Etty Kaufmann Kappari

 

 

Entre la cocina y el comedor había una puerta con una ventanita desde donde la nieta espiaba todos los movimientos culinarios de la abuela. Cuando la abuela salía de la cocina, la nieta se escabullía, ponía un banquito y se subía valiente para alcanzar la pesa más pequeña, la de diez gramos y tenerla en sus manos.

Desde otro ángulo, la abuela, en secreto, veía a la niña tomar la pesa. Cuando eso sucedía, la viejita sonreía, lo cual era rarísimo porque la abuela nunca le sonreía a nadie. Más bien se la podía ver siempre tensa, con la cara jalada como queriendo alcanzar el piso. La nieta no sabía si la cara de su abuela era así por tristeza, enojo o preocupación.

Ocurrió un día que la abuela le dijo a la nieta en privado, sin que nadie se diera cuenta, que cuando ya no cocinara más, esa balanza iba a ser para ella. Aunque pequeña todavía, la niña se sorprendió y sintió esa emoción de quien comprende varias cosas al mismo tiempo.

Luego, esos domingos en la casa de la abuela fueron más emocionantes. La niña no podía dejar de ir a ver la balanza, tocarla, usarla.

La abuela murió muchísimos años después. Cuando regresaron a la casa después del entierro, la balanza ya no estaba.

Lo que nadie sabe es que desde aquellas épocas en que la niña jugaba con la balanza, una pesa de diez gramos había desaparecido. Herencias imperfectas, pero herencias al fin.


 

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