La validez de las emociones; la belleza de vivir: su valentía. Engendrar; el paso del tiempo; las palabras ocultas, violentas o regeneradoras; el amor, la soledad, la pérdida, la vejez, la muerte: con naturalidad.


Mamá

Crecí en los alrededores de Moravia, por aquel entonces, casas grandes de clase media, barrios abiertos, oyendo a las madres que llamaban a sus hijos al ser las seis. Crecí oyendo a las otras madres gritar y llamar a sus hijos, pero la mía nunca me llamó.

Recuerdo a mamá acostada por horas en su cama, cuando vivíamos en Guadalupe. Mamá enmudeció desde ese día en que mi hermano de 17 años murió. Mis hermanos y yo no solamente lo perdimos a él, sino de alguna manera a ella. Mamá se silenció, se tiró en una cama a llorar a su niño amado sin lograr ver a sus otros seis hijos escondidos detrás de la puerta viéndola sufrir.

Pasaron muchos meses y mamá siguió llorando, hasta que un día papá se acercó a la cama y le dijo: “yo también me acostaría como vos, pero ahí afuera quedan muchos. ¡Levantate!”. Y así lo hizo.

Mamá se levantó de la cama nada más; su mirada siempre estuvo dirigida hacia otro lado. Guardaba comida a su hijo que nunca llegó, su cuarto quedó intacto así como su clóset, a pesar de que el espacio ocupado era necesario con tanta gente en la casa.

Mamá se fue a trabajar a su kínder, ataviada de negro rígido que vistió por más de dos años; regresaba a mediodía a descansar, no sé muy bien a cuál casa regresaba, porque a la mía nunca llegó, siempre lejana, ajena, triste.

Sentada en la terraza, la veo de lejos y la quiero sacudir, la quiero hacer entrar en razón y que entienda que yo la quiero, pero sobre todo que me es difícil quererla cuando ella no se deja.

Pide que nos acerquemos y cuando lo hacemos nos aparta a manera de juego, pero duele siempre. Ella lo sabe…, y no quiere -creo-, pero no puede. Apenas se da cuenta de su grosería, disimula y se pone sensible y nos habla de colibríes y amapolas que a nadie le interesan, ni siquiera a ella misma.

Prefiero perdonarla, una y otra vez, honrarla, ¿pero quererla? Todos los días lo intento.

Unos días se deja, los menos, los otros me ofende, se encierra, divaga entre el yogurt y la cuchara y de repente me dice que se siente sola. Le contesto: “aquí estoy, ¿qué necesitás?” y me dice:” gracias mamita, pero con vos no me siento acompañada”.

Con el tiempo entendí que no era desamor, sino más bien lo contrario. No se quiso apegar a nada ni a nadie, por si la vida le arrebataba de nuevo otra parte de ella.

Me alejo por días, recuerdo su vida y regreso cubierta de un vestido grueso de amor, que ella se encarga de ir quitando prenda por prenda hasta que me deja desnuda de nuevo y sonríe.

Agnes Balmaceda


Primer día de cuarentena

 

“Me levanto. Me visto. Tomo el bolso. Bajo las escaleras despacio, con cuidado. La calle está completamente desierta. ¿Me he perdido de algo?

-Es prohibido salir, cuarentena -dice el policía.

-¿Desde cuándo? ¿Qué ha pasado?

-Virus. Llevamos 200 días.

-Vaya. Tengo problemas de memoria. He vivido el primer día 200 veces.

Alla Jilobokov


Torta de chocolate

 

Es una flor que parece entre margarita y girasol, con unas pelusas densas y blancas que la recubren y le dan un aspecto despeinado, con pistilos que se asoman, como buscando el sol. La tienen en el rincón más iluminado de la casa. A la flor de los Andes se le empiezan a crispar los nervios. Parece sentir que se avecina otro pleito porque se la ve contraída, distinta a un rato antes del primer grito.

La discusión sigue en la sala. Y a la flor le da la sensación de que quien grita más fuerte se achica, y quien calla se hace cada vez más grande.

La niña, que pasa desapercibida en la escena, piensa que si les acerca la maceta con la flor de los Andes a ese par de peleones, una magia puede suceder. Por ejemplo, que los pistilos escupan polen y los haga estornudar o frotarse la nariz… que las pelusas se escapen y les den cosquillas, que se metan a sus ojos hasta hacerlos llorar y así ya no se peleen más. Pero nada de eso pasa.

Así que toma la maceta y se va a ver qué hace la Nonna en la cocina.

