Alla Jilobokov 

 

Había un mapa extendido en la mesa, dos vasos y un pichel de agua sobre el viejo mantel bordado a mano. Sergey Belov estaba alistando la mochila. Tomó unos libros del alto librero esquinero, se quedó unos segundos pensando, escogió uno y puso el resto de vuelta en la repisa. No podía llevar muchas cosas, solo estrictamente lo necesario. Se quedó pensativo. ¿Qué necesitará en el frente de una guerra?… ¡Cómo lo iba a saber!

Sergey era el Secretario Regional de Potrebsouz (Unidad de las Provisiones Regional), un puesto muy importante entre los altos mandos del partido Comunista de la Rusia Soviética. Una persona muy importante y respetada.

Como un relámpago se le vino a la mente aquel día hacía pocos meses. El país paralizado frente a los aparatos de radio. En las casas, en las plazas, en las fábricas. La voz tan conocida de Levitan, el famoso locutor. Una voz baja, pausada, anunciando que la Unión Soviética fue brutalmente atacada sin previo aviso por el ejército alemán. El mundo quedó en pausa. Los 145 millones de corazones habían parado de latir en el mismo instante. ¡Estamos en guerra!

Sergey sacudió la cabeza, tratando de volver al presente.

-¿Será casualidad? -se preguntó una y otra vez-. ¿Será casualidad o estoy siendo paranoico?

Se devolvió unos meses atrás en su mente. Recordó la cara de tovarish Baudinov, el Secretario General del Partido Comunista de Beloe Celo. Sus ojos fríos con un brillo metálico. La sonrisa casi imperceptible en el rostro momificado.

-Tovarish Belov, Sergey, necesito un par de kilos de mantequilla para mi uso personal.

-No puedo, tovarish Baudinov, estamos en guerra, tengo un mandato de distribución de provisiones de acuerdo con las directrices del Partido. La prioridad es el frente. Lo siento mucho, no puedo -le había contestado Sergey sin más.

¿Habrá cometido un error? Sabía muy bien que lo que le estaba pidiendo Baudinov no era un favor: fue una orden. O más bien una amenaza.

-Pase, pero rápido- le dijo a Maria, su esposa.

Maria, una mujer bajita, fornida, de rasgos fuertes, carnes pronunciadas, acostumbrada al trabajo pesado, pero no muy buena con las palabras y aún peor con las emociones. Su rostro estaba hinchado de llorar. Se quedará sola con sus tres niñas. Sola en medio de una guerra.

¿Por qué, Serezha? Si tenías el bron*, eres intocable, el partido y la gente te necesitan acá, no puedes ir al frente, no te pueden mandar. ¿Será que se puede hacer algo? ¿Hablar con tovarish Baudinov? Él sabe, debe haber sido un error. No te pueden mandar. Por favor, Serezha, deja tu orgullo. Este orgullo tuyo y la rectitud no te van a llevar a nada. No me dejes sola, no me dejes.

Maria sabía que se estaba cometiendo una injusticia. Sentía que había algo detrás, algo oscuro, algo oculto. Pero igualmente sabía que su Serezha nunca se lo iba a contar. Ella se había casado hacía ya casi 15 años con el hombre más recto que jamás había conocido. Orgulloso, inteligente pero inflexible e incorruptible. Idealista y soñador. Creía plenamente en el Partido y en un futuro brillante para su patria adorada. Pero intervino la guerra.

Gertruda, la segunda de las tres hijas de Maria y Sergey, mi madre, tenía tan solo seis años en el verano del 1941. Lo recuerda muy vagamente, pero lo cuenta una y otra vez. La historia de su padre y cuando lo vio por última vez. Una historia muy común, contada y vuelta a contar en miles de familias rusas. Algunos tuvieron la fortuna de volver a ver a sus padres, hijos, hermanos que se habían ido a defender a su patria. Gera no tuvo esa suerte.

