él, de administrar las propiedades que les habían heredado a ella y a sus nueve hermanas. Cada una de las Mesa era dueña de una parte de varias propiedades – hijuelas les llamaban-, de tal forma que sus destinos seguían entrelazados por familia y tierras.

María Atanasia tenía el sentido más agudo para llevar lo administrativo, y sin haber siquiera hablado, todas acordaron por unanimidad que sería ella la encargada de llevar las cuentas las cuales, dicho sea de paso, no eran pocas.

Sin necesidad de contar con hombre alguno en aquella casa de variedades femeninas, María Atanasia imponía su autoridad a quien tuviera que lidiar con ella, la mayoría de las veces hombres agricultores que les arrendaban las tierras para cultivar la papa. Las papas del volcán Irazú era muy apetecidas en todo el país, esas que crecían en los campos regados de cenizas de las muchas erupciones que sufrían los habitantes de Cartago. Por otro lado, tenía que lidiar con abogados y contadores en la tarea de mantener el patrimonio que sus padres les habían dejado al morir.

La soltura y sabiduría para manejar los números en realidad los había heredado de su abuela Antonia, mujer recia que se había contentado con criar a un hijo natural -el padre de las diez muchachas- y, así, sola, había logrado salir adelante. Su hijo, desde muy temprano, supo reconocer esa habilidad de su madre para los negocios y acostumbraba consultarle a ella antes de cerrar un trato.

Antonia tenía el don de ver lo que nadie era capaz de ver. Sabía exactamente cuál

propiedad era buena y cuál no. Percibía en el aire, tocaba la tierra, reconocía qué tipo de aguas subterráneas corrían bajo la propiedad. Sabía con exactitud el tipo de energía que rodeaba el terreno y si sería un éxito o un fracaso comprarlo. Su hijo entendía esta increíble aptitud, la respetaba y la honraba.

Esa devoción que sentía su padre por su abuela Antonia nunca fue un problema para Luciana, su esposa, quien entendía que un hombre noble que amaba a su madre, amaría con la misma devoción a la catizumba de hijas que Dios había tenido en gracia regalarles.

Al morir Antonia, en su testamento heredó a sus diez nietas las dos propiedades que poseía.

Pero mucho antes de eso, una tarde de diciembre en la cual el Irazú lucía totalmente despejado y bañado por una luz melocotón que teñía los campos de papa, su hijo le había pedido a su madre Antonia que llegara a su casa para unas consultas de propiedades.

En la sala principal, en la que no se permitía a las niñas entrar, solo se reservaba para invitados especiales, con muebles oscuros, dos grandes cuadros de él y su esposa en el centro, una mesita con una vitrina llena de imágenes antiguas de santos y vírgenes recolectados por años; fue en esa sala donde se dio el acontecimiento que Antonia recordaría con tanta emoción.

“Aquí, sentados una tarde del 4 de diciembre de 1867, en la noble y leal ciudad de Cartago, hago entrega a mi señora madre, de una propiedad con su propio solar en la calle primera y otra propiedad en la calle quinta, que también posee un solar. Estas propiedades a partir de hoy serán su patrimonio, en señal de agradecimiento por todos sus consejos y toda su sabiduría que me ha acompañado a lo largo de mi vida. En este mismo acto declino, desde ya, el derecho de reclamar su posesión en actitud de ingratitud durante el resto de mis días.”

A su nieta María Atanasia le quedó grabado este memorable día no por las propiedades, o por el gesto de su padre hacia su progenitora, lo recordaba porque fue el único día en que, a las ocho de la noche, la hora del chocolate, sentados alrededor de la gran mesa de caoba, vio cómo su recia abuela Antonia se enjugaba una que otra lágrima traicionera que se escapaba y rodaba insolente sobre su mejilla e iba a caer en la taza de chocolate.


Las donas

Li Briceño

 

Era una mañana soleada, Ana María emprendió camino a casa de sus futuros suegros con todas las recomendaciones que sus padres pudieron advertirle la noche anterior y santiguándola tres veces en el portón de la casa, recordándole que pasara a prenderle una vela al Arcángel para que la protegiera de todo mal y pusiera las palabras correctas en su boca; como letanía su madre le repetía: “acuérdese hijita que la sabiduría consiste en escuchar”. Vestida con traje dominguero, balanceaba la enagua de campana entera de rayas multicolores que zigzagueaban, iba concentrada para no ensuciar los zapatos de cuero negro y charol, aunque iban envueltos en bolsas de plástico para protegerlos.

Entró a la iglesia, se quitó las bolsas de los zapatos, se llenó de agua bendita la frente, el camino de sus senos y los promontorios de los omóplatos, pasó lejos del incienso encendido para que no se le quedara el olor en la ropa, saludó a los santos y vírgenes que dormitaban en la penumbra, llegó hasta el Arcángel, se arrodilló y con una sonrisa le dijo:

––Ayudame…

––Y ahora qué querés – le dijo el Arcángel.

–– Bajate de ahí que tenés que acompañarme, las canillas me tiemblan del susto, estar enfrente de la doñita no es cosa fácil, me mandó a llamar, bueno para que te lo digo, vos ya lo sabés. Capaz que me pone en veremos, así que no te hagás de rogar, te cambio la ayuda por cien padrenuestros y doscientas avemarías, vos sabés que yo cumplo, pero apurate que voy con el tiempo apretado.

––Qué manía la de la repetidera, mejor aprenda a rezar de otra manera: así como habla conmigo, más sencillo y más efectivo.

La mole de yeso y pintura miró para todos lados, no le quedó más entre quejumbre y quejumbre que bajar del pedestal, estirar sus piernas y la columna vertebral, no sin antes enrollar a la culebra con la espada, arrimar un par de bancas, el candelabro del altar y la cadena de la caja de las limosnas, asegurándola para que no pudiera soltarse, la última vez que bajó del pedestal hizo todo a medias, se le olvidó cerrar un candado y el fiestón que se pegó el pisuicas tentando a cuanto “santo amén” encontró, le costó varios meses de limpieza y ni qué decir de la jalada de orejas que se llevó, “se aprende de los errores”, se repetía.

Agarró a la muchacha del brazo y se perdieron en la nave hasta la salida, abrió y cerró los ojos varias veces, tanta claridad lo perturbaba, emprendieron camino y, como simple alma invisible, iba escuchando las quejas y sueños que brotaban y se atropellaban en la queda voz de la muchacha.

––Estás advertida, más allá del pueblo no se me permite salir, estamos cortos de ángeles custodios, el Patrón nos tiene trabajando jornadas continuas, y que no se alargue la visita, al que dejé amarrado no le tengo confianza.

Un kilómetro cuesta abajo separaba la casona de doña Matilde y su marido del centro de San Miguel; situada a la entrada del pueblo, tenía paredes gruesas encaladas en blanco de techo a piso, diez horcones sostenían las hileras de tejas, un corredor volado la rodeaba donde macizas butacas de madera invitaban a los transeúntes a descansar y tomarse un vaso de agua fresca de naciente con rodajas de limón y hojitas de yerbabuena, gentileza de la señora de la casa y pretexto para una buena conversa, jaulas de pájaros sin puertas con raciones de frutas y alpiste servían de alimento a las aves migratorias que también se detenían a cantar al lado del jardín, atendido por la hija mayor con devoción.

La suegra salió a darle la bienvenida, el Arcángel se adelantó y se colocó en medio de ambas, por aquello de que la conversación se pusiera espesa, afinó el oído y dejó que la matriarca hablara.

––Vamos mañana temprano para San José, se nos están pasando los días para las donas, hay que hacer con tiempo esos encargos, no sea que a las vísperas andemos en carreras, y si te digo temprano es temprano, acuérdese que el de las ocho sale lleno, y aunque tengamos que estar media hora antes nos aseguramos de ir sentadas, los modales ya cambiaron, no porque seamos mujeres nos van a dar un asiento en la cazadora.

¡Qué cansado!, el Arcángel apretó el ceño y se santiguó, se rascó la cabeza y suspiró.

––Vas a venir sola, no me traigás a nadie, suficiente el alboroto que vamos a encontrar como para andar cuidando otros carrieles; además, estas diligencias necesitan tranquilidad y mucha gente opinando se convierte en turno de santos.

¡Y qué culpa tenemos nosotros los santos!, pensó incómodo el Arcángel viendo el reloj.

––Otra cosa, con zapatos bajos, si te aparecés con tacones altos te devuelvo mijita; con las calles llenas de huecos por tanta lluvia capaz que te metés en uno y ahí se acabó todo, ponga cuidado, vea que se lo estoy advirtiendo -recalcó la suegra.

–– ¡Ah no! -se puso enfrente de la muchacha el Arcángel y le dijo: ––Yo que iba a pedirle al Patrón permiso para ir a la capital y ampararla a usted, pero a esta señora no me la paso ni con miel de chiverre…

––Yo soy suegra y a veces caemos mal, pero estas canas que están saliendo no son de vejez, todavía estoy muy nueva y eso que le parí a su suegro una docena. Pero usted no cometa la misma tontera que yo, cuídese, porque este trabajito es de nunca acabar, yo pensé que ya había terminado pero qué va, ahora vienen las nueras, después la güilada, y eso que yo no me meto, me llaman, que es muy diferente, lo hago por cariño, así es uno de juanvainas. Bueno, así quedamos, nos vemos el lunes, váyase por la sombra para que no se queme, no la quiero llena de ronchas el día del casorio.

El Arcángel con mil caras de resignación abrió sus imponentes y ya desempolvadas alas para hacerle sombra a la muchacha, apresuró el paso entre preocupaciones y enojo, la jaló de la enagua y caminaron cuesta arriba. Al llegar al atrio de la iglesia la bendijo en la frente, ella tenía una sonrisa que le recorría todo el cuerpo, abrazó al Arcángel, le agradeció, dio cinco pasos, pero se devolvió corriendo y le preguntó: ––Usted que todo lo sabe… ¿Qué son las donas?

 ¡Ay Miguelito!, se dijo a sí mismo soplándose el colocho, las plumas se le erizaron, las palabras se le encuartelaron en la garganta, escudriñaba en su mente una respuesta, volteó la cara a la derecha y San Judas se tapó la boca, miró a la izquierda y San Isidro se inclinó con disimulo a peinar el ternero, entrecerró los ojos y no encontró a la Virgen por ningún lado, al fondo la culebra sacó la lengua, se humedeció los labios y un destello se desprendió de sus colmillos.

Tomando fuerza de guerrero entrenado en las artes militares acomodó un hombro y después el otro, sacó pecho, giró levitando y le dijo: ––¿Quiere saber que son las donas? ¡Acaso su mamita no le ha explicado!, corresponde preguntarle a ella esas cosas, es la indicada, la de la experiencia –el Arcángel sacó el pañuelo y se secó el mar de congoja que le cubría las cejas.

––Yo sé lo que mi mamá me va a decir: “tiempo al tiempo mijita” – puso las manos en la cintura -, por eso se lo pregunto a usted, que sabe más palabras que las escritas.

––Espere para ordenarme -le dijo el Arcángel -, entremos, que con este sol estoy a punto de derretirme, bien me vendría un vaso de tamarindo helado.

Se acomodaron en la banca al frente del confesionario, el Arcángel no estaba acostumbrado a ese tipo de interrogatorios.

––El asunto es así: su suegra la va a llevar de mandados, pero no a cualquier compra, esta es especial.

––¿Y por qué es especial? – preguntó asombrada.

––No sea impaciente, no me interrumpa el hilo de la conversación. Ella, su suegra, a pesar del carácter que tiene es buena gente y hasta piadosa, considérela, pero no se deje – con un aire de catedrático de derecho universitario de los de antes y pose de magistrado de la corte suprema de justicia, rebuscó las palabras y le explicó: ––Las donas son esas vestimentas que usan las damitas, así como usted, debajo de la ropa durante el casorio, y que se las quitan después del casorio para llegar a la consumación del acto.

––¿Cuál acto? ¿Quién va a actuar? ¿Por qué me las van a quitar? ¡Y si me gustan las donas! – cuestionó ella dudosa y perpleja.

–– Pues se las va a quitar el que va a ser su marido – le dijo levantando la voz y desacomodándose el pelo.

Dos lágrimas por ojo saltaron de la muchacha por el miedo. El Arcángel se conmovió, sacó de nuevo el pañuelo blanco bordado que le regaló Santa Lucía la navidad pasada y con suavidad le secó las mejillas.