__ Pon la flor arriba del aparador y ven a ayudarme –le dice la Nonna a la niña.

__ ¿Qué preparas? –le pregunta emocionada la nieta, porque sus comidas siempre son deliciosas.

__ Ya la comida está lista –le responde la Nonna–… Baréniques, pollo y papas al horno, arroz arreglado con fideos fritos, una ensalada de remolacha y otra verde. De postre, mamules de pistacho y almendra con helado. Solo me falta la torta de chocolate –recalca la abuela.

La niña y la flor tiemblan al mismo tiempo.

Al principio la nieta trata de disuadirla, le dice que hay mucha comida. Pero la Nonna insiste en que la torta de chocolate no puede faltar. Al parecer, ella no se da cuenta de que en los almuerzos nadie come su torta de chocolate, que siempre hay excusas para no comerla… “Que estamos llenos, gracias”, “que la próxima”.

Entonces la Nonna siempre les prepara paquetitos con la torta de chocolate para llevar a la casa, que terminan en el basurero porque ni a los perros les gusta.

En la sala, los tonos elevados de la discusión continúan.

En la cocina, la flor y la niña se preparan para ver cómo hace la Nonna para que una torta de chocolate quede asquerosa.

1 ¾  taza de harina

2 tazas de azúcar

2 huevo

1 barra de mantequilla

1 ¾ taza de leche

¼ de taza de chocolate negro sin azúcar

1 cucharadita de polvo de hornear

1 cucharadita de esencia de vainilla.

Hasta ahí, todo bien. Lo normal de una torta.

En eso, alguien pega un grito fortísimo en la sala que las hace saltar. La flor escupe finalmente un pistilo que va a dar a la mezcla.

Y de manera vertiginosa, la Nonna empieza a buscar sobros de comida. Lo que encuentra a su paso lo va echando a la mezcla de la torta de chocolate: se topa con las cáscaras de almendras y las pone, salsa de garbanzo, hojas de parra y un pedacito de pollo.

Conforme el pleito sube en decibeles, la mezcla se agranda y la Nonna mueve la masa con frenesí. Hasta que se oye un portazo, los gritos desaparecen, se hace un silencio y la Nona decide que la mezcla está lista.

La flor se ve radiante, siempre despeinada pero radiante. Y la niña, en ese instante, se alegra de que exista esa torta.

Agradece tener una abuela que sabe de alquimia: de amores, hace mamules, reshicas y borrecas exquisitas que todos disfrutan y esperan cada sábado. De angustias, tristezas y soledades, hace tortas de chocolate.

Etty Kaufmann


Sororal

 

El primer quince años al que me invitaron fue el de Grettel Chavarría en el Club Unión, en el viejo, el de antes del incendio. Grettel era mi compañera del colegio, además una buena amiga, poca de andar en vestido, buenísima jugando fut o básquet.  Así que parte de la emoción de la fiesta era ver a Grettel en un vestido largo.  Porque todos los vestidos de fiesta eran largos. Ella eran tan generosa que, por ser la única hija mujer, se dejó el pelo más largo para que la pudieran peinar como la abuela quería, con el vestido que las tías escogieron, ellas organizaron la fiesta que todas ellas habían soñado, con la guía del famoso Miguel Saborío, gran amigo de la familia alajuelense, quien vistió, peinó y maquilló a Grettel, decoró, organizó y definió cada rincón de la fiesta.

Desde la puerta principal del Club se observaban las escaleras imponentes, se abrían para ambos lados en el descanso y decoraron esa pared con un abanico gigante y arreglos florales. En la mesa principal, sobre un vidrio rectangular, el adorno consistía en un queque con 15 escaleritas y en cada una, una muñeca de traje largo, como princesitas. Los centros de mesa eran jaulas rosadas con flores y dos palomas blancas. Había una mesa de mujeres, otra de hombres y la mesa para las mamás. En cada rincón del salón, un gran esmero en la decoración.

Cuando la orquesta de Paco Navarrete inició la música, comenzó el desfile. De primera Grettel, del brazo de su padre. Con su vestido largo color turquesa, escote en uve y mangas cortas bombachas, la tela suave, plegada, con aplicaciones de flores grandes, se parecía al vestido de la Cenicienta de Disney.  Bajo el vestido, escondido, estaba el fustán de dos alambres circulares que colgaban de la cintura y a medida que bajaban se hacían más grandes.  Grettel y su padre habían ensayado el vals todo un mes.  El temor de ambos era no mantener la distancia apropiada, que el alambre se levantara como una campana y la ropa interior de Grettel quedara al descubierto. Todo salió bien, bailaron lindísimo y la emoción de todos fue la misma.