Había llegado el día. Se fueron los cinco, Sergey, Maria y las tres niñas, a la plaza de Beloe Selo, la pequeña ciudad donde vivían. Había mucha gente. La energía de la multitud se sentía muy diferente a cuando se reunían para las celebraciones. No había banderas rojas, ni pancartas, ni las fotos con las caras de Lenin y Stalin. Había muchos pañuelos húmedos por las lágrimas. Unas lágrimas reprimidas y calladas. Las mujeres fuertes no deben llorar. Deben mostrar orgullo y determinación. Deben ser fuertes, prometer a sus hombres que los van a esperar sin importar nada y apoyarlos desde su lugar.

Gertruda estaba desconsolada. Lloraba a moco tendido. ¿Para dónde iba su papá? ¿Cuándo iba a regresar? Ella era su favorita, tenían una conexión especial, un hilo que los unía corazón con corazón, alma con alma. Ella heredó los ojos de su papá, la única de las tres. Los ojos color cielo de un día frío de invierno, un celeste con destellos grises. Su papá siempre había sido un hombre serio, pero sus ojos brillaban distinto, sonreían revelando unas pequeñas arrugas en las esquinas de los ojos. Sergey, como buen ruso, nunca fue muy afectivo, no procedía, no quería malcriar a sus hijas con sentimentalismos. Él quería criar a sus mujercitas fuertes, para que fueran capaces de volar al espacio o morir por su patria. No era severo, era justo y comprensivo, pero el amor lo demostraba en una forma muy suya.

-No llores, hija -le decía Maria a Gertruda-. Papá volverá, ya verás, no nos puede dejar solas. Ya verás, va a volver.

Si tan solo Maria pudiera creer en sus propias palabras…

Los hombres se estaban despidiendo. Abrazos tímidos, caricias contenidas, besos en el cachete. Muy inapropiado mostrar los sentimientos en público. Empezaron a montarse en los camiones de carga. Se iban en estos con unas bancas en los cajones cubiertos con lonas para la lluvia. Los llevarían a la estación de tren y de allí al frente.

Sergey iba a subir al cajón de uno de los camiones. Varios brazos se extendieron para ayudar al hombre muy querido y respetado por unos y temido u odiado por otros. Gera se colgó del pantalón de su papá.

-No, papá, no quiero que te vayas.

Maria la agarró, tratando de detenerla. La niña se aferró al pantalón de su padre como una garrapata, con toda su fuerza menuda. Los ojos celestes de Sergey brillaron con lágrimas.

Los camiones empezaron a moverse. Gertruda empezó a correr detrás del camión. Esta niña nunca supo rendirse. Nunca. Hasta la fecha, ni a sus casi 85 años… Aprendió que la vida te puede quitar lo que más quieres.

Creí haber escuchado todas las historias de Gertruda, mi madre. Me había sorprendido lo poco que sabía. Hasta me había preguntado: ¿Será que nunca puse suficiente interés a mi mamá y sus memorias? Me conmocionó un poco este pensamiento.

Gertruda creció en un pueblo lejano de la vida capitalina de Rusia. Un pueblo cerca de Siberia. En un punto del vasto espacio entre Moscú y las Montañas Urales, más cerca del norte y del círculo polar. Una ciudad que dejó de existir a mediados del siglo pasado. Se quedó en el fondo de un lago artificial al construir una nueva represa hidroeléctrica. Parte del plan de electrificación de Rusia.

Gertruda y sus hermanas y primas solían caminar todos los días cinco kilómetros ida y los mismo cinco kilómetros de vuelta para llegar a la escuela. Y después se pasaban las tardes patinando, jugando voleibol o haciendo travesuras con los amigos.

Recordando esta época de su vida, Gertruda se queda pensativa y cae en cuenta de lo dura que fue. Lo diferente que fue, comparada con la realidad en la que están creciendo sus nietos tanto en Rusia como en Costa Rica. Lo excitante que fue.

 

 


 

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