––Tranquilidad es su tercer nombre, por algo se lo pusieron, así que hágale honor, vaya donde su mamá y le pregunta, si se hace la sorda, me avisa y yo en la noche durante el sueño me encargo de meterle las palabras por la oreja, no se desespere.

La besó en la frente, le rascó la cabeza y le pidió a Santa Bernardita que la acompañara hasta la casa y que en el camino le devolviera el nombre al cuerpo, esperó en el campanario hasta que las perdió de vista, bajó a su puesto de mando, notó una sonrisa maliciosa en la serpiente y le dijo: –– ¿De qué te estás riendo?, ¡a usted nadie le cree esas sonrisitas!

El bicho revoleó las pestañas y le contestó cantando: ––¡Ay Miguelito, se te atragantaron las donas!


Efluvios

Ligia Salazar Chavarría

 

Venía sentada en un bus, hacía frío, era una zona rural y el vehículo estaba bastante lleno. Me tocó sentada al lado de una señora que olía a tristeza. Había llorado, había cocinado algo con pollo y se había puesto perfume o colonia con aroma a limón y una crema tipo Hinds.

Al otro lado había un muchacho con olor a llantas de hule y aceite de carro, a sudor rudo de trabajo, sus manos eran fuertes y por más que haya querido quitarse la grasa no lo había conseguido. También sentí su olor a miedo, algo le había pasado, quizás un accidente o un susto.

Cerca había un hombre con una colonia masculina tipo vetiver que se mezclaba con cera para cabello. Usaba botas de cuero, faja gruesa con hebilla y una chaqueta que olía a bar, tabaco y licor. Todo él exhalaba el rancio de una noche de tragos baratos. Se suda ese olor. El tipo no era de mal ver pero con toda la pinta de borracho, aun con la colonia que se echó encima para disimularlo.

Atrás alguien había comido maní, otro por ahí mandarina. Alguno cerca emanaba un hedor a medias sucias. Ese es otro de los peores: el olor a pies hediondos.

De niña me pasaba vomitando a cada rato y no sabía identificarlo. Cuando era bebé creyeron que era algo digestivo, en ciertos lugares además me daban ataques de asma. Pasaron un par de años hasta que se dieron cuenta de que los olores eran la causa de que me enfermara. En las fiestas familiares, cuando había mucha gente, en un supermercado, en los buses, o si alguien con un olor fuerte me alzaba, me les vomitaba encima. Mamá fue la primera en darse cuenta de que me afectaban los desinfectantes y jabones. Cuando estaba en casa, todo más o menos bien. Apenas salíamos, empezaba… A los tres años logré explicarme mejor. Pero para horror de mi familia, describía sin filtros los olores y se los decía a la gente hasta que, de tanto, me regañaron y empecé a callar, pero allí empezó mi imaginación a hilar.

Mi familia sufría, no salían mucho conmigo, les arruinaba todo, terminaba vomitando o diciendo alguna grosería. La gente que llegaba a casa no podía ponerse perfume y aún así los acribillaba a preguntas y comentarios. Lo difícil fue cuando empecé a ir al kínder y la escuela. Pero una catadora de café le dijo a mi mamá que siempre tuviera granos de café a mano, zepol, o pimienta molida, más adelante lavanda. Con eso se me aliviaba bastante. Por eso siempre ando un pañuelo con alguno de esos olores.

Volvamos al bus: a mi otro costado venía una muchacha con olor a joven, percibo champú perfumado, colonia como a chicle, andaba con la menstruación, no paraba de mover el pie al ritmo de la música que tenía en sus audífonos. Todos sus olores dulzones empachaban. A esa edad les encantan los aromas a tutti frutti. Quién sabe para dónde va esta chica, de seguro a verse con amigos, de fijo a trabajar no…

Me entretengo inventando historias de acuerdo con sus emanaciones.

La señora a mi lado es seguro que viene de trabajar en una cocina, sus manos la delatan, su olor a tristeza vuelve a golpearme; ella no llora por un hombre, llora por lo que solo esas señoras recias pueden llorar: por su madre o por un hijo.


Delfín

María Elena Pozuelo

 

Andrés tocó el cielo y aparecieron las estrellas, se sentó en el mar y comió arena.

Necesitaba huir, huir de sí mismo, dejar atrás el mundo en que vivía, las dudas que llevaba en su mente y encontrar el vuelo, sentirse caracol, gaviota, cangrejo, pez…

La arena le dio el sabor del mar, del infinito espacio ondulado que le permitía flotar, ola tras ola.  De pronto, salió la Luna… y le sonrió.

“Luna, quiero irme, amo a mi familia pero necesito volar, volar.”

Sacó su dulzaina y empezó a tocar una música suave, ligera como espuma.

Descubrió que cuando tocaba, sabía lo que pasaba y sentía.

En la soledad de la playa, se volvió gigante. Sus manos se llenaron de escamas y los pies se juntaron en una inmensa aleta.

“¿Y mi cara, dónde está?” No puede verse: es solo un pez que respira del aire y come del mar. Y el pez fue tomando la forma y la piel de un delfín.

Se adentró en las olas, nadó hasta una roca cercana y salió al sol. A lo lejos vio la playa que había dejado. El sol se fue poniendo y Delfín sintió hambre. Se consumió en el mar y logró pescar un pececillo que nadaba cercano. De un bocado lo tragó y calmó su ansiedad. La luna le miraba….

No hay noche ni día: todo es mar, mar adentro, lejano o continuo, un aire mojado de estrellas que se llenan de luz.

No se acordó de quién era. Ahora… ¡es Delfín!

—Iré por los mares, ¡seré libre!

Delfín II

Delfín recorrió mares, mares tibios y helados, se vio reflejado en otros delfines, pero algo no era igual. Su cuerpo parecía de cetáceo, aunque tenía todavía escamas de pez en sus aletas. Además, podía respirar dentro y fuera del agua y su mente era humana. “¿Seré un sireno?  No, porque todo mi cuerpo es de pez”. Empezó a sentirse incómodo con su estructura y quiso probar distintas experiencias para conocer su verdadera naturaleza.

Delfín adoraba los corales. Le gustaban de diferentes tonos y recorría los arrecifes seguido de miles de pececillos de brillantes colores. Soñó que era un príncipe encantado y que su reino era de coral: el negro para su castillo, el naranja para las puertas y ventanas y el rosa para los muebles.

Llenó de algas las estancias y dejó de comer peces, no podía hacerlo, sufría mucho cada vez que tenía que tragarse alguno cuando el hambre apretaba.

Delfín se sentía casi feliz, empezó a mezclar las algas y descubrió que cada una tenía un sabor diferente. A veces las aliñaba con algunos huevecillos que encontraba entre los corales y hacía platillos deliciosos. Empezaron a seguirlo otros delfines para saborear los manjares que preparaba: un día eran conchas al perejil de mar, en otro el plato principal, las sardinas bañadas con espuma de estrellas, crustáceos y caracoles al plato en sales profundas y así poco a poco fue aprendiendo de los secretos del mar.

Llegó el invierno y las aguas eran heladas. Delfín sintió frío, le hacía falta su casa y su familia aunque no se daba cuenta.

“Soy libre, ¿no era esto lo que yo quería?, ¿pero tengo algo mío?”  Empezó a nadar hacia el sur y cuando llegó a las islas encontró un paraíso nuevo. La claridad de las aguas le parecía el cielo. A veces se dejaba flotar panza arriba para sentir el abrazo del sol.

“¡Ah sí, los corales son magníficos! Y la arena es blanca, las palmeras se acarician entre ellas y los caracoles y conchas parecen nácar tornasol. ¡Qué maravilla de naturaleza, si los humanos pudieran ver cada uno de los tesoros del mar, cuidarían más de él!”

Confiado, Delfín nadaba aguas bajas y aguas adentro. Cuando veía pasar a las gaviotas le daba nostalgia por el aire. También extrañaba la música de su dulzaina. Le gustaba tenderse un rato en la playa para oír el chic-chic de caracoles y cangrejos.

De pronto pensó que si nadaba, también podría volar. Buscó un peñasco y se dejó enloquecer con el griterío de los alcatraces y gaviotas. Pasó varios días tendido entre ellos y, poco a poco, su piel comenzó a llenarse de plumas blancas.

¿Un delfín emplumado? “No, debo esperar la noche para que salga la Luna”.

 

Delfín III

Y salió la Luna y Delfín se vio cubierto de plumas blancas bellísimas. “¿Quién soy?” Su cola se había reducido, sus aletas se habían convertido en alas y la boca en un pico amarillo. De su cuerpo le brotaron dos patas como palmas. Algunas plumas grises le recordaron su piel de delfín.

“¿Podré nadar?” Trató de tirarse al agua pero vio que solo podía consumirse un tanto para pescar pececillos y volver al aire. Entre las rocas vio caracoles y gusanos, conchas y crustáceos.

“¡Esa es mi cena!”, pensó, y se dedicó a picotear en una nueva experiencia sobre las aguas quietas de la playa.

“Ahora necesito un nido para descansar”; entre las ramas secas de los manglares escogió dos ramas cruzadas, las cubrió con hojas y se quedó dormido hasta que los primeros rayos del sol lo despertaron.

“¡Libre, soy libre, puedo alcanzar las nubes, cruzar los mares, volar, volar!!!” Cambió su nombre por Gaviota y sintió un poco de nostalgia por los amigos que había dejado entre los corales. Estaba solo otra vez.

“Tendré que buscar compañía”.

Gaviota empezó a conocer el manglar, encontró toda clase de animales: pájaros, tortugas, peces, iguanas, y ay… ¡culebras! “Este es un lugar perfecto para anidar, sube y baja la marea”.  En un momento oyó voces:

—Mirá Juancho, qué cantidad de pianguas acabo de encontrar, ¡aquí nos quedamos!

—Claro Toño, ¡se nos hizo el día!

Gaviota no se sintió seguro con los pescadores, sabía que podrían atraparlo en cualquier momento.

“Mejor me voy”.  Voló de nuevo a la isleta y ahí se acurrucó entre las piedras. Junto a él, una bandada de gaviotas llegó a buscar abrigo. De pronto, una se arrimó como tratando de hacer amigos.

“¿Seré yo igual a ella? No, mi parte humana no le inspira confianza. ¡Cómo me gustaría comunicarme!”  Bajó la cabeza y batió las alas. Otra gaviota se acurrucó y le picoteó dulcemente el cuello.

—¡Qué bien se siente!

Así pasaron las horas y cuando amaneció era el tiempo de buscar comida. Gaviota se sintió confundido, no podría sumergirse ya más como delfín, se quedaría “gusaneando”.

Su amiga le envió varios graznidos como diciéndole: —Vení acá, ¡hay muchos peces!  Las gaviotas son solidarias entre ellas, actúan en equipo y se protegen para lograr sobrevivir.

Pero de nuevo Gaviota sintió un vacío, nunca podría ser igual a los demás, deberá continuar solo. Voló por esa noche hacia el manglar y decidió que al día siguiente continuaría su viaje.

 

Delfín IV

Los aullidos de un congo le llamaron la atención. Era un mono negro, grande que llamaba a su manada para que llegaran a dormir en un árbol de cocobolo.  Las mamás cargaban sus monitos en la espalda, los rascaban y daban de mamar. El jefe, por medio de su lenguaje, les indicaba que ya era el momento de hacer silencio.

Para Gaviota los congos eran bastante similares a su antiguo cuerpo humano. “¿Serán estos mis semejantes con los que pueda convivir?”

Pasó toda la noche soñando cosas extrañas. Se imaginó brincando de árbol en árbol, comiendo retoños y frutas deliciosas y jugueteando con sus amigos por el bosque.

Apenas salía el sol brillante por el horizonte del mar cuando Gaviota decidió volar hasta el cocobolo de los congos. No le hicieron mucho caso pero tampoco les molestó.  Gaviota empezó a juguetear con los monitos y con su pico les traía ramitas tiernas para comer. Ellos confiados la aceptaron y pasaron el día de aquí para allá en un puro brincoteo.

Hacia la noche volvió a salir la Luna, cada vez más brillante. Gaviota la miró suspirando y cerró los ojos para pedirle que le indicara el camino.

—¿Otra vez, Gaviota?

—Sí, Luna, quiero ser Congo.

Por la mañana, una alfombra de plumas blancas amaneció debajo del cocobolo y un nuevo miembro llegó a la manada. El macho jefe se le acercó para olerlo y le pareció familiar:

—No hay problema, podés quedarte. Gaviota se sintió feliz. Bueno, ya no era Gaviota sino Congo.