Entre los muchachos había uno alto, de ojos claros que me miraba.  Bien, todo resuelto, ya tenía compañero de baile. Se inició el set. Y si en la primera canción no te sacaban a bailar, te tocaba quedarte sola en la mesa las seis canciones. Mi mesa se fue quedando vacía, solo mi amiga Gaby y yo quedamos. Cuando veo al machito acercarse y me invita a bailar. Con la mejor de las sonrisas, con las palabras que me salían del alma le digo: “Ay muchas gracias, la próxima sí”.  Esperaba que comprendiera que no podía dejar sola a mi amiga Gaby. Solita en esa inmensa mesa. Esperaba que fuera tan caballero e inteligente para comprender que ahí se jugaba la fidelidad con mi amiga.  Entonces extendió su mano hacia Gaby, ella se levantó como un resorte y dejando el halo de su perfume en la mesa, partió hacia la pista de baile.

Congelada en el tiempo y en el espacio, me fui a refugiar a la mesa de las mamás, pensando en la fidelidad de las mujeres con un nudo en la garganta.

Nunca, nunca dejé a nadie sola en la silla en medio de una mesa inmensa. El machillo llegó a sacarme a bailar tres veces, las tres le dije que no…

Felicia Morales

 


 Silencios

 

Una punzada en el abdomen, una sensación de vacío bajo los pies, caída libre.

Eso siente Lidia cada vez que sale de la casa y tarda más de lo previsto. ¿Pero qué significa eso? Ni ella misma lo sabe.

No le gusta salir de noche, no va a tanda de nueve con sus amigas y ni a cenar después, ni a tomarse una copa de vino con algún muchacho. A pesar de ser pintora no le gusta la vida bohemia de tragos y trasnochadas.

Va de la casa al estudio y del estudio a la casa, los sábados hace las compras en la mañana tempranito, rápidamente para no tener demoras.

¿Cuándo perdió el gusto por las celebraciones, por las reuniones, por las confidencias frente a un café? Se pregunta si alguna vez disfrutó de la vida y de sus pequeños placeres.

Trata de llegar al origen del encierro autoimpuesto, siente una estocada en el pecho y la mente se pone en blanco…o en negro, porque lo que ve es un túnel largo, frío y oscuro. Se ve dentro de él y se siente totalmente perdida y sola.

Una noche de rayería se fue la luz, entonces se sentó en el piso con las piernas cruzadas al frente, se recostó a la pared un poco inquieta en aquel ambiente sin sonidos. Quería pensar, recordar.

De pronto volvió al hogar de su niñez: se vio en el fondo de su cuarto, sentada entre su cama y el ropero, escondida inmóvil, atenta a los sonidos, dispuesta y a no ser ni vista ni escuchada, muda.

Revivió las largas horas de angustia, revivió los silencios.

–   Llegó papá, quédense quietecitas, mejor no brinquen, salgan al patio y jueguen allá, en el fondo del jardín.

Luego la cena, siguen las restricciones: – Mejor le dicen solo a mamá cómo les fue en la escuela, papito viene agotado, viene de trabajar mucho.

–   Niñas, mejor hoy no vean la tele, es que papá necesita descansar. No les voy a leer cuentos, lo tengo que acompañar mientras se duerme, le gusta que yo esté cerca cuando está tan estresado. Tal vez mañana pueda contarles muchas historias de las que les gustan.

–   Levántense sin hacer ruido, se bañan y se van a desayunar sin conversar para que no despierten a su papá, pasó mala noche, tiene que reponerse. Seguro mañana va a estar bien, va a estar contento y tal vez pueda jugar un rato con ustedes.

Pero mañana nunca llega. El día siguiente es igual al anterior, el siguiente también y el siguiente.

En sus dibujos no aparecen personas, solo habitaciones grises. Ella dibuja silencios.

Todo está claro ahora. Y, en todos sus cuadros, empiezan a aparecer muchos colores y gente feliz. Su primera obra fue un autorretrato en el que se dibujó una boca muy grande.

Guisella Flores


Hortensia

Como acero candente a 2000 grados centígrados disparó el insulto hacia el cuerpo de la mujer que tenía enfrente.

¡Malnacida!, escuchó ella… Su mente se obnubiló de repente. La zaranda de su cráneo quiso pasar la voz, pero esta no logró penetrar el casco.

Le costó asimilar la palabra y la hizo sílabas: Mal-na-ci-da. Mal, mala, sucia, bastarda, heces, caca, las asociaciones se convirtieron en zumbidos sin traducción que se fueron colando como remolinos por el cuello y por el plexo solar hasta llegar a su vientre.

