Ana Portocarrero González

 

Venir del mar Caribe a San José de vacaciones significaba muchas cosas. Uno, que viajaríamos todo el día en tren y que por lo tanto alguna de mis hermanas o yo haríamos un berrinche para sentarnos en la ventana. Dos, que por quince días unas tías que veíamos poco pero queríamos mucho se dedicarían por completo a consentirnos desde la mañana hasta la noche. Tres, que también habría pleito por dormir en la cama de bronce, no por el bronce sino por lo alta que era. Cuarto, que todas las mañanas nos darían pan del que comía mi abuela con aquel líquido ámbar de sabor dulce pero que también nos metía en problemas con ella y con las tías.

Sentadas en la mesa larga del comedor, en la antigua casa de madera del barrio la California, mis hermanas y yo observamos a mi abuela Pita desayunar. Ella coge un bollito de pan y lo unta con mantequilla y miel. Sus manos temblorosas tienen un poco de dificultad para llevarse aquel trocito de pan a la boca. Al fin lo logra y toma también un sorbo de café con leche. Todas queremos hacer lo mismo, poner miel al pan que estamos comiendo. Tratamos de alcanzarla, pero mi abuela Pita en un movimiento rápido  coge la miel y la pone cerca de su cuerpo, no permite a nadie tocarla. Empezamos a molestarla, tratando de alcanzar aquella botellita de color ámbar y sabor dulce, pero ella se enoja y empieza a llamar a mi tía Julieta. -Julieta, Julieta vení, ve a estas chiquitas. Mi tía ve lo que pasa y corre a la mesa trayéndonos otra miel. –Esa miel es intocable- nos advierte mi tía-.Tienen que coger de esta otra.

-Pero no sabe igual- decimos todas.

-¿Cómo que no sabe igual? Si es idéntica.

Terminamos de desayunar y ninguna quiere levantarse. Ahora mi abuela con sus dedos todavía untados de miel empieza a separar su largo y abundante cabello en tres partes, hace con él una trenza y luego un moño que va sujetando con pequeñas y abundantes prensas negras. Todas nos quedamos mirándola, nos encanta verla peinarse con los dedos llenos de miel, nos reímos queditito, nadie se mueve, hasta que una de todas se levanta y tira de una de las prensas, enojando por supuesto a la abuela y a las tías.

Nuestras vacaciones en San José vivían esta escena cada mañana.

Por alguna razón es el recuerdo más completo que tengo de mi abuela, una granadina nicaragüense que vino a Costa Rica con mi abuelo Alfonso, médico de profesión, a fundar el antiguo hospital de Turrialba

Nos contó una vez que había salido de viaje y que cuando regresó a Nicaragua, asistió a un evento social y al entrar todos los presentes murmuraron: “Entró, vio y venció, ¿quién es ella? “Ofelia Lacayo Marenco”, contestaron a coro.  Contaba mi abuela que hasta en los periódicos había salido la noticia de su triunfante regreso, con todo y su fotografía.

Cuando veníamos a San José de vacaciones a visitarla y veía a aquella viejita encorvada y artrítica, yo me pasaba buscando dónde había entrado mi abuela, a quién había visto y a quién había vencido. Nunca lo encontré. Para mi Pita siempre había sido la viejita encorvada sentada en una mecedora como las que salían en las cajas de galletas o las postales de Navidad.

 


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