Congo descubrió los árboles, las frutas tropicales, los insectos, la miel, todo le gustaba, en especial los mangos, ihumm, qué delicia!   Iba de rama en rama y a veces bajaba a la playa a juguetear con las olas y buscar almejas.  Estaba muy contento; “este debe ser mi lugar”, pensó.

Un día se asomó a la playa y vio a unos niños jugando en la arena. Algo se removió dentro de él, un cosquilleo que le subía y le bajaba y un calorcito dulce por todo el cuerpo.  De pronto, una ola inmensa reventó y en un segundo la niñita que jugaba fue arrastrada mar adentro. Sin pensarlo mucho Congo se comió un poco de arena para tomar fuerzas, se agarró de un tronco que venía entre las olas y nadó hasta donde la pequeña que trataba de salir a flote.  Cuando estuvo cerca, la agarró del pelo y la jaló hasta la playa.

La madre angustiada daba gritos. Cuando Congo dejó a la niña en la arena, salió corriendo hacia las palmeras cercanas y se subió a lo más alto.  Temblaba, temblaba mucho y la cabeza le daba vueltas.

—¿Quién soy? ¿Estaré otra vez perdido?  En eso oyó voces de gente que se había arrimado para ver qué pasaba. Les oyó decir: —¡A esa señora por poco le ocurre otra tragedia! Su marido se había perdido entre las olas y nunca apareció y ahora… casi se ahoga la niña.  Nadie se explicaba cómo un congo podía haberla salvado.  ¡Un milagro! Empezaba a oscurecer después de los celajes y salió la Luna….

 

VI

—Congo, ¿me llamaste de nuevo?

—Sí, Luna, estoy confundido.

—Lo siento, pero no puedo hacer nada por ahora, ya sé que has logrado entender bastante bien el sentido de tu vida, pero no es suficiente. Todavía no estás preparado para regresar.

—Pero Luna, ¡si he visto a mi familia y sé que ellos me necesitan!

—Estoy de acuerdo, pero vos les harías un daño muy grande si regresás sin saber cúal es tu misión en la vida y cómo debés enfrentarla.

—He pasado por muchas situaciones, Luna, y ahora sé que cometí errores que quiero reparar.  Creía que el mundo me pertenecía; olvidé que mi familia estaba incluida y mi deber es no hacerles daño y caminar con ellos por el mejor de los senderos.

—¡Qué bueno que lo estás aprendiendo! No necesitás ir al fin del mundo para ser feliz. Tu verdadera felicidad está dentro de tu corazón, y cuando sepás entregar la parte que les corresponde a tu esposa y a tus hijos, entonces conocerás el verdadero amor.

—¿Y eso cómo se logra?

—Ya lo sabrás a su debido tiempo. Buenas noches.


¿Quién es esa niña?

(Fragmento primer capítulo de novela “La casa frente al parque”, pronta a publicarse)

Matilde Crespo Gallegos

 

Dormir quería, ¡pensar no más! Valentina se recostó contra la ventanilla del avión y entrecerró los ojos. Por un hormigueo en el cuello descubrió que tenía la cabeza torcida y los hombros contraídos. Respiró profundo y obligó a su cuerpo a aflojarse lentamente. Estaba segura de que era enojo lo que la mantenía encarrujada.

––No quiero regresar al país, tía Lucía, usted lo sabe…Tampoco voy a acompañarlas al entierro de su papá… y abuelo de mi prima Sara –Valentina no pudo evitar cierta brusquedad en la respuesta cuando su tía le dio la noticia de la muerte de Ramón el mes anterior, setiembre.

Se repantigó en su asiento después de rechazar lo que le ofrecía la aeromoza. La travesía entre Nueva York y Costa Rica, con sus escalas intermedias, iba a ser muy larga. ¿Cuántas horas llevaba ya sin dormir desde la madrugada? Muchas, y enumeró mentalmente lo que había hecho desde que sonara el despertadorcito en su mesa de noche. Luego de alistarse, dejó ordenada su habitación en el departamento, consiguió el taxi que la trasladó al aeropuerto en poco más de cincuenta minutos y… ¡Sorpresa!: un par de horas adicionales de espera hasta que las condiciones climáticas mejoraran.

Una maleta pequeña con ropa para tres días era todo su equipaje. No necesitaría más. A ella no le interesaba recibir ni un centavo de don Ramón, le dijo categórica a Matías, su abogado. Regresaba a Costa Rica solo para ceder su parte de la herencia a su tía y a su prima Sara. Creía firmemente que era una manera adecuada de reintegrarles todo lo que habían invertido en ella durante… ¿más de diez años?, mientras vivió y estudió en Filadelfia y un breve tiempo en Nueva York. Después se consiguió un trabajo. Abrió los ojos Valentina cuando se le deslizó del regazo el abrigo. Aprovechó entonces para acomodar mejor bajo su asiento el bolso de viaje de cuero marrón donde llevaba sus documentos, el gorro de lana, los guantes de piel y la bufanda de flores y hojitas diminutas. Ese mes de octubre había empezado helado y ventoso y, sin quererlo, recordó otra clase de frío. Aquel fino y raro que sintió a sus nueve años cuando la metieron en un avión para llevársela a vivir muy lejos. Algunas noches, solo por instantes, había pensado que un abrazo pequeño tal vez la hubiera ayudado, pero nadie en la nueva casa tenía tiempo para calorcitos amables. Volvió a inquietarse Valentina: ¿por qué ahora le regresaban recuerdos que creía olvidados? Le pidió un té caliente a la azafata. Necesitaba relajarse, descansar. Molesta se quitó el cintillo de flores mínimas que llevaba atado sobre la frente, en nada le ayudaba a mantener en su lugar el ondulado pelo largo. Sacó una liga del bolso marrón y con rapidez se trenzó la melena… Se acordó entonces de otras manos que trenzaban y destrenzaban un largo cabello blanco para ahuyentar a los “martirios”…

Desde la muerte de su abuela Isabel Cristina, se había sentido como un paquetito anodino que iba y venía, lo cual la llenaba de miedo y hondas tristezas. ¿Por qué a nadie se le había ocurrido preguntarle qué temía o qué añoraba su corazón? ¿Por qué? Rara, ajena y sin familia era la impresión de sí misma que la invadía desde entonces; total no había conocido ni a su madre ni a su padre, su abuela le había fallado al morirse así de pronto, y ni la mamá de las abuelas ni sus tías abuelas y tampoco Piedades habían luchado para que ella permaneciera con sus quereres en la casa frente al parque. Ahora Valentina -a sus casi veintitrés años- era una hermosa y distante mujer que había estado muy sola durante demasiados años.

Le sirvieron el té. Con curiosa atención siguió el movimiento de las volutas de calor que salían de su taza y, sin explicárselo, se vio muy niña en Filadelfia ante la graciosa entrada del apartamentito de su prima Felicia. Breve fue su sonrisa. Solo una persona cálida y muy divertida podía pintar la puerta con el color que ella amaba desde que tuvo uso de razón: el verde viento de agua o ese otro verde en honor a los bichitos que según Piedades se llamaban “esperanzas”. Ahora entendía por qué sus pasos la llevaban siempre donde Feli cada vez que se escapaba de la soledad de la casa de su tía Lucía.

Sabroso fue el primer sorbo de té pero jamás una bebida había sido tan exquisita y reconfortante como el chocolate caliente que le preparara muchas veces Felicia.

––Entonces, ¿no vas a leer ninguna de estas cartas mi querida Valentina? –le había señalado Felicia el atadijo de correspondencia que ya amenazaba con resbalarse de la mesita baja–. De la casa frente al parque hay muchos sobres, de tu vecino Armando, varios y de Olman, tu tío Colochitos, ¡un paquete!… ¿Qué será? –lo agitó Felicia–, siempre tan especial O.O. –trató de mostrarle el envoltorio pero la jovencita no desvió la atención de su bebida–. Me dijo mamá que ella y tía Carmenza vendrán a visitarte –Feli le dio la noticia de sopetón y logró su propósito. Valentina separó de su boca la taza de chocolate caliente y miró muy seria a su prima.

––¡Tampoco este año quiero ver a nadie! ¡Nunca voy a hacerlo! –con la punta de su lengua Valentina borró la huella de un bigote achocolatado sobre su labio superior–. Y a tía Lucía le dije que prefería vivir en el colegio, ¡ya tengo once años! Creo que no le pareció mala la idea, ella y el papá de Sara siempre andan de gira. ¡Voy a ser un problema menos!

––¿Y Sarita?, ¿con quién se queda entonces? –Felicia miró muy de cerca a Valentina.

––Con la misma señora que la cuida desde que era chiquitita. Además, dice que yo me volví una prima pesada y mudenca.

––Yo no pienso eso de vos, mi querida chiquita –se le acercó para hacerle una caricia pero Valentina esquivó el gesto y se levantó–. Creo que hay miedo y desconfianza en tu corazón… ¡Te quiero tantísimo desde que naciste! –la niña dejó la taza sobre la mesa y en silencio salió de la casa de su prima Felicia, lugar al que siempre quería regresar.

Con cierta premura las aeromozas retiraron las bandejas de los pasajeros porque empezaba a sentirse una turbulencia incómoda. Valentina se aseguró el cinturón y miró su abrigo ridículamente caliente para el clima de Costa Rica. Octubre según recordaba era el mes más lluvioso y algo fresco. En su maleta a última hora había cambiado un par de pulóveres por prendas más ligeras. Se acomodó en su asiento. Las palabras cariñosas que Felicia siempre le decía eran parecidas a las dichas -hacía dos años- por sus maestros de arte en Nueva York:

––Dele rienda suelta a sus emociones, jovencita. No tenga miedo, confíe en usted. La pintura es mucho más que dominar técnicas, es dejar que fluya el alma, que conmueva, que transmita…Ya verá la clase de artista que lleva dentro.

Qué caray, eso de darles rienda suelta a sus emociones no sabía cómo hacerlo y tampoco quería pensar en eso, algún día quizás… Por las recomendaciones de uno de sus profesores logró colocarse como restauradora de arte y se sintió feliz pero sobre todo libre. Pudo rentar junto a dos compañeras un apartamentito en un lugar seguro y en poco menos de un año habían empezado a llamarla de algunos museos.

En una hora estarían aterrizando en Costa Rica, se levantó al baño para refrescarse y estirar un poco las piernas. Cuando volvió a su asiento sintió una angustia rara… “Son solo tres días, Valentina”, se repetía para darse ánimos. Aplaudió su decisión de adelantar el viaje, sin avisarle a nadie en la casa frente al parque. No quería un espectáculo sensiblero y menos en un lugar público. El avión sobrevoló varias veces esperando que el viento barriera las nubes bajas. Sintió la aproximación, luego ese leve primer toque de las llantas y su rodamiento rápido sobre la pista hasta llegar a detenerse. Se le aceleró el corazón hasta dolerle. Trató de ubicarse, ¿y el edificio blanco con terrazas, y la torre divertida que le gustaban tanto?…: “Bienvenida a su nuevo aeropuerto El Coco”, le dijeron cuando entregó su pasaporte. Se sintió molesta, como si le hubieran robado algo. La edificación actual -rectangular de dos o tres pisos- carecía de gracia, de elegancia. El taxista no dejó de hablarle. Ella hubiera preferido hacer el recorrido en silencio. Reconoció al pasar el antiguo aeropuerto La Sabana y sintió una penita incómoda, y lo mismo cuando supo que ya no había tranvía en San José.

––Y a su derecha…, ¡nuestro Hospital Nacional de Niños! –el hombre aminoró la marcha para que su pasajera pudiera apreciarlo.

¡Lo habían conseguido, qué bien! Hasta ahora no ataba cabos Valentina. Hacía más de dos años Felicia había tratado de contarle sobre la inauguración de un hospital en San José y de la alegría de su hermano gemelo Juan Félix. ¿Cómo no iba a sentirse orgullosísimo su primo si además habían logrado que el programa de vacunación contra la poliomielitis fuera permanente? Parecía que el lema de erradicar la enfermedad del país se había hecho realidad. No pudo evitar sentirse conmovida. El taxi continuó su marcha por la avenida segunda y de tanto en tanto se desviaba para sortear los trabajos de ampliación que se hacían en algunos tramos, subieron la cuesta del antiguo Cuartel Bellavista y volvió a impresionarse, como cuando era niña y veía en aquellos muros altos las incontables huellas redondas que dejaron las metrallas… A dos cuadras enrumbaron hacia el norte.