Sintió el espasmo hecho corriente eléctrica. Ahí todo paró.

Malnacida se sublevó y lanzó el sartén hirviendo a los pies del dueño de la voz. Lo vio saltar, brincar hasta el techo, vociferar y convertirse en acero fundido.

¡Lo vio derretirse! Quedó hecho un remolino informe de metal doblado, con la cabeza en medio de sus piernas quemadas, carbonizadas…

Malnacida se fue corriendo a la pila y buscó un balde de agua fría para echárselo encima y apagar las brasas.

No le dio tiempo. La casa entera estaba en llamas y solo ella se salvó.

Logró escabullirse al jardín donde vio las flores recién nacidas y reconoció los pétalos de las hortensias sembradas en noviembre.

Les echó el resto del agua y zarandeó la tierra para sembrarse junto con ellas. Y volver a nacer, hecha flor.

Ileana Piszk


El nido

 

Lucía dio un paso atrás, vio su silueta desnuda en el espejo empañado del baño, una curvatura delicada sobresalía y juntaba sus diminutos senos con el sílfide nido.

–¡Soy un ave!…, de plumas escarlata, de pico fino y puntiagudo, ojos de una oscuridad casi azabache y pómulos diluidos en rojos. ¡Sí, soy un ave! –sonreía frente al espejo de niebla condensada–. Un ave diferente que lleva su nido por dentro, hecho de ramitas, de fibras, de hojas como hilos, y tejo…, sin tener agujas de herrumbre, sin punto ni revés; solo tejo para adentro, miles de puntadas que ya perdieron su inicio y su final, que se estiran y ceden para acomodar – volvió a sonreír y llevó adentro caricias acurrucadas de lentos movimientos.

–¡Sos un ave, sos mi ave! – le dijo acercando su voz susurrante- y siento en cada movimiento el juego de las emociones, las que suben hasta mi corazón y lo llenan de piruetas, las que se acomodan y me conducen al suspiro de vacío, me cortan el aliento y hacen que busque aire frío para acallar el rubor en el cuerpo.

Dio media vuelta y de espaldas giró su cabeza para seguir mirando.

– Ya no tengo cintura, el nido ensanchó mi piel hasta atrás, es fuerte, veo sus raíces, se aferra al árbol… Somos dos en uno.

Li Briceño


Doña Antonia, la de la Zona Azul

 

Tengo 100 años y mis días, quiero decir todos mis días, son un temblor constante. En la mañana no hay problema, me siento bien, las nietas me ayudan con el baño y me sacan al solar, allí recibo el sol fresco de las mañanas.

Les doy de comer a las gallinas, ayudo en lo que puedo desde mi silla de ruedas. Tengo un palo largo de bambú con el cual alcanzo hasta los mangos, empujo la puerta, subo los hilos de tender la ropa y juego con los güilas. En cierto momento me quedo dormida, la verdad me quedo dormida a cada rato.

Samaria y sus hijas me hacen la vida lo más cómoda posible. Samaria, la octava, que pensé que no iba servir para las cosas de la casa, era despistada de güila, pero resultó la más responsable. Ella y Victoria son las que más me atienden, otras viven en San José, me visitan cuando pueden o llaman, pero otros ni llaman.

Les ruego que me pongan a hacer cosas de la casa porque si no, me aburro y siento que no sirvo para nada.

Entonces ellas me dejan escoger frijoles, darles de comer a las gallinas, doblar ropa, cuidar los perros y regar matas. Cuando les pido, me dejan palmear tortillas. “Ya Abuela, ya se calentó mucho en este fogón, le hace mal.”

Así vivo, dando quehacer.

Después de almorzar me pasan al corredor y me acuesto, y allí empieza a temblarme todo hasta la noche. Dice el doctor que es algo de los huesos. En la tarde me ponen los pies en un balde con agua tibia y hojas de mango con guarumo.

Para el café siempre pasa alguien del pueblo a conversar, a ver cómo estamos.

“Pues aquí sigo, como Dios quiere.”

Ya las nietas tienen sus hijos grandes, ya tengo dos tataranietos, familia grande. Ahora las muchachas pueden ir al colegio y trabajar bien, tienen buena plata.

Igual se enamoran, como yo.

Igual tuvieron hijos, como yo.

Igual son valientes y trabajadoras como yo.

Sí han cambiado cosas, claro.

Hay buenos caminos, electricidad, agua, clínicas y pulperías.

El amor sigue igual: por un hombre, un hijo, una tierra o un negocio.

