Cecilia Antezana Rimassa

 

 

El tren       

Era el año 1935. En una estación de tren esperaban unas mujeres a sus esposos que llegaban después de un tiempo largo de ausencia, ocupados en una guerra cruel en defensa de vastos territorios, en el Chaco boliviano. El “infierno verde” había quedado atrás y regresaban con la derrota sobre los hombros los que un día marcharon con una misión patriótica.

Las mujeres vestían trajes largos, abrigos y guantes, los hijos corrían y saltaban sin esconder la euforia colectiva ante el encuentro que pronto se haría real.

El ambiente era frío, ventoso, el sol tímido resaltaba los rieles metálicos en sus filas rectas e interminables. El cielo sin nubes se opacaba con los vapores en alto del tren que así anunciaba su llegada.

Mi abuela Lolita estaba entre aquel grupo de gente, su rostro denotaba ansiedad y expectación, los dos niños pegados a su cuerpo esperaban reconocer uno y conocer la otra a ese personaje borroso llamado papá.

Una banda militar tocaba unas notas melancólicas de alguna canción olvidada, los vestidos de colores parecían moverse lentos al ritmo de la brisa.

Se escucharon los sonidos ensordecedores de los frenos del tren, los vapores llenaron el ambiente de la estación, los gritos de júbilo, las sonrisas y también los llantos de niños como aludiendo al dolor por los que no regresarían.

Los hombres bajaban, vestidos con sus uniformes verdes, las botas oscuras de militar, muy poco equipaje y nada en la mirada. Se oían algunos gritos de bienvenida, de sorpresa y los abrazos repartidos entre familias que se reunían.

Lolita y los hijos parecían estatuas entre ese tumulto concentrado. Hasta que por fin lo vieron: el hombre alto, vestido como todos, venía caminando con dificultad, llevaba unos bastones pegados al cuerpo y en el pie izquierdo arrastraba un yeso enorme.

Lolita levanta la mano saludando, los niños pegados aún a su falda. Él tiene una expresión indescifrable. Ella muchas lágrimas en el rostro aliviado con trazas de cansancio. El abrazo largo, largo como todos los que no se dieron en el tiempo de ausencia. Las palabras entrecortadas de ese momento imaginado muchas veces.

El recién llegado mira al niño y lo levanta como sus bastones se lo permiten: era como reencontrarse consigo mismo. Mira a la niña y hace una mueca, le da un beso en la frente, luce perplejo y confundido.

Lolita le dice quién es, repite el nombre de la pequeña. Allí queda la foto petrificada en el tiempo. Aquel reencuentro teñido de una desconfianza labrada en la oscuridad. Esa niña, ¿hija suya?

 

El mantel

La mesa está puesta y los platos preparados con primor, los aromas llenan los espacios de la casa. Lolita está sentada en la cabecera, los hijos ocupan sus puestos y del otro lado de la mesa, el coronel. Hombre de mirada profunda, expone sus manos sobre el mantel y a un solo gesto empiezan los rituales del almuerzo.

Es domingo y por eso todos deben estar reunidos, no hay otra alternativa, así es como sucede todos los domingos y feriados.

Cada uno de los comensales tiene una imagen en su mente que de una manera sutil se expresa en ademanes,  miradas,  gestos. El coronel, por ejemplo, está en medio de las batallas cruentas que tuvo que vivir en la guerra del Chaco, con sus historias escabrosas de hambre, sed y enfermedad… Pero la sopa de tomate que tan bien prepara su esposa le hace variar la escena y observa de frente a Nely, la que un día fuera niña, ahora una joven hermosa, piensa en cómo puso en duda tantas cosas: ella es su vivo retrato.

En la mente de la joven desfilan sus sueños de universitaria, feliz y despreocupada, vislumbrándose con su título, pero la sopa de tomate y la mirada de su padre la traen a la realidad, vuelve a preguntarse el porqué del rechazo que siempre había sentido de él, con esa sensación que carcome por dentro.

El hermano mayor llena su mente de colores y pinceles dibujando paisajes, calles y también las expresiones femeninas que tanto lo atraen; esas imágenes de futuras creaciones que se diluyen en la sopa de tomate como caricia materna, en contraste con la mirada que el padre le lanza y le recuerda la imposibilidad de seguir una carrera artística con el argumento de “hazte hombre y estudia algo que te dé para vivir”.

La mente de Lolita es un listado completo del menú para el próximo cumpleaños, piensa lo importante que es darle cabida a toda la fantasía de la que es capaz, imponiéndose retos de ese orden, eclipsando así las sensaciones originales de su corazón que ya no piensa en las exaltaciones de su juventud o en los momentos románticos de ensoñación. La realidad brutal es que se debe al coronel que tiene al frente, y la sopa de tomate le sabe amarga.

El almuerzo ha llegado a su fin, las imágenes creadas por cada uno se han diluido y caído sobre el mantel como regueros de sopa, manchas caóticas mezcladas de expresiones, necesidades, pasiones, reclamos que carecen de bordes definidos y  se han fijado en la tela, la cual  ahora cuelga al sol en las cuerdas del patio para purificarse y ojalá rehacer las roturas entre sus hilos.

 


 

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