––Ah no, ¡qué va!, estas instalaciones viejas las dejaron las monjitas del Sión y se fueron para Moravia. Allá tienen un colegio nuevo, moderno –le aclaró el hombre cuando vio a la joven con el ceño fruncido sacando la cabeza por la ventana. Pero cómo…, ¿irse las monjas de allí? ¡Ese era el colegio de su mamá y el de ella! Se quedó paralizada en el asiento trasero con sus manos apretadas sobre el regazo sin notar que el auto de alquiler ya había llegado a su destino.

––Señorita…, muchacha… –se sobresaltó Valentina con la voz del chofer quien con una mano le abría la puerta del taxi y con la otra sostenía su pequeño equipaje.

Despacio dejó el vehículo. Le pesaron las piernas. Quedó en medio de la acera con el abrigo en un brazo y colgándole del hombro su bolso de cuero marrón. Escuchó a su espalda el disparejo sonido del motor que se alejaba y reparó en su solitaria maletita sobre el suelo. La cabellera larga, ahora suelta, se le alborotó en más colochos con el viento de agua y fue cuando descubrió el cielo cubierto de nubes muy gordas y oscuras. ¿No era mucho más grande el jardincillo que rodeaba la casa? Se sorprendió cuando casi casi se da un trastazo con el arbolillo de pitangas. Se le escapó una risa tan fuerte que se asustó al oírse. Cerca de la puerta de entrada cerró los ojos… ¿Canela?, ¿clavos de olor?, ¿vainilla?… Le pareció sentir el abrazo de su abuela Isabel Cristina y se llenó de emociones viejas… Dio media vuelta para irse pero, ¿para dónde? Qué enormes deseos de llorar sintió. En realidad, ¿a dónde pertenecía?


Club

Matilde Jenkins

¿Quién es aquel que duerme? Quien sueña, ¿se despierta?. ¿Algún día deja de dormir?

Los soñadores se juntan en su club por las noches, no hay más compromisos, su reunión sucede de lunes a jueves. Algunos hablan muy apasionados mientras otros llegan directamente a conciliar el sueño. El salón es espacioso, cuenta con dos salas de cuero y sillones de esos que levantan los pies, hay un bar con toda clase de tés calmantes y dormilones y mucha agua del Carmen. No es permitido el licor, tampoco fumar. Al lado derecho se hallan las camas, son siete, bien tendidas con sábanas limpias y tres almohadones cada una. En el baño hay vestidores y se alquilan pijamas, medias peludas, pantuflas, cobijas y hasta osos de peluche.

Los miembros del club llegan puntuales a las siete de la noche, hay música en el ambiente, bossa nova, jazz o mantras que facilitan el sueño, todo instrumental y relajante. Cada uno toma asiento o cama, queda a su elección. Se da un tiempo para que se acomoden y se sirvan su té.

A las siete y quince el Soñador Mayor abre la sesión. La agenda siempre tiene un solo punto: soñar. Eso todos los días. Luego van tomando la palabra uno a uno mientras los demás escuchan sueños y más sueños. Hay un receso de 15 minutos a las ocho para traer de vuelta a los sonámbulos, y luego se reanuda la sesión. A las doce de la noche finalizan y algunos deben ser despertados, luego se reparten todo tipo de pastillas naturales para dormir y cápsulas reparadoras de sueño con vasos de agua, se las deben tomar en el acto, no es permitido llevárselas a la casa.

Pero hoy pasó algo diferente: el Soñador Mayor llegó muy despabilado. Se había tomado tres tazas de café en la tarde. Quiso poner reggaeton y montó un karaoke para que, en lugar de contar sueños, todos cantaran animados. Los soñadores se miraron estupefactos, nadie entendía nada. Luego el Soñador  Mayor abrió una bolsa en la que traía maracas, collares y pitos para todos los asistentes. De nuevo, sorpresa en la sala: solo él cantaba y bailaba mientras repartía las chucherías.

Uno de los dormilones más persistentes, Donaldo Sánchez, desde una cama pidió silencio, no podía dormir, al pobre el Soñador Mayor le quitó las cobijas y lo levantó de un brinco. Miradas iban y venían pero el colmo fue cuando probaron el té tranquilo y resultó ser tequila caliente. Pensaron en llamar al 911, pero, ¿qué iban a decir?. ¿Que había una fiesta en el Club de Soñadores?

_ Esto lo resolvemos aquí dentro -dijo Donaldo Sánchez-. A ver, los dos más fuertes sostengan al Soñador Mayor y yo por mientras le doy una pastillita que lo va a tranquilizar.

Gran correteada le tuvieron que dar por todo el salón, hasta que al fin lograron atraparlo. Donaldo Sánchez entró en acción, le abrió la boca y le puso debajo de la lengua media pastilla rosada.

_ Ahora hay que esperar una media hora- les dijo a los demás.

Se quedaron pensando qué harían mientras tanto. Uno de ellos se rio a carcajadas y empezó a bailar, otro lo siguió, los de la cama se levantaron cantando y en pocos minutos todo fue algarabía. El Soñador Mayor trató de imitarlos pero algo pesado lo sostenía en el piso, le entró un letargo irresistible y sucumbió al descanso forzado.

A los soñadores se les olvidó el té, la pastilla de dormir y los cuentos. A medianoche, ya cansados, se despidieron con la convicción de que, en verdad, la vida es un sueño.


Hiit’

Mireya Noboa

 

Mactzil trenzaba el cabello negro de su hija Oxa mientras pensaba en la frase: ––Tu enojo es de chocolate -se la dijo ayer Noris, su mejor amiga, antes de salir de su casa tras un portazo.  La frustración de Noris fue tan notoria que Mactzil quedó consternada, inmóvil frente a su taza de café a medio tomar y miró la de Noris, todavía humeante al dejar su silla vacía.

Oxa se quejó: ––Na’ está muy duro.  La madre volvió a sentir la sedosidad del cabello húmedo entre sus dedos fríos.  ––Disculpas mi cachito -le dijo con cariño.  Mactzil se preguntaba por qué Noris había reaccionado así al comentarle otra vez de su enojo con Cuauhtémoc, su marido, por no llegar a cenar.  Llevaba más de un año volviendo tarde a casa, hediondo a licor.  Mactzil no lograba exigir explicaciones.

Mactzil, significa cosa milagrosa en lengua maya, y ella misma rogaba por algo así.  La congelaba pensar en confrontar a Cuauhtémoc.  Había caído en un desgano que lo sentía apretándole el pecho, muchas veces le impedía respirar y le blanqueaba la mente.  Su amiga Noris la interrogaba sobre las ausencias de su esposo y ella no podía justificarlo.

Con sus labios apuñados, Mactzil terminaba de entretejer las hebras de cabello de su hija. No se había fijado en el desastre que tenía enfrente.  Oxa, al pasar su mano por el peinado sintió cabellos sueltos y flojos que caían desordenados. ––Pero na’ -gritó.  Mactzil reaccionó. ––Lo siento waal, es que te mueves demasiado.  Mejor empecemos de nuevo.  Con total suavidad la madre soltó las trenzas y pasó el peine topándose varios nudos en la cabellera negra.  Con mucho cuidado empezó a desenredarlos de nuevo.  Oxa se levantó abruptamente sin disculparse.

––¿A dónde vas?

––Voy a traer un espejo, necesito ver qué me estás haciendo na’.  Se oía la voz alejarse, enseguida escuchó sus pasitos con pies descalzos adherirse a la baldosa gris y la niña volvió a sentarse enfrente de ella.  Colocó el espejo en su manita derecha y dijo:

––Ahora sí na’.

Mactzil vio pasar su propio rostro en el espejo y notó la enorme tristeza reflejada en sus ojos negro aceituna.  Pudo sentir el sinfín de lágrimas acumuladas en ellos.

––Ya na’ -oyó decir a Oxa y con tal fuerza suspiró Mactzil que absorbió unos cuantos cabellos que luego liberó en la exhalación.  Pasaron varios minutos en silencio.

––¿Ya na’?  -preguntó Oxa.

––Ya waal -respondió Mactzil mientras Oxa revisaba con detenimiento en el espejo, moviendo su cabeza, viendo las trenzas desde varios ángulos.

––Yuum bo’otik -exclamó Oxa soltando el espejo sobre los almohadones y salió corriendo quién sabe adónde.

Mactzil con movimientos lentos se levantó, estiró sus piernas entumecidas, empezó a ordenar los almohadones y otra vez se encontró con su reflejo en el espejo.  No se reconoció.  Había olvidado cómo era su nariz y al verla recordó a su abuela.  Miró sus ojos y eran los de su madre, guardaban las mismas penas.  Sus canas al borde de la frente se habían multiplicado.

Pensó en la negra cabellera de su hija y del tiempo cuando ella la tenía así.  Tomó el espejo y lo puso enfrente.  Brotó la primera lágrima y detrás de ella la cascada completa, las suyas, las de su madre y las de su abuela.

Cayó de rodillas sobre los almohadones y perdió toda noción.  Al reincorporarse tomó el espejo y se miró frente a frente: “¿Qué tienes que decir Mactzil?”.  Su mente blanqueada por el miedo, la tristeza, el olvido, el sin perdón le impedía hilar las palabras.

––¿Qué tienes que decir? -se repitió en voz alta, se miró fijamente a los ojos y dijo: ––No más, y evocó los ojos aceitunados y la nariz aguileña en el rostro de su hija.

––No más, se repitió y el caudal se detuvo.  Una larga inhalación le permitió recobrar la serenidad y exhaló.  Se secó el rostro y suspiró nuevamente.  Escuchó en un susurro la voz de su abuela en coro con la de su madre: “NO MÁS”.  En su cabeza había demasiadas historias, chismes, cuentos y encuentros que prefería olvidar.

Recordó los ladridos rabiosos de Cuauhtémoc, se tapó los oídos soltando el espejo que cayó en la baldosa gris y estalló en mil pedazos.  Corrió al cuarto, guardó sus tres vestidos de coloridos bordados en una bolsa de basura junto a otras cuantas prendas de su hija y gritó: ––Oxa, nos vamos.  Su hija llegó corriendo a la puerta y preguntó: ––¿A dónde na’?

––Vamos donde chiich, la tomó de la mano, cerró la casa de un portazo y caminó apresurada sin mirar atrás.  Con cada paso el peso de sus hombros se fue desvaneciendo, afloró la ligereza en sus movimientos y se sintió determinada por primera vez.  Percibió el empuje de la brisa, el sostén de la tierra y la cálida caricia del sol.  Se supo acompañada, libre, con la manita sudorosa de Oxa entre la suya, repitió: ––NO MÁS.

Hiit’: trenzar en maya

Na’: mamá en maya

Waal: hija en maya

Yuum bo’otik: gracias en maya

Chiich: abuela en maya

 


El llamado

Monique Giustiniani

 

Iba arrullada por el vaivén del bus, que aceleraba tímido y frenaba atrevido, arrullada por el joven del gorro de lana que cantaba con sus audífonos puestos una canción en wach-and-güer y por la escena de la pareja lamiéndose a besos los cachetes, las orejas, el labio superior, el inferior…, cuando de repente Maritza sintió que debía bajarse dos paradas antes de la suya. La parada del Hospital Nacional le había guiñado el ojo y tenía un presentimiento, como el día en que perdió la virginidad sin planearlo y sin sentir nada.

Su corazón palpitaba en su oído a todo volumen, como cuando caminaba más de la cuenta tratando de hacer ejercicios para que ese mismo corazón no se le parara desprevenidamente algún día. Tenía que entrar en ese edificio verde menta de paredes desteñidas a medio pelar y puertas corredizas. No, no había nadie adentro a quien tuviera que visitar, ni era doctora o enfermera de oficio para ir a cumplir una noble vocación, mucho menos voluntaria abnegada con ánimo de corroncha fuerte, es que ella lloraba hasta cuando su hijo le contaba un chiste cruel. Su personalidad tan blanda no le permitía soportar cualquier cosa, y menos al muchacho con un machete atravesado en el cráneo que se topó en Emergencias al entrar.

––¿Tiene la hora doñita?- le dijo el muchacho, perfumándola con su aliento a Cacique.

–– Ay no sé, ¿para qué? -preguntó Maritza a punto del llanto.

––Para saber cuánto me queda -le dijo el muchacho a carcajadas.