El trabajo sigue igual, hay que levantarse temprano y concentrarse en lo que se quiere hacer.

El dolor y el desencanto siguen igual, con una traición o muerte de un hijo o una hija.

Pocas cosas han cambiado, la fe en Dios y en la Virgencita siguen igual.

Cuando no llueve en las tardes, la nieta hay veces me lleva a la plaza. Al principio me daba vergüenza que lo vean a uno tan cacharpeado y viejo, pero la verdad es que casi no veo de lejos y todos los conocidos ya se murieron.

Mis nietas me arreglan como si fuera a un baile y me ponen en la silla con una cobijita en las piernas.

La verdad me gusta salir, ver el pueblo, lo mucho que ha cambiado. Cuando recién llegué a esta villa no había ni camino. Con machete en mano empezamos hacer campo, luego casa, luego iban llegando los güilas.

Ahora hay buses, pulperías, hasta supermercados grandes, clínicas, electricidad. Solo reconozco a las hijas de amigas mías, algunas están peor que yo.

Visitamos a algunos enfermos. Siempre cociné y les mandaba sopas o tortillas a los enfermos. Lo siguió haciendo la hija y ahora las nietas. Nos echamos unos gallitos y sopitas y vamos a visitarlos.

Son gente encamada o enferma. Me gusta darles aliento. Dicen que si yo estoy tan bien a mis 100 años, ellos también lo estarán. Rezamos juntos, un poco, porque ya la gente no reza como antes, y seguimos a ver a otro. Luego me lleva a la iglesia donde le prendo una velita a la virgencita. Nos devolvemos saludando gente de camino.

Me tomo un atolito y ya me acuestan. Me rezo el rosario y me duermo como siempre, entre 7:00-7:30 pm como las gallinas, dicen las nietas.

Yo les digo que duerman más, se quedan despiertas viendo televisión y horneando. Les gusta hornear de noche. Los güilas se acuestan tarde. Ahora la gente duerme menos y vaguea más. Me alegra ver a mis muchachas siempre frente al fogón, les va bien vendiendo sus comidas.

Ligia Isa Salazar


Buscar una palabra

 

¿Una palabra? ¡A veces pierdo la memoria completa! Los anteojos, el teléfono, el lapicero, las medicinas y más. Con costos me encuentro yo cuando me veo en el espejo.

Llevo tres días leyendo textos viejos y escarbando el armario para encontrar escritos que sean adecuados a los temas de la exposición de Escritura Mágica.

Hace media hora abrí uno de los cuadernos, y todo lo que leo me parece que no es mío. Busco la fecha, pero el año no está. Los textos son muy buenos y ni siquiera recuerdo haberlos escrito yo.  Por minutos pensé que era el cuaderno olvidado de alguna compañera. Ahora me queda la tarea de empezar a pasarlos en limpio uno a uno y volver a encontrarme.

Tinta roja, tinta verde o turquesa que se desvanecen y habrá que reescribir el tema.  ¡Es divertido no reconocerse y encontrarse años después en otra forma de vida, en otras circunstancias que nunca hubiéramos pensado existieran!  Soy otra yo, es otro mi lápiz y son otras mis memorias.

Ya encontré la palabra que andaba buscando.

Me preocupa el olvido.  Pero no, estoy segura de que lo mío es un choque frontal de exceso de imágenes que se dan de golpes por ver cuál sale primero y cuál es la más importante, y será la que quede para siempre, impresa en mi memoria.

María Elena Pozuelo


Desdoblamiento

 

Sospechaba que se quería escapar y doña Ana, a sus 80 años, todavía se sentía fuerte para pelear. No quería dejarla huir, pero la otra bandida buscaba locamente alejarse y recorrió el espacio de arriba abajo con rapidez, zigzagueando por todos los rincones.

¿Cómo puede ser que esta viejita me gane?, se preguntó doña Ana indignada. Ella se mantenía firme, un segundo de descuido podría resultar fatal; cerró bien su boca, se tapó los oídos, intentó no respirar. Sentía caricias en el corazón, cosquillas en los pulmones, punzadas en el hígado. Se estremeció, un escalofrío, tal vez un poco de náuseas y miró donde la otra ya iba fuera triunfante.

La descarada flotaba por los aires, bailaba por la sala, revoloteaba en el comedor. Doña Ana, quieta y resignada, solo la miraba y no podía evitar sentirse perdedora.

-¿Para dónde vas? ¿Quién te va a querer?-  le preguntó.

La otra la volvió a ver con su figura borrosa como nube rosada. No le respondió y siguió con su baile.

-Volvé a mí, por favor – le dijo doña Ana en tono conciliador.

