Paola Fonseca Rojas

 

Demos el primer paso, que ver el mundo desde el suelo tiene sus ventajas.

Los zapatos son de mi papá, bueno, eran, pero él aún no lo sabe, pues hace años que no va todos los días, a las 6:00 am, a La Venus.

Mi abuelo, don Juan, tuvo una barbería por más de 60 años en el centro de San José, a un lado de la Catedral Metropolitana, y por más de 30 años mi papá y mi tío Alberto, mejor conocido como Pollo, se encargaron de las sillas de los costados, pues abuelo siempre trabajaba con la silla del medio. Las tres majestuosas sillas rojas y un caballito blanco con cojín color vino eran parte de lo que veían los zapatos, con el privilegio de tener la lengua pegada, entre cordones, para saber escuchar y no hablar.

La Venus no consistía solo en los antiguos lavatorios con grifería de un siglo que ya se olvidó, sus sillas y el caballito. La Venus reunía las historias de todos los rincones del país que traían los clientes en sus zapatos. Los zapatos de mi papá caminaban el día de cabeza junto con un pantalón negro perfectamente planchado que competía con el engomado de las camisas blancas de manga corta.

Pocos minutos después de las 6 a. m, y todos los minutos hasta las 7 de la noche, llegaban señores muy elegantes y otros sin talante a hacerse la barba y recortarse el cabello: un magistrado, un diputado y el que vendía helados en la esquina eran hermanos de pelo en La Venus.

Un día y otro día, con el pasar de los años, se les unieron los zapatos de un periodista que pasó a documentar el paso del tiempo por La Venus, tiempos en que todos los primos, sobrinos, nietos y amigos paseamos los zapatos por la loza amarilla de la barbería, entre la seriedad del abuelo, los chistes de mi papá don Alfredo y el silencio de Pollo. Todos sonriendo y bien recortados.

Hasta que las carcajadas dejaron de competir con los gritos de cambio que se oían cada vez más a menudo en la calle, la zona se llenó de vendedores que tiraban su basura en la acera, y la ruidosa nueva parada de bus creaba una nube oscura con cada arranque del camión. Los zapatos dejaron de entrar a La Venus, encantadora por dentro, una más afuera, entre la creciente ciudad.

Los dejo por ahora, tengo que explicarle a mi papá por qué no encuentra sus zapatos…


 

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