Ese encontronazo no la despistó de lo que la llamaba. Ella había entrado porque escuchó algo desde adentro, algo que la estaba apurando. Y no por los oídos, es que susurraba su nombre pero en humarada. Seducía sus antojos con un dulce sabor a levadura, a despertar, a buenos días, buenas tardes y buenas noches.

Se sumergió entre todos los pasillos buscando ese aroma que la llamaba. Esperó en fila por el elevador, solo uno de tres estaba funcionando, y fue subiendo piso a piso. En la Unidad Psiquiátrica se encontró a un señor con una frente amplia y brillante bailando un tango con su tanque de oxígeno. Se sonrojó al ver la erótica escena y al suspirar se dio cuenta de que ese no era el lugar. Olía a té de tilo, a puré de camote, a crema de óxido de zinc y a preguntas sin respuesta.

–– ¿Cuándo me voy? ¿Cuándo me voy? ¿Cuándo me voy? -le preguntaba una señora a un pajarito que la observaba por la ventana y este le respondía en clave morse usando su pico contra el raído ventanal.

Maritza subió a pie y de dos en dos las gradas hasta el siguiente piso y topó con el Ala de Cardíacos, donde todos la recibieron con el corazón en la mano. Percibió un tufo a electricidad, a pelo quemado, habían tenido que revivir al Número 467. También había un vaho a mocos emitidos por los sollozos de la esposa del 467, a boronas de kleenex rotos y maquillaje de ojos corrido por lágrimas saladas. La compañera de vida del 467 esperaba con un papel en la mano y un lapicero en la otra, le forzaba la mano a su esposo y le decía:

––Firmame esto Jorgito, no vaya a ser que nos peguemos otro susto igual.

Luego pasó Maritza al área de Cuidados Intensivos donde no la dejaron asomarse ni por la ventana, pero el hedor a esterilidad, alcohol de fricción, algodón recién sacado de la bolsa, gasa y estrés pululaba por los pasillos y de la mano de las enfermeras, sus zapatos de hule blancos rechinaban por los mosaicos con sus caras de “le doy hasta las 3”.

–– ¿Qué me faltará? -pensó bajando por las gradas otra vez a pie, el elevador nunca llegó a recoger a los transeúntes del piso 7.

Tomó un atajo por el piso 4, donde se encontraba el área de Rayos X. Una mujer voluptuosa que se tropezaba paso a paso hacia adelante apoyada en su caminadora con ruedas, perseguía al esmirriado encargado de la sección y le rogaba entre manotazos torpes:

––Porfis muchacho, tómeme una foto de esas aunque no tenga la orden, no ve que nunca me he visto esquelética en la vida y  quiero ganarle una apuesta al flacucho de mi marido.

Maritza percibió una fragancia a líquido de revelar, a fractura triple en hueso crujiente, a yeso recién colocado en un codito de cuatro años producto de un accidente en el tobogán del jardín de niños.

En ese mismo piso, dos escalones más arriba, descubrió la sección de Hematología. Le llamó poderosamente la atención el aroma a hierro fresco, a goma de curita recién pelada y a chupa-chupa de fresa rellena de chicle bomba. Un anciano le reclamaba a grito pelado a una enfermera pelirroja quien se pavoneaba frente a él con su uniforme blanco más tallado que las reglas sugeridas, para sacarle una muestra con su filosa aguja.

­––Mire mujer, usted no saca pelo sin sangre, ¿verdad?.

Pasó por la mente de Maritza sumergirse hasta el sótano, hacia las gavetas de la Morgue, pero de solo imaginarse un cuerpo cuya única identificación sería un cartel con un nombre amarrado en el morado dedo gordo, desistió. La fetidez a animal muerto siempre le había producido náuseas, y esa no era precisamente la que la estaba llamando.

Ya culminando su trayecto para descender al primer nivel, pasó a su lado el tembeleque carrito de comida de hospital. Desfilaron frente a ella galletas de soda en paquetes transparentes comprados por montón, una sopa de pollo con tres pinches hilos de gallina flotando como islas en el Caribe, vegetales cortados tres días antes marchitando una ensalada, un pedazo de pescado hervido que se movía de un lado a otro en el plato beige de melamina, vasos de ginger-ale sin gas tapados con un pedazo de plástico arrugado y una pajilla inserta en el medio, y un quinteto de gelatinas que bailaban twist en unos recipientes disparejos. Todo sin sal. Todo sin sabor. Y todo sin olor.

Derrotada se enrumbó hacia la salida del hospital por el primer piso y se topó de frente con el Ala de Maternidad. Pasó a felicitar a las mamás recién estrenadas por la nueva adquisición del hogar, para levantar sus ánimos propios. Todas se veían rendidas, un poco moradas de pujar pero complacidas y agradecidas.

––Si supieran lo que les toca no tendrían esa cara -pensó Maritza.

Ya iba a salir de Maternidad cuando la llamó el olor de uno de los recién nacidos. No, no era el calostro ni todo lo que los cubre dentro de la madre. Ni era su primera obra maestra en el pañal de hospital. Se asomó por la cortina arrugada de uno de los cubículos y le pidió permiso a la madre para conocer a su bebé.

La mocosa primeriza chateaba por Snapchat con las amigas que todavía seguían en el cole y no venían a conocer a la criatura, así que le dio permiso sin lanzarle siquiera una mirada a la auto-invitada ni a su aspecto, ni mucho menos a las intenciones que podría haber llevado en la cara o entre manos.

Temblando y aspirando para sus adentros, Maritza destapó la sábana azul cielo y encontró lo que tanto la llamaba: el bollo de pan debajo del brazo.


La banca

Marianela Regidor

 

Domingos de misa eran todos a las 8 a.m, ni más tarde ni más temprano, la hora sagrada. Me gustaban mucho esos días de pelos engominados, zapatos de charol y vestidos de dominguear. Mamá había comprado una mantilla de encaje negro. Mi hermana y yo siempre íbamos vestidas igual, algo que empezó a ser un conflicto para ella, tres años mayor.

Para una de esas ocasiones, mamá mandó a hacer tres vestidos con la misma tela, uno para cada una. Tenían un brillo muy discreto, de chinilla a cuadros blancos y turquesas. Cierro mis ojos, puedo ver el vestido de mamá: tenía una faja a la cintura hecha de la misma tela, oigo el sonido que hacía al caminar. Los nuestros tenían unos paletones grandes que salían de la cadera. Los tomo con mis dos manos y doy vueltas y vueltas y me río a carcajadas, me siento feliz con mi vestido nuevo. Los hombres de la casa vestían camisa blanca de manga larga; mi hermano pequeño un corbatín a cuadros y al mirarlo observo sus grandes anteojos de pasta negra que lo hacen verse aún más serio e inteligente; papá y mi hermano mayor, ya adolescente, iban sin corbata. Bien arreglados los tres, engominados sus pelos y embetunados sus zapatos negros. Respiro profundo, se me eriza la piel, el perfume de papá me hace abrazarlo y meterme entre su cuello. Él siempre cargaba su cámara fotográfica y ese día, como cada domingo al salir de misa, nos tomó una foto.

Ahora, sentada en la cama de mamá rebuscando entre su caja grande de fotos, encuentro un álbum pequeño con fotos a colores de ese domingo. Lo tomo con mis dos manos y como si tuviera prisa, lo acerco a mi cara, lo llevo hasta mi nariz y vuelvo a respirar profundo, de un suspiro llegan a mi mente todos los detalles de ese domingo. Veo que el vestido de mamá estaba ceñido al cuerpo y casi cubría sus rodillas, serían los años setenta. Recuerdo las carreras en la casa antes de salir para la iglesia. Eran muchas: preparar el café, peinar a las niñas, ver si los zapatos estaban limpios y en su sitio. Y entonces, en medio de aquel alboroto, éramos mi hermano Luis y yo a quienes primero alistaban y así, de la mano, unos veinte minutos antes de la hora, estábamos bien plantados en la iglesia buscando una banca grande donde cupiera toda la familia. Yo de seis años, Luis no llegaba a los ocho, tomábamos la banca más cercana al cura y como soldaditos de plomo nos sentábamos a cada extremo. Eran los momentos más angustiantes antes de que empezara la misa, quizá la penitencia de algún pecadillo de niños buenos.

Empezaba a llegar la gente y cuando hacían el intento de sentarse en nuestra banca, nosotros con aquella voz de niños con miedo les decíamos: -Perdón, está ocupada, -perdón, no se puede sentar- y la cara de la gente se llenaba de impaciencia.

Volví a ver a mi hermano, que estaba con los dientes apretados, veía cómo la gomina le empezaba a caer sobre la frente, la mueca del puchero que pronto se convertiría en llanto y entonces le indiqué con señas que cerrara los ojos, que los apretara muy fuerte y que nos acostáramos en la banca. Al principio no me entendía, tuve que torcerle más de una vez los ojos, levantar mis manos, poner los brazos detrás de mi cuello e indicarle nuevamente, como si yo fuera un mimo, qué quería que hiciera. Me acosté boca arriba con los brazos detrás de la nuca y él boca abajo, pegando nuestras pegajosas cabezas y dejando que nuestros pies tocaran los extremos de la banca. Él se quitó el corbatín y lo usó como antifaz para desaparecer de la escena.  A mí se me desarmó el peinado que tanto trabajo le había costado a mamá. Alguien me tocó el hombro, el corazón se me quería salir del pecho, abrí apenas un poquito los ojos para ver quién era, podría ser mi hermano o mi papá. Al abrirlos me encontré con los de doña Carmen, la que recogía la limosna. Empecé a temblar tan fuerte como si de un ataque se tratara. Logré recuperar la calma y me juré no llorar, respiré profundo, había un olor muy fuerte a incienso. Vi las velitas prendidas en el candelabro a mi izquierda y supe que estaba protegida.  No sé qué me decía doña Carmen, solo la veía cómo gesticulaba y volví a cerrar los ojos esta vez con más fuerza, y entonces ella me tocó el otro hombro con más insistencia. Empecé a rezar en voz alta y en aquel intento desesperado, no pude evitarlo y un líquido tibio empezó a bajar por mis piernas, me quedé paralizada, sentí vergüenza. Evité las miradas y con las dos manos juntas y de rodillas, como insistía mamá que lo hiciera, dije con fuerza: -Por favor, Diosito, que vengan ya mis papás y que el próximo domingo sean mis hermanos los que cuiden la banca…

Mientras, en el otro extremo, mi hermano lloraba a moco tendido y escandalosamente. Doña Carmen dejó de atormentarnos. Mi hermano y yo volvimos a ver hacia atrás, esperando que finalmente viniera algún miembro de la familia. En ese instante la banca fue invadida por un par de señoras que, sin preguntar, se sentaron en el medio. Volví a ver a mi hermano al otro extremo de la banca, esta vez sin altivez; él tampoco había reaccionado, ni siquiera quiso volver a verme. En ese preciso instante, el padre dio inicio a la misa. Se me hizo eterna, yo estaba inmóvil, no quería levantarme. Tenía el ceño fruncido y sabía que mi hermano Luis estaba sintiendo lo mismo. Una lagrimilla me resbaló por el cachete y la sequé con furia con la palma derecha.

Al terminar la misa, se me salió un suspiro muy grande, ahora ¿qué haría?, ¿vendría alguien por nosotros? Yo estaba inmóvil, solo quería que todo el mundo saliera de la iglesia pero la gente caminaba en cámara lenta, yo estaba petrificada en la banca, envuelta en un charco y sin nada para secarme. Alguien me tocó el hombro y a pesar de que lo hizo con ternura, fui incapaz de abrir los ojos. Luego me acarició la cabeza y con desconfianza los abrí. Era mamá, se sentó a mi lado, me tomó en sus brazos. Se me olvidó toda la angustia de la ropa mojada y a ella pareció no haberle importado mojar también su vestido. Y así, con la iglesia vacía y solo mis hermanos por testigos, ahora fue mi turno de llorar a moco tendido, hasta quedar dormida en sus brazos. Mamá me despertó con suavidad, me acomodó el vestido, me arregló el pelo con sus manos y al salir de la iglesia, papá nos esperaba con su cámara lista para la foto y yo sonreí como si nada hubiera pasado.

Papá estaba en la calle fumándose un cigarrillo, su espíritu rebelde lo hacía esperarnos afuera con impaciencia. Regreso al cuarto de mamá y viajo al lugar que más amaba papá, su biblioteca, repleta de libros, todo estaba ahí, para mí era la más grande del mundo. Recorrí con mi dedo todos ellos y me encontré con muchos que alguna vez vi apiñados en su mesita de noche.