Ahora la nube se tornó gris y se notó la silueta de una mujer de pelo corto y vestido largo de mangas anchas, tez fina y muy delgada. Siguió bailando sin responderle.

Doña Ana pensó en cómo convencerla. Frunció sus cejas tupidas, se pasó las manos por su tez fina y bajó la cabeza, miró también su vestido largo de mangas anchas. Se decidió por el sentimiento, si es que acaso la otra tenía… Le dijo:

-¡Tantos años juntas, te aseguro que me vas a extrañar!… Y ni se diga yo a vos.

La otra se le acercó, doña Ana se emocionó, le brillaron los ojos, abrió sus brazos para recibirla, puso su mejor sonrisa y ambas se unieron en una danza. Recorrieron la casa dando pasos inimaginables para sus años. Doña Ana sentía su abrazo y la compañía silenciosa pero no estaba segura de sus intenciones.

El baile se hizo más lento, poco a poco disminuyeron los pasos hasta quedar una frente a la otra, inmóviles. La nube envolvía a doña Ana y ella sintió una paz infinita. Sobre su cabeza se posaron miles y miles de historias, de recuerdos.

La nube se separó y movió sus manos diciéndole adiós, ahora era de color blanco y alzó vuelo. Desapareció en medio del frío de la noche y, mientras tanto, a doña Ana no le quedó más remedio que despedirse.

Matilde Jenkins


Arden cepos y mentiras

(fragmento del capítulo IX de la novela “Una casa frente al parque”, de pronta publicación)

[…]

––¡La policía persigue a los manifestantes desde el Morazán hasta el Parque Central! –gritaron algunos al pasar–. ¡Hay muertos y heridos!

José Francisco logró reunir a familia y también a los amigos en el patio tras las gruesas paredes de la cocina.

––¿Quién no está en casa, Carlota? ¿Quién falta? –perdió la paciencia el marido.

––Isabel Cristina, María Dolores y Piedades –respondió Carlota corriendo hacia la puerta.

––¡Nadie se mueve hasta que todo se tranquilice! –indicó José Francisco con voz firme, y extendió sus brazos para que nadie saliera. Casi en un susurro preguntó a su mujer dónde estaban todas ellas.

Cruzaron miradas con rapidez Carmenza, Ema, Mariate y Carlota. Las cuatro mujeres sabían bien que, desde muy temprano, las ausentes estaban en el Parque Morazán junto a estudiantes, maestros y amas de casa con sus chiquillos, para apoyar el movimiento contra los atropellos del régimen de Tinoco.

––Salieron con Manuel rumbo a la finca esta mañana –fue lo primero que se le ocurrió a Carlota.

Mientras tanto, allá en el Morazán, las hermanas y Piedades no supieron en qué momento aquella reunión alegre y concurrida que bien parecía un paseo dominical familiar, se había convertido en un caos. Luego de los aplausos al discurso de la estudiante que solicitaba la reapertura de las escuelas y la restitución de los puestos a los maestros, los educadores más reconocidos -en señal de protesta- ahí mismo renunciaron a sus cargos.

Las ovaciones y cantos pusieron en guardia a la autoridad, quien ordenó de inmediato que los chorros de la “máquina apaga fuegos” dispersaran a los manifestantes.

Las madres corrieron para salvar a sus niños, la policía montada -con sus sables en alto- golpeaba sin distingo a diestra y siniestra a todo aquel que se les atravesara. Olores a sangre, a miedo, a humo se mezclaron en el aire con silbidos de balas que no acallaron las consignas: “¡Muera Tinoco!”  “¡Abajo el gobierno!”

Varios jovencillos, aprovechándose del desorden, con sus traveseos   interrumpieron el bombeo de agua, atascaron las boquillas de las mangueras y en un dos por tres, se detuvo el chorro de agua de “la apaga fuegos”.

Las Solís y Piedades, junto a un grupo de manifestantes, siguieron hacia el Parque Central, pero ellas se quedaron frente a la Catedral, como habían acordado con Manuel. Los demás corrieron a prenderle fuego al edificio del periódico “La Información”, diario oficial del gobierno de los hermanos Tinoco, para silenciar de una vez por todas sus mentiras escritas.

La violencia de esbirros y de policías contra los sectores populares insurrectos se desató con brutalidad. A escasos metros del automóvil que esperaba por Piedades y las hermanas, unos hombres maltrataban con saña a una mujer menuda hasta dejarla casi inconsciente en mitad de la calle. A María Dolores no le costó reconocer, a pesar de la sangre que manaba de la cabeza, las finas facciones de la niña María Isabel. Entre Manuel y un individuo fuerte -aunque también herido- la metieron dentro del automóvil de la familia Solís que arrancó de inmediato.

