Tere Menéndez De Mucha

 

Los Coronel y Quintanilla eran provenientes de Lora del Rio, Sevilla. Migraron hacia América, el nuevo mundo, del que mucho se hablaba pero poco conocían. Llegaron en una travesía por mar que duró cuarenta días; arribaron en la madrugada al puerto de Veracruz: a lo lejos divisaron gaviotas y un faro encendido dándoles la bienvenida. Ese mismo día inició la aventura hacia San Juan Bautista, ubicado en el sureste mexicano; sus primos que ya radicaban ahí, les consiguieron una casa rodeada de portales al frente de la plaza de Armas, en el corazón de la incipiente ciudad.

San Juan Bautista era un lugar inhóspito, rodeado de ríos y pantanos. El sol era tan intenso que ni bajo la sombra se sentía un respiro. El bochornoso calor hacía imposible mantener la ropa en perfecto estado; atrás quedaron los vestidos de sevillanas y el olor a azahar de los naranjos, así como el clavel en la solapa que usaban los caballeros en los tiempos de feria.

En Tabasco el bullicio lo hacían los grillos, no las guitarras tocando flamenco; y los insectos eran de tantas variedades que se podía hacer toda una exposición de cada especie.

Adaptarse al nuevo mundo, muy lejos del suyo, no fue tarea fácil. Los Coronel zarparon de España una tarde de primavera con sus siete hijos: cuatro varones y tres hembras.

Lucinda era la más pequeña, una niña de cinco años traviesa y juguetona con cabellos dorados y ojos azules como lirios de agua, su rostro pálido y nacarado contrastaba con el de los lugareños.

Como toda niña le gustaba jugar y encontró en Macaria, la hija de Remedios la empleada de la casa, una compañera ideal para sus juegos.

Al contrario de ella, Macaría  danzaba descalza por los pasillos de mármol de la gran casa, vivía sin preocupaciones, sin importarle si el moño del pelo estaba bien puesto, no usaba vestidos con fustán ni crinolina, ni nada que raspara sus piernas.

En el mágico mundo de la niñez no existen diferencias, ni por el color de la piel ni por la posición social: la química entre ellas fue inmediata, podían pasar horas recogiendo hojas del jardín en todas las tonalidades del verde, otras veces jugaban con sus muñecas, cambiando la ropa y colocándoles collares creados con lazos de su madre. Maca observaba las muñecas hechizada con sus grandes ojos morenos; en cambio Lucinda jugaba con la canasta de mimbre con la que hacían las compras del mercado.

Dos mundos, dos historias y una amistad que sólo duró mientras eran niñas.

Pero aún hoy, cuando los años pasaron y las canas llegaron, Lucinda sentada en su mecedora, recuerda con nostalgia el rostro moreno de su amiga Macaria.

 


 

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