Hoy no hay angustias de bancas reservadas, ahora son distintas, aunque en aquel momento lo fueron todo. Y aunque ya no digo en voz alta las oraciones o las canciones que se cantan en misa, y solo voy cuando hay bautizos, matrimonios y misas de difunto, mi inconsciente las repite y yo trato de bloquearlas, pero se me escapa un amén o me persigno o canto.

Sigo viendo el álbum de fotos y pienso en papá ya viejo. Su voz no es la misma, menos su ímpetu de los días de mi infancia. Veo a un viejo vencido por el tiempo, ya no visita su biblioteca, ya no tiene ni siquiera un libro en su mesa de noche, no habla vehementemente de religión ni de historia, ni canta ni sonríe. Lo veo aferrado a una biblia y a sus encuentros con el cura de la capilla cercana a su casa, donde asiste asiduamente todos los jueves y domingos. Del otro lado de mi mente, veo a la niña sentada en la banca que me dice con voz ahogada: -Lo siento, pero no puede sentarse-, yo le guiño un ojo y la niña desaparece lentamente. Pienso en esos domingos engominados.

Sonrío y me pregunta mamá: – ¿En qué estás pensando?  Y yo le respondo: -En dos niños y en el último día que cuidaron la banca.


Dos aspirinas

Ofelia Deschamps

 

—Es preocupante el problema que estoy viviendo, doctor.

— ¿Cuál sería ese problema? Pero póngase cómodo.

— Trataré de ponerme cómodo pero, cómo le cuento, es preocupante, es un problema que me desgasta.

— Muy bien, lo escucho.

—Bueno, sucede que, al despertar, trato de levantarme de la cama, una cama honesta, sincera, de un tamaño adecuado, ni más ni menos.

—Entiendo.

— Pues verá usted. Primero pongo el pie derecho en el suelo, un suelo como cualquiera, sin nada especial, pero casi inmediatamente el pie izquierdo se enoja porque argumenta que él quiere ir de primero.

— Bueno, me parece a mí que lo justo sería que un día comience con el pie derecho y el siguiente emprenda el día con el pie izquierdo, ¿no le parece?

—Pero un momento, doctor, veo que usted no lo ha pensado bien.

— ¿Qué quiere decir?

— Bueno, que yo podría confundirme, que soy humano, no soy perfecto. Podría olvidar a cuál pie le toca ir de primero, y entonces quién los aguanta. Tendría problemas.

—Vamos a ver, usted no se preocupe tanto; relájese. Cuando los pies se acostumbren a la rutina, como sucede todo en la vida, ellos mismos recordarán a cuál le toca ir primero. Estoy seguro de que usted cuenta con unos pies justos, con unos pies de un extraordinario balance, bien equilibrados. Yo los veo perfectamente; son unos pies normales. Hagamos un plan; déjelos que sean independientes, que tengan su propia mente, que logren tomar sus propias decisiones, sin involucrarlo a usted en cada paso que han de tomar. Ellos tienen que bajarse de la cama y caminar; no les queda otra. Cuando ya estén caminando ni se acordarán de quién fue primero y quién no. Es mejor que no les dé tanta importancia. Tómese usted dos aspirinas antes de acostarse y llámeme en la mañana.

Ya en casa y antes de acostarse, el hombre, más tranquilo, se tomó dos aspirinas. Cogió una sierra y se independizó de sus pies.


Un personaje

Paola Fonseca

 

Mario era alto, moreno y usaba sombrero. Se sentaba por las mañanas antes de …

––No, eso no es cierto, yo nunca uso sombrero.

Mario era alto, moreno y se paseaba en las mañanas por el muelle para escuchar el sonido de la madera podrida crujir con su paso firme.

––No, por las mañanas hace mucho calor en el muelle, si me va a hacer caminar que sea en la tarde.

Al terminar de caminar por el muelle al final de la tarde, cuando el sol imponente se acostaba remojándose en el mar poco a poco hasta hundirse y dar paso a una luna gorda que alumbraba el paso de Mario a la cantina de doña Vitalia, para llegar a las 7:00 en punto y pedir un refresco de horchata.

––No, no, no y no…. a todo buen viejo de mar le gusta el trago, mejor ponga ahí que se pidió un whisky.

Después de tomarse los tres whiskys de rigor que demandaba la noche, con tres bocas de picadillo de arracache en la panza como cena, Mario caminó a su barco, esa vieja casa flotante que lo acompañaba desde que todo sucedió, un barco de un cuarto, un baño, media sala y una hamaca. Mario era un viejo solo, pero esa noche alguien lo acompañaba, una lágrima, una lágrima lo acompañaba, a través de  la cual de vez en cuando veía el reflejo de Francisca en el mar.

––Los viejos no lloramos.

––Ya es mucho, viejo necio, usted llora porque si no, no hay cuento.

El reflejo de Francisca, su esposa, se le aparecía con la luz de la luna llena en julio, que fue el mes en el que se la tragó el mar.

––Fue en noviembre, cuando llueve más, no ve que en julio es verano.

Y entonces el viejo se tiró al mar y murió en julio del año pasado, para no molestar a nadie más.


Mujer de pelo azul

Peggy Taylor

 

El bus avanzaba a gran velocidad sobre el pavimento caliente, haciendo brincar los asientos de manera brusca. Como a la niña le había tocado la ventana por ser la más pequeña de los hermanos, recorría con su vista el paisaje saturado de verdes fríos y cálidos haciéndole marco al mar, donde esperaba juguetear con las olas al caer la tarde.

El zumbido del aire y el reggae que salía sin interrupción del radio del conductor, la emocionaban cada vez que visitaba con sus padres la zona de Cahuita.  La ansiedad se apoderó al acercarse al pequeño pueblo donde ingresaría a primer grado en una pequeña escuela fundada por los vecinos. Querían una buena educación para sus niños y se habían propuesto crear un lugar con buenos programas y profesores. Múltiples nacionalidades, múltiples idiomas, múltiples colores de piel. Muchos extranjeros que habían venido a vacacionar se habían quedado a vivir en esta zona caribeña, la Cahuita envuelta en una vegetación fresca y llena de animales silvestres. Su familia también ahora, por el trabajo de su padre.

Con paso agitado la llevaron a dejar sus pocos libros al salón de clase, en un cuarto de la casa de madera despintada, sobre basas grises y tablones corroídos por el tiempo. Luego a la Dirección, ya que se había hecho tarde y era su primer día de escuela. El olor salino la bañó en medio de la brisa que aliviaba y sostenía las gotas de sudor que le recorrían la espalda y su frente.

Unas por el calor y otras por la congoja de acercarse a lo desconocido.

Pasó por el patio en medio de la algarabía de los otros niños que deseaban conocerla.

–Hola, venga a jugar.

–Sí, ahorita vuelvo, ¿dónde está Miss Brown? – dijo, y siguiendo las señas que le hicieron caminó el corto trecho hacia las oficinas. Temblaba agarrada de las enaguas de su madre, que la quería desapegar para su bien; por eso obligó a la niña a buscar ella sola a la directora.

Al girar, la sorprendió una figura alta y delgada de piel achocolatada, llevaba altos tacones que se hundían en el arenero de los alrededores, sus ojos verdes se intensificaban al contrastar con las mejillas y resplandecían compitiendo con la peluca color azul “rey” que se arrollaba en su cabeza como un exótico turbante.

No había en esa exuberancia que la rodeaba -de colores, risas, gritos y cantos-, una flor, estrella o pájaro que fuera tan azul como esos cabellos que se movían para un lado y otro con los rítmicos pasos de la profesora. Azul de ríos, de mares lejanos y locales, el azul que la recibió con una acogida de paz y bienestar. La niña se sintió como si ya fuera de ahí, poseída por una magia singular que emanaba de ese azul brillante y que en ese momento se le metió en su rubia cabecita.

De aquí en adelante podría ir a clases en la verde bici, era una de sus ilusiones, moverse por todos los lugares sin peligro de vehículos en las calles, eran escasos en esos lados. ¿Cuál llegaría a ser su mejor amiga? Sentía una gran curiosidad por conocerla, sería poco a poco para estar segura, pues debían sellar con sangre esa amistad, como en los cuentos que le encantaba leer.

La esbelta figura de la negra se detuvo ante la fila de estudiantes y se dirigió a ellos:

–Sean bienvenidos estimados niños y niñas, empezaremos el año con una fiesta; algunas cosas van a cambiar, quiero que sean felices aquí con sus estudios y actividades –y continuó–, pero deben ser responsables siempre.

Miss Brown transmitía calma y felicidad, como si más bien se tratara de la “fiesta de la alegría”.  Ella pensaba que, al fin de cuentas, su trabajo en esta escuela duraría ese año y tal vez el otro, pero no para siempre. No obstante, su llegada a este lugar era como una alucinación para la nueva niña que nunca había visto una apariencia tan original, nunca en una maestra y menos en una directora.

Cada día que pasaba admiraba más ese pelo y se propuso imitarla cuando fuera grande. La niña imaginaba cómo se le vería, tal vez como un astro brillando bajo la luz del sol o de la luna, según el caso.

Y como no pudo resistirse ni esperar a que pasaran los años, convenció a sus amigas, que hablaban diferentes idiomas, de visitar a la directora en su vivienda contigua a la escuela, al atardecer.

Con unas palabras en italiano -era fácil, se parecía al español-, reclutó a una compañera. Fue más difícil entenderse con la belga, pero el lenguaje de señas no fallaba en ninguna parte del mundo y era muy divertido. La alemana en cambio hablaba muy bien español. Las cuatro llevaban atisbando varios días la casa de Miss Brown y ya sabían que, diariamente a esas horas, la peluca descansaba sobre un botellón ámbar en una mesita del dormitorio, delante de la ventana donde las flores tropicales resaltaban aún más su brillo azul.

–Hola Miss Brown, íbamos pasando por aquí y la vinimos a saludar–dijo la italiana.

–¿Usted no tiene chiquitos?…  Para venir a jugar–añadió la niña alemana con su buen español.

–No, solo uno que ya se hizo grande, vive en Nueva York, ahí trabaja–contestó la directora.

–Viera que andábamos en una expedición en la playa y nos salió un chancho de monte, pero no les cuente a mis papás.  Casi nos mata –añadió apresurada–trató de atacarnos y apenas nos dio tiempo de encaramarnos al árbol de uva de mar.

–Tenía muchas uvas maduras –añadió la italiana–, venimos llenas de tanto comer, le hubiéramos traído un racimo, lástima; ¿a usted le gustan?

Debían distraerla con muchas preguntas e historias inventadas mientras la novata pequeña rubia se escurría por una puerta trasera del balcón.

Y ahí estaba, relucientemente azul, esperándola.  Fue al subirse en un banco torcido -no alcanzaba la mesa alta y ella aún era muy pequeña-, que estiró demasiado su brazo, apenas rozando la cabellera.  El taburete se inclinó, el botellón se tambaleó y se volcó hasta el piso, estalló en cientos de pedazos bañados por un líquido muy viscoso que cubrió cada hebra azulada y la tiñó de negro.

Cuando alzó la vista, ahí estaba Miss Brown, con sus ojos verdes muy abiertos, la boca con el gesto de sorpresa más intenso que esa niña hubiera visto nunca. Al mismo tiempo, se oían los pasos de las amigas en una carrera descontrolada abandonando el lugar y ella quedó ahí sentada, temblando en el suelo con el turbante de pelos maravillosos enroscado en sus manos, ahora eran negros, como negro estaba el suyo que fue rubio alguna vez.

Miss Brown, con una tranquilidad inesperada, le dijo:

– Ese líquido es un tinte que iba a usar para teñir una enagua, ahora ya mi peluca no volverá a ser azul otra vez, y usted también deberá jugar en los recreos y nadar en el mar con el pelo más negro que jamás se haya imaginado.

Su madre le dijo aquella noche a la niña que ya no era rubia:

– Ese es el castigo de los astros, suficiente y eterno para una niña traviesa que jamás tendrá su pelo azul.

 


 

La trenza 

RENATA BICALHO

Olivia estaba muy conmovida. ¡El día de su boda finalmente había llegado!

Nacida después de tres embarazos fallidos, ella fue la sobreviviente, el premio después de largos años de dolorosas batallas. Era pelirroja, pálida como la leche, con delicadas pecas en las mejillas, delgada, pequeña y de voz suave.