––¡No has vista nada, Manuel! –le dijo María Dolores mirándolo a los ojos–. En este automóvil, los únicos pasajeros hemos sido Isabel Cristina, Piedades, vos Manuel y yo…¿Queda claro? A este vehículo lo meteremos en el garaje, al fondo del patio. Cuando no se escuchen ruidos en la casa, es necesario que la niña María Isabel se resguarde en el cuarto de Ema. A este señor lo dejás en el tuyo…Apenas mis hermanas y yo podamos, nos encargaremos de la situación.

Isabel Cristina se volteó sorprendida porque nunca imaginó que la tímida y callada Mado hubiera podido manejar con esa energía y claridad una situación tan crítica. ¡Acababa de conocer una nueva faceta de su hermana! […]

Matilde Crespo Gallegos


Reciclaje

 

 Cuando Refugio y Cristóbal lograron divorciarse al quinto intento, todo cambió.

A lo largo del tiempo -42 años de unión que no fueron del todo alegres-, su casa se llenó de obras de arte que fueron adquiriendo con el entusiasmo del otro o sin él.

Refugio llegó a su hogar convencida de que su ahora exesposo no estaría.  Sentía un alivio indescriptible. Una paz que pocas veces había alcanzado en su vida. Introdujo la llave en el cerrojo, giró la perilla de la puerta y dio su primer paso. Al traspasar el umbral notó que no estaba el cuadro que la recibía día a día. En la pared quedó solo y vacío un marco grueso de madera oscura casi negra con labrado de flores. Miró a la izquierda y la pintura de lirios tampoco estaba. Un espasmo contrajo su vientre al igual que su respiración mientras avanzaba despacio observando los muros con los marcos desnudos.

Hoy, Refugio me recibe, estoy de visita en su casa construida hace varias décadas. Su diseño y decoración me familiarizan con esa tía abuela guardachunches, quien exhibe recuerdos de su vida por cada rincón.

Al ingresar por la puerta principal me sorprende al fondo, en el centro de una gran pared blanca, un marco grueso y de color café oscuro labrado de flores. A medida que me acerco veo que dentro del marco no hay una pintura sino otro marco y en el centro, un marco aún más pequeño, todos vacíos.

Nunca he visto algo parecido, así que alabo la creatividad de quien lo ha creado. Refugio me responde con una sonrisa cautivadora: “Puedes creer que Cristóbal cercenó todas las pinturas que habíamos coleccionado juntos, se las llevó y me dejó solo los marcos. Quise deshacerme de ellos al redecorar la casa pero, al ver que eran tantos, decidí reciclarlos.

Mireya Noboa


Asumir

 

Las mujeres de mi casa- me dice Eugenia- están hechas de un material muy extraño: no lloran.

En el caso de Marina, su mamá, dice que sus ojos están secos, que todas las lágrimas se le quedan estancadas en el cuello y por eso su voz sale trémula, las palabras también se le quedan atoradas y no pueden salir. De eso ya hace muchos años.

Leonor, su suegra, ella las contuvo, se juró que nunca un hombre la haría llorar y no volvió a llorar desde que se casó, aunque tuviera motivos para hacerlo. Joaquina, su hermana mayor, esa no llora, grita, grita y grita con mucha fuerza y más fuerte aún cuando lo que desea es llorar, con sus gritos marchita las rosas del jardín de Marina. Gloria, la hermana de Marina, anda siempre una cebolla, una tabla y un cuchillo en el bolso, ya no le importa el olor, solo quiere poder llorar de vez en cuando.

Facunda, su cuñada, en lugar de llorar, pare hijas, es una cosa extraña. Y en su llanto solo ha parido mujeres, mujeres que, por algún motivo familiar, tampoco lloran. Carmen, la hija menor de Facunda, cuando se cae, en lugar de llorar, se ríe. Patricia, la primogénita, en lugar de llorar, come; Alicia, la segunda, se lava obsesivamente las manos; Luz, la tercera, canta, canta y canta; Emilia, la cuarta y la más alta de todas, dibuja árboles sin ramas y ríos sin agua y casas sin puertas.

Pero yo -me dice Eugenia-, yo lloro por todas ellas.

