Li Briceño Jiménez

 

Tocar sus manos es mi refugio y el orgullo de ella: las cuida como pieza de porcelana, las nutre, le molesta que la piel se vaya manchando y definiendo surcos.

–  Son manchas de reina- le dice el dermatólogo-, doña María, usted tiene las manos más lindas que estos ojos han visto, y eso que todos los días veo cientos de pares.

Se ruboriza y le contesta: – ¡Qué muchacho este y sus cosas, ya están viejas y arrugadas!

– ¡No le digo que no! –le contesta él con picardía-, ¡pero son bellas!

En silencio escucho el diálogo, adivino la triste melancolía de los años que lleva encima, la preocupación sin enojo del tiempo que le parece interminable pero a la vez tan corto… Sentí sus manos de niña entre las manos de mi abuelo atrapando calor, y también cada una de las tareas que esas manos han trabajado desde que soy su hija y ella mi madre; me dejo llevar a los momentos en que cortaban la tela y unían retazos, y como sacados de una revista de moda extranjera, nuestros vestidos, dignos de admiración.

Recojo de las páginas de su vida las veces que el olor a macarrones inundaba la casa y más allá, a mis amigas de travesuras limpiando el plato con el pan para no dejar gota de salsa, ver llegar a los compañeros de mi hermano y la tarde de pizzas convertirse en fiesta.

Esas manos siempre hicieron “un poco más” por si alguien lo necesitaba: dieron el primer baño a sus nietos, tejieron ropas y mantas con las que salieron del nacimiento a sus casas, sanaron rodillas raspadas, hornearon galletas y queques con olores que no se disipan; tienen la bondad de transformar pena en alegría y la certeza de crear belleza en las cosas simples.

Hoy nuestras cabezas están platinadas y sus manos siguen siendo mi arrullo, el lugar seguro donde la tristeza desaparece y la vida recupera su calor.

 


 

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