Sus padres la habían criado como princesa. Recibió la mejor educación que la familia podía ofrecer. La colmaban de vestidos bordados, juguetes de todo tipo, clases de piano, inglés y equitación. Fueron siempre tan cuidadosos que ella terminó creyendo que era realmente frágil.

Después de graduarse de la escuela secundaria, Olivia le anunció a su familia que quería estudiar biología, pero la convencieron de que tendría un futuro mejor si ingresaba a la facultad de medicina veterinaria.

Ahora, a los veintiséis años, veterinaria graduada, y tras dieciocho meses de noviazgo debidamente aprobado por sus padres, estaba a punto de casarse con Fernando.

La elección del vestido de novia había sido fácil. Decidir el peinado, por otro lado, no tanto. Olivia había pasado muchas horas preguntándose cómo arreglarse el cabello para el gran día, ya que su mayor orgullo eran sus abundantes mechones largos, rojos, humectados y cepillados que lucía como su mayor símbolo femenino.

La ceremonia estaba a la vuelta de la esquina. Todo cuidadosamente preparado esperando el gran momento: el vestido largo, de hombro a hombro, en raso blanco, con encaje francés en las mangas y un discreto escote en la espalda; el velo largo de tul con su corona; los zapatos de tacón, forrados con el mismo raso blanco del vestido; pendientes de perlas que habían sido de su abuela y, finalmente, un gran ramo de rosas rojas colombianas.

En su habitación, Olivia empezaba a vestirse para el gran momento cuando escuchó el timbre de la puerta. Nina, la empleada de la casa, abrió y vio a una hermosa mujer con lágrimas en los ojos.

—Me gustaría hablar con Olivia, por favor -pidió con voz ahogada.

—Está ocupada preparándose para la boda -respondió Nina.

—Por favor, muchacha, es urgente. Solo le llevará un minuto de su tiempo.

Olivia, que escuchó toda la charla desde su dormitorio, se estremeció de inmediato. Decidió seguir su instinto y se dirigió a la puerta, caminando lentamente hacia el mayor impacto de su vida.

Puso su mano sobre el hombro de Nina para abrir el camino y se acercó a la mujer que, en estado de profunda desesperación, tomó unas tijeras que traía escondidas en su bolso y rápidamente cortó la larga y perfecta trenza que sujetaba el cabello de la novia.

Todo fue tan rápido e inesperado que en la fracción de segundos en que ocurrió el crimen, tanto la víctima como Nina no pudieron hacer nada. Simplemente vieron, en estado de shock, el acto vil.

La trenza cayó al suelo.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

La primera de las tres mujeres en recuperarse del ataque fue la empleada, quien gritó pidiendo ayuda. Los padres de la novia estaban arriba, preparándose para la ceremonia con su puerta cerrada, por lo que no escucharon los gritos de Nina.

Olivia sintió las lágrimas que brotaron y miró a la mujer que, en ese momento, estaba temblando, completamente perturbada.

Después de unos segundos, la visitante dijo: —¡No puedo creer que Fernando te eligiera! Tan pequeña y tan débil… Quiero ver si, sin tu cabello largo, hermoso y brillante, él seguirá interesado en ti.

Dijo eso y se fue llorando.

Nina cerró la puerta con llave, recogió con cuidado la enorme trenza que yacía en el suelo y sostuvo a la novia, que aún seguía paralizada.

La empleada tenía aproximadamente la misma edad de Olivia, y desde que comenzó a trabajar en la casa de la familia unos meses atrás, las dos se habían hecho buenas amigas.

Nina preparó un vaso de agua azucarada para que Olivia se calmara y, de regreso en el cuarto de la novia, comenzó a peinarla suavemente. Hizo un moño, atándole el cabello ahora corto y sujetó la trenza larga a su peinado.

Cuando terminó, tomó un espejo y le mostró a la novia el resultado.

¡Perfecto! Nadie podría decir que la trenza era falsa.

Secó las últimas lágrimas a su amiga y le dijo: —Sé fuerte, sigue como si nada. No hagas ninguna acción con la cabeza caliente. Vive tu día de fiesta. Mañana piensa con tranquilidad, habla con Fernando y trata de entender todo esto.

La celebración se llevó a cabo en el patio trasero de la casa de los padres de Olivia, donde se preparó un pequeño altar. El lugar estaba todo decorado con delicados arreglos de flores blancas y rosas por todas partes, muchas lámparas pequeñas y redondas que formaban largos caminos de puntos de luz dorada cruzando el aire, velas encendidas en los bordes de la alfombra roja que demarcaba el camino de la novia hacia el altar y sillas blancas con cojines de terciopelo para los invitados.

La ceremonia fue rápida. Lo más destacado del evento fue el trío que tocó el violín, el saxofón y el teclado a la perfección, haciendo llorar a los padres de la pareja y a algunos invitados.

Tras el tradicional brindis, Olivia y Fernando cortaron el queque blanco de dos pisos con un par de muñecos parecidos a ellos encima y, finalmente, bailaron el primer vals de los recién casados, bajo el aplauso de los invitados.

Poco después del vals, Olivia le dijo a su esposo que no se sentía bien y Fernando, a pesar de estar muy molesto al no poder disfrutar de la celebración, se ofreció a llevarla a casa.

Los invitados no entendieron por qué la pareja pasaría tan poco tiempo en su propia fiesta.

Las fotografías que registraron la boda muestran a un novio sonriente y a una novia con la mirada perdida y el rostro abatido. Solo la empleada sabía el por qué.

Cuando llegaron a la nueva casa, Olivia se deshizo del peinado, se quitó la trenza y la guardó en su armario, como si fuera una joya preciosa. Fernando no entendió nada al ver el pelo corto de su esposa.

La trenza yacería allí, guardada, a lo largo de muchos años.


Migraciones

Robin T. Young

 

  1. 30 marzo 2018

Si a los Militiski no les hubieran permitido salir de Ellis Island por la puerta principal hacia Manhattan, en el barco procedente de Europa, no hubiera nacido su quinta y última hija, Adrienne, en el upper west side de Nueva York. Y si unos 30 años después, William no se hubiera detenido a ver el choque automovilístico en el barrio judío de Nueva York aquella tarde otoñal durante la Gran Depresión, donde vio a la señorita con los dientes de conejito en que se convertiría Adrienne, no hubiera nacido Susan. Y si Susan no hubiera optado por dejar Nueva York después de terminar el colegio e ir a la universidad en Boston, en 1960, no hubiera conocido a Jason, el estudiante de ingeniería, ni hubiera decidido ella dejar sus estudios de maestría para ir a Los Ángeles, California, con él; ni hubiera nacido, un par de años después, Roxana. Y sin el nacimiento de su hija, Jason hubiera continuado trabajando en el Proyecto Apolo, el sueño del ya asesinado presidente Kennedy para mandar cohetes a la luna, una forma de participar en la seguridad nacional, en vez de ir a la guerra en Vietnam, como fueron obligados miles de hombres de su edad.

Pero con el pronto nacimiento, Jason y Susan optaron por dejar California e instalarse de nuevo en la costa este de los Estados Unidos; allí Roxana crecería y conocería a sus abuelas, iría a la universidad y se le despertaría la pasión por conocer otras tierras.

Y si no hubiera viajado a explorar el mundo, Roxana no hubiera conocido a su futuro exesposo, ni se hubiera mudado a Centroamérica, donde nacerían sus dos hijos. Y si Roxana no hubiera optado por quedarse en Costa Rica, no hubiera encontrado el círculo sagrado de escritura, donde exploraría su propia historia familiar y realizaría viajes literarios para contar las historias fascinantes de las personas que ha ido conociendo, y buscar la conexión aún elusiva que crearía algún impacto más allá de las experiencias personales.

¿Y si no lograra estos resultados literarios?, se preguntó Roxana, por lo menos pasaría unas lindas tardes comiendo queque de chocolate con peras y café, mientras aprendía de las asombrosas migraciones de sus compañeras escritoras – desde Heredia, Golfito y Limón, Alemania, Perú, Italia y Argentina–, cómo todas llegaron al valle central del país centroamericano y convertían sus propias historias en ficción creativa latinoamericana.

No, pensó Roxana, en vez de vivir en el cálido y húmedo trópico centroamericano, estaría más bien en el frío norte, tomando vodka y conversando sobre la dictadura de Putin y cómo hacía que Estados Unidos creyera que su presidente era un títere peligroso del presidente ruso.

En vez de estar batallando con las tildes y buscando palabras en español, estaría quizás escribiendo la historia, en ruso, de cómo su familia sobrevivió las dos guerras mundiales, la revolución soviética, el comunismo y su caída, y como aún se mantenían en el viejo continente soñando con viajar.

  1. 11 de mayo 2018

––Mi hija dice que están quemando el mercado, y que raparon el pelo a los estudiantes –le dice Honorata con cara asustada a Roxana al apagar su celular.

––Y dice que ya no tiene ni para comprar la lecha al bebe. ¡Ay, los chiquitos no deben de sufrir así, ellos no tienen la culpa! Pero es que allá, en Nicaragua, no es como acá, doña Roxana. Allá todo es problema.

Roxana contempla cómo responder. Siente empatía y quiere demostrarlo, pero a la vez cuida una cierta distancia de seguridad emocional con la señora que desde hace más de un año le mantiene la casa durante la semana y cuida a sus hijos adolescentes cuando ella viaja. ––¿Y cuántos años tienen los hijos de su hija, Honorata? – finalmente le pregunta Roxana.

Honorata, de pie en su cocina, vestida con una falda color rosado eléctrico y una camiseta apretada de un color amarillo desgastado, tiene un año menos que Roxana, aunque parece por lo menos diez años mayor. Le responde a Roxana: ––Un año tiene el bebé y siete años la chiquita, y mi hija tiene 21 años. Vino acá con el esposo y los hijos a buscar trabajo, pero ella no se hallaba acá y se fue hace unos meses. El hombre se juntó con otra y ya no le manda plata a mi hija ni para la leche.  Entonces me dijo mi hija que ella tuvo que ir adonde su propio papá a pedirle plata y que esta vez le ayudó.

Honorata le había dicho, al iniciar su trabajo en la casa de Roxana, que llevaba diez años en Costa Rica. Así que Roxana calculó que la hija de Honorata tendría apenas once años cuando su mamá tuvo que abandonar su hogar y su país para buscar trabajo. Durante esos años, Honorata fue mandando plata y construyendo su casita en su pueblo natal en el norte de Nicaragua, mientras limpiaba casas en los alrededores de San José. Era honesta como su nombre indicaba, cumplida y trabajadora, de eso no cabía duda. Hacía bien el gallopinto, las tortillas de maíz y los frescos de piña, pero no estaba familiarizada con los diversos platos extranjeros que comían en la casa de Roxana.

Parecía la persona más dócil y dulce hasta mencionar el nombre del presidente de su país. ––Ay, ese desgraciado. ¿No ven lo que está haciendo a los estudiantes y a todo el país? Lo quieren fuera. Lo queremos fuera – le dice a Roxana cuando comenzaron las protestas en Managua en mayo del 2018, detonadas por el incremento en las aportaciones por cargas sociales. Las manifestaciones fueron llegando a todo el país, hasta el mercado en el pueblo donde vivía Margarita, la hija de Honorata, con sus dos hijos, en la casa que Honorata le había construido con sus ahorros por la limpieza de las casas en San José.

––Y qué pena  –continúa Honorata–, porque mi hija sí terminó la escuela y estaba estudiando en el colegio cuando quedó embarazada … – se lamenta.

Igual a su mamá, piensa Roxana.

––Pero ahora después del segundo se operó. El doctor le dijo que aún era muy joven, pero ella dijo que ya dos eran suficientes –explica Honorata.

Honorata le contó a Roxana que ella era una de catorce hijos, y ella misma había tenido tres hijos pero que uno se le murió. Margarita es la menor.

––Ay, no sé qué voy a hacer, los chicos pequeños no tienen por qué sufrir. Pero sufren. Y yo no puedo mandarle más. Tengo que pagar mi cuarto, mi compañero no está trabajando. Así que estamos vendiendo estas camisas para que por medio de la iglesia le mandemos dinero y ella tenga algo más para la leche.

Roxana mira las camisas de colores eléctricos amarillo y rosado con brillantes dibujos tropicales, y le pregunta: ––Honorata, ¿está segura de que ese dinero les llegará a Nicaragua, que no se quedará una parte en la iglesia?.