Inunda el jardín y le sobra para regar las matas. Llora por lo que ellas no lloran, le siguen sorprendiendo los amaneceres y no se le agolpan en la garganta las lágrimas, y la hacen llorar las penas, y no grita porque el llanto no la deja, ni necesita cebollas en su bolso, y en lugar de parir hijos, pare lágrimas: llora cuando se cae; come poco y llora mucho; sus lágrimas lavan sus manos y cantan sus penas y sus alegrías; cuando dibuja, las figuras las borran sus lágrimas… Y así anda Eugenia por la vida, llorando por lo que no lloran las mujeres de su casa.

Marianela Regidor


La partida

 

Todo estaba en movimiento, aunque era inevitable la quietud.  El guindajo sobre la puerta era agitado por una leve brisa que entraba con cuidado por la puerta, sigilosa pero viva.  Ya era hora de la medicina y la anciana Etelvina lo sabía, porque también las manecillas del reloj pasaban de raya en raya, un segundero apresurado por llegar no se sabe adónde.

La mujer apretó su boca, decidida a no ingerir nada.

–¡Qué cansancio! –pensó–. Para qué, si aquí sigo igual y ya no puedo ver por la ventana. Me escondieron los anteojos, sería para no verme yo misma, transformada por esta enfermedad que le llaman pandemia no sé cuántos.

Su madre se había llamado Ethel, y pronunciar este nombre le sonaba celestial. Pero a ella le pusieron Etelvina, qué diablos habían pensado; fueron los demás, pues Ethel murió en el parto.

Puso mucha atención, escuchando los perros ladrar en el barrio, unos más cerca, otros menos, algunos lejanos.  Se comunicaban así, como sucedía con otras cosas, ellos estarían contando que ya le tocaba la medicina.  Había que cerrar los ojos para tomársela, no es que supiera mal, es que era el afirmar que seguía enferma. Como nadie le decía qué tenía… Aunque lo había adivinado, se enojaba a veces y otras, se quedaba dormida.

En uno de esos lapsos que despertó, oyó como una visitante exclamó:

–¡Pero eso en la pared es un óleo de Teodorico Quirós!

Lo miró por primera vez, eso le parecía, y observó la armonía en los colores, sobre ese volcán Barva bañado de múltiples verdes.

–Sí, él sabía pintar –se dijo.

Etelvina, que había estudiado Artes, decidió hacer su propia versión:  imaginó el lienzo blanco y los tubos de color abiertos, ansiosos por esparcirse.  Tomó su brocha favorita y minuciosamente embarró ocres y su amarillo limón que era el predilecto.  Mezcló un violeta para el cielo y después de aplicarlo varias veces, lo vio desvanecerse entre los ladridos de los perros y la brisa vespertina que volvió a pasar, con cuidado, para llevársela consigo.  Etelvina se dejó ir, liviana y serena, con el lienzo bajo el brazo.

Peggy Taylor


La sortija de compromiso

 

Mordí el mango y aunque estaba dulce sentí unas fibras amargas. No me importó y seguí mordiéndolo hasta encontrar el hueso.  Y es que cuando uno pierde el miedo, la mordida llega hondo y no te sorprende descubrir sabor alguno.

Descubrir, encontrar; ¡cuánto me hubiera gustado encontrar la sortija que me compré en Florencia cuando apenas empezaba a sentí el sabor de la libertad!, brillaba desde su azul extraño y me gritaba, ¡quiero estar en tu mano, en el dedo de compromiso, para que recuerdes que estás casada conmigo!

¿Casada conmigo?, ¿es que uno puede casarse con una misma? Y me brillaron los ojos con el azul extraño y abrí la cartera para darme el regalo.

¡Perderlo me angustió! Lo busqué por todas partes.  Unos meses más tarde, a miles de kilómetros de distancia, en una vidriera encontré su clon, y esta vez no esperé a que me deslumbrara ni a que me repitiera la pregunta. Lo volví a comprar para no olvidarme del compromiso.

Pero las cosas perdidas siempre traen encuentros inusitados, y buscando mi sortija encontré el certificado de nacimiento de mi abuela. ¡Qué loca casualidad! Yo que pensé que nunca más iba a ver ese papel amarillo que me recordaba mis raíces.

Mi abuela me hubiera dicho: “busca una cinta de seda, amarra a San Dimas de la pata de la mesa y pídele que tu sortija aparezca”.  Confieso que lo hice pero no resultó, y tuve que decidir por segunda vez comprometerme conmigo misma.  No llevé velo blanco, pero sentí la lluvia de arroz sobre mi cara y vi a todos mis antepasados presentes en una ceremonia que voy a celebrar una y otra vez, aunque vuelva a desaparecer esta sortija y no encuentre otra igual en alguna vidriera del camino.

Roxana Brizuela

 


 

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