––Ay no, doña Roxana, una mujer se lo va a llevar allá. De ella se puede confiar.

Entonces Roxana saca diez mil colones de su cartera y le dice: ––Bueno, entonces me llevo la amarilla con el colibrí, esta camisa bien colorida y alegre está bien bonita.

Honorata recibe el billete y le pasa la camiseta a Roxana, quien sabe que no le quedará y la guarda en su clóset.


Tartaletas de coco

Roxana Brizuela

 

El olor a pasteles envolvía la esquina de la Avenida Línea y Calle 8, un oasis en el desierto. Sylvain seguía horneando diariamente, poca variedad pero exquisita.  La gente hacía filas interminables y se asomaban a la vidriera con la boca hecha agua esperando la próxima horneada.

Yo estaba con Mariana, mi amiga, mi hermana, comprando unas tartaletas de coco cuando apareció Agustín. Él me miró como quien ve a un fantasma, “¿pero tú no estás viviendo en Costa Rica?”, “¿qué haces aquí?”.  Aún no me explico cómo le contesté con tanta espontaneidad.

Lo conocía desde muchos años atrás. Nos veíamos en eventos académicos aunque él no trabajaba en ninguna institución. Le dije que estaba de vacaciones y que quería regresar y llevarme a mis hijos, irnos a vivir a Costa Rica. Su respuesta fue tan directa como asombrosa, “Ana, yo puedo ayudarte. Ven mañana a la casa, Laura se va a alegrar de verte, y conversamos”.

No creí que aquel ofrecimiento tuviera base. Mi amiga Mariana menos. Ella durante toda la conversación abría los ojos como si cada palabra que yo dijera fuera un pasaje para el encierro.

Hacía dos años había ganado una beca para una maestría en Costa Rica y solicité permiso en el Centro de Investigación donde trabajaba para llevar a mis hijos Isabela y Matías conmigo, ellos a su vez tendrían que pedirlo a la Facultad de Economía y a la Universidad de la Habana, y seguro alguna instancia seguía en la cadena de autorizaciones; pero nunca me contestaron.  Era una misión imposible sacar a los niños de Cuba.

Y ahí estaba yo, diciendo con todas las letras mi propósito, actuando como si no conociera las reglas, como si no supiera que había consecuencias por las palabras, aunque solo fueran eso, palabras. Mariana ya había tenido una experiencia que la había convertido en veladora de las palabras de todos sus amigos.

A la mañana siguiente fui al apartamento de Agustín. El espacio era agradable, un piso 19 desde donde se podía ver el parque y la vieja cafetería de Paseo que estaba vacía, despintada, con un aspecto decadente. Un sello que se repetía por toda la ciudad de La Habana.

Laura me recibió con una taza de café y nos sentamos los tres en un largo sofá de cuero negro. Él me pidió que le hablara de Costa Rica, de mis planes. En la misma tónica del día anterior le hablé de mis proyectos y le reiteré que quería llevarme a mis hijos, que quería que crecieran allí, y que José mi marido ya estaba allá.

Me escuchó sin interrumpirme. Se dio una pausa para decir algo que seguro ya había pensado, “yo puedo conseguir los pasaportes para tus hijos”. No le pregunté cómo, sólo le di las gracias y unos minutos más tarde me despedí.

Cada día me levantaba y me envolvía en la misma rutina, acompañaba a mis hijos hasta la escuela, hacía algunas llamadas, armaba planes en mi mente como un diagrama de bloque: si pasa esto, las alternativas son estas; si no, las alternativas son aquellas.

Una mañana recibí una llamada de alguien que me decía que Agustín quería verme al día siguiente. No pude dormir en toda la noche. “¿Será una trampa?” Dejando la paranoia en la almohada, me levanté temprano y fui a su casa. No recuerdo otra cosa que no sea una mano extendiéndome los pasaportes de mis hijos.

Después de eso todo transcurrió muy rápido: las visas, los pasajes que había conseguido José, todo listo. Había una incongruencia entre la visa por reunificación familiar emitida por Costa Rica en los pasaportes de los niños, y el permiso de salida de Migración cubana “por asuntos de trabajo oficial de la madre”: eso me generaba mucha tensión.

Finalmente, el día de la despedida llegó. ¡Cuántos sentimientos encontrados! Cuántos hilos rotos. Llegamos a la ventanilla de aduana, yo tenía todos los sentidos puestos en el oficial, en sus gestos, en sus manos, en el sello de autorización. Él me miraba una y otra vez sin expresión alguna y hojeaba los documentos. Yo sentía mil preguntas saliendo de sus ojos y elaboraba las respuestas. De pronto, vi caer varias veces el sello y me entregó los pasaportes. Tomé las manos de mis hijos y di la vuelta sintiendo una mirada clavada en mi espalda.

Me preguntaba si algún día mis hijos entenderían el significado de aquel encuentro casual; si entenderían que si alguien viajaba porque ganaba una beca, la familia, los hijos, se convertían en rehenes para que no pudieras decidir quedarte a vivir en otro país; que un pasaporte y un permiso de viaje eran mucho más difíciles que las tartaletas de coco de Sylvain; que a los niños no los dejaban salir con sus padres, a no ser que anunciaras “salida definitiva”, sin retorno, y que eso significaba perderlo todo y convertirte en traidor. ¿Podrán entenderlo?

Nos montamos en el avión, Isabela callada, Matías no dejaba de moverse en el asiento, y ¿yo?, no recuerdo. El vuelo duró menos de dos horas. El tren de aterrizaje tocó tierra con el ruido habitual y los pasajeros callados, permanecían atentos a las palabras de bienvenida. Una vocecita rompió el silencio, “¡ñoooo mami, llegamos!”


Francisco

Tatiana Aguiar

 

A las tres de la mañana entró el octavo mensaje de texto. Ella, dentro de un sueño, escuchó un tintineo.

Francisco estaba obsesionado. Quizás al conocerlo, a ella también le había llamado la atención y hasta se había imaginado que irían a cenar. El atisbo se evaporó al darse cuenta de su mano que medía medio metro. El que no se hubiera operado, con tantas opciones para cambiarla, le resultaba aberrante… Era como si estuviera orgulloso.

Los celulares, con sus diminutos teclados dentro de las pantallas, no habían sido diseñados para soportar el peso de una piedra de carne humana. Por eso Francisco usaba un antiguo modelo con la pantalla más gruesa. Clara muestra de rebeldía, cuando lo más normal hubiera sido aprender a escribir con la mano izquierda.

Francisco decidió que ella era el amor de su vida, con la convicción con que alguien salta sin revisar si tiene puesto el paracaídas. Era cuestión de enviar una cantidad suficiente de mensajes para dejar claro que él la amaba luego de haberla conocido la semana pasada.

Se sintió afortunado. Gracias a su mano de medio metro podía escribir largos mensajes sin cansarse. Ella, aterrada, no le respondía…, intentando que su silencio transmitiera a gritos su desinterés. “¿No contesta?”, pensaba él, “pobrecita, debe de tener la mano cansada”.

El asunto, luego de un mes, había empeorado para ella, y avanzado, según él. Francisco se juró que la invitaría a salir el próximo viernes.

Un mensaje no era suficiente. ¿Qué tipo de chocolates le gustarían? Averiguar la dirección de su oficina no sería demasiado complicado. El rojo de las rosas imaginarias le empapó los ojos. Solo una docena, con una discreta caja de chocolates. Nunca hay que parecer desesperado.

A las cinco de la mañana decidió que era hora de dormir, justo en el instante en que sonó una alarma en otro apartamento.

Ella abrió los ojos como si estuviera drogada. Tomó el celular y borró, sin leer, lo que había escrito Francisco. Luego se quitó las cobijas, suspiró, y con las dos manos agarró su pierna de dos metros para arrastrarla fuera de la cama.


 

Una visita inesperada

Tere Menéndez

 

1985, ¡qué año! Prometía ser muy divertido, se acercaba la fecha del Mundial de Fútbol en México, a mis veintidós años estaba recién graduada en Comunicación por la UNAM y ya tenía mi primer contrato para hacer una pasantía en una prestigiosa agencia de publicidad.

Eran las ocho de mañana del jueves diecinueve de setiembre, me encontraba ansiosa pues hoy se iniciaba mi nueva aventura…  ¡De pronto el mundo! Mi mundo colapsó… Un movimiento trepidante me despertó, sentía que mi habitación se partía en dos y no lograba bajar de mi cama, me aferraba al respaldar de latón intentando terminar el Padrenuestro y solo recitaba la primera frase … Mi cama parecía un carrito chocón que se estrellaba contra la pared una y otra vez…Todo lo veía en tercera dimensión. De repente se hizo un silencio largo…  Solo se escuchaban a lo lejos las sirenas de las ambulancias, pude ver mi apartamento destrozado, las paredes partidas y pedazos de yeso regados por todos lados, era imposible salir de ahí…

Me asomé a la ventana, el único lugar que parecía igual que antes, ¡mis ojos no dieron crédito!: el edificio de enfrente se había desplomado y solo quedaba intacto el penthouse, el cual quedó a la misma altura que mi piso, ¡justo enfrente de mí!… Abrí como pude la ventana y grité, con un grito mudo, nada salía de mi garganta. ¡Increíble! (pensé), cuántos años fuimos vecinos y ni siquiera lo recuerdo; las estructuras se movieron de tal forma que podía meterme a ese apartamento con tan solo dar un brinco…

Ahí estaba él, estático en su sillón reclinable, era un hombre mayor, diría unos ochenta y tantos, crucé a su casa aún con mis pijamas puestas y le hablé.

—¡Señor, señor! ¿Se encuentra usted bien?

Él estaba aturdido. ¡Asombroso!: el lugar se encontraba en perfecto estado, pero seis pisos abajo…

—¿Quién es usted? -me preguntó sorprendido.

—Soy Inés, vivo en el edificio de enfrente.

—Pero ¿cómo es posible que lograra entrar?

—Venga conmigo, ¿vive solo?

—¡No muchacha! Mi esposa aún duerme en su recámara, ¡no sé cómo no se despertó con este trancazo!

El suelo del apartamento era de cerámica antigua, estilo español diría yo, y los candiles de Murano aún sostenidos te transportaban a otra época. El trinchante de caoba tallada guardaba la vajilla y el cristal cortado. ¡Increíble! ¿Cómo podrían haber sobrevivido a este terremoto sin ningún rasguño?

De pronto del pasillo en forma de arco se asomó una mujer con anteojos redondos y una bata color verde menta.

—¡¡Ismael!! ¿Escuchaste ese ruido?

—Sí…, yo estaba viendo las noticias pero la luz se fue y un golpe fuerte se escuchó… Y de la nada apareció esta chica que se ha metido por nuestra ventana…

Traté de hacerles ver lo surrealista de la situación, me dirigí a la cocina que me recordó a la casa de campo de mis abuelos con cerámica de Talavera y en lugar de una cocina moderna un fogón empotrado, tomé dos vasos y de un tinaco de barro les serví agua fresca. Cuando regresé la pareja intentaba usar el teléfono y llamar a sus hijos.

—¡Nada! -decía la señora-, ¡la línea está muerta!

Observé a la pareja de ancianos y traté de pensar de qué manera les explicaba la situación… Así que me volví a presentar…

—Hola, soy Inés, acaba de temblar muy muy fuerte y, por ilógico que parezca, mi edificio se inclinó hacia el suyo y quedamos pegados… ¡Tenemos que salir ya de aquí, inmediatamente …!

Sus rostros se arrugaron más y sorprendidos se acercaron a la ventana.

—Niña … ¿Cómo es que solo veo tu cuarto? – dijo la anciana.

—Eso es lo que estoy tratando de explicarles -les dije.

La señora empezó a llorar y se aferró a su esposo….

—Tranquila, Evangelina… ¿No ves que nos está visitando un ángel?

Ella sin pensarlo se pellizcó …

—¡Ismael! ¡¿Acaso habremos muerto?!

Ismael sonrió: — ¡Claro mujer!… Hoy nos vamos y esta chica Inés es nuestro ángel…

—¡No! Cómo se los explico… -les repito-, ¡no soy un ángel! Soy su vecina de enfrente… Del edificio gris que tiene palmeras en el camellón.

Ambos sonríen, se dan la media vuelta y tomados de la mano se dirigen hacia mí …

—Estamos listos, Inés …

 


 

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