A los 70 años Fabián Dobles publicó su última novela, Los años pequeños días, elogiada por su prosa vital y estructura contemporánea, la cual recibió el Premio Áncora de Literatura 1989-90.

 Se convierte en la biografía incompleta del autor, lo que faltaba por contar y por eso hay un sutil tono de nostalgia por lo ido y de abrazo gozoso por lo vivido y presente. Vuelve a la base de su compromiso social, a la esencia de sus sueños.

Esta novela de Fabián Dobles, un autor tan querido y necesario, fue escrita en otro tono, otra clave, otro lenguaje. Pero al igual que todo lo que escribió, nos pone frente a la esencia del país que somos y nos obliga, a veces sutil y a veces brutalmente, a mirarnos en perspectiva y a revalorar.

“En LOS AÑOS, PEQUEÑOS DIAS, quizá la más experimental de las novelas de Fabián Dobles, confluyen, adquiriendo una novedosa y compleja expresión narrativa, varias de las preocupaciones centrales de la novelística costarricense en general y del escritor en particular: la preocupación por el lenguaje; el problema del tiempo concebido en su doble faz, como tiempo interior y como tiempo histórico; el problema de la relación individuo‑familia‑sociedad; el problema de la tradición y el progreso o del cambio en la continuidad.

Pocas veces en la novelística nacional ‑quizás únicamente en las novelas de Joaquín Gutiérrez- se había logrado, como en este texto, un trabajo tan arduo sobre el lenguaje, que resolviera la vieja escisión entre el idioma literario y el idioma vernáculo, sin caer en un español estandarizado y artificial, o en un costarriqueñismo costumbrista igualmente artificioso.

Así de innovador es el tratamiento del tiempo y de la estructura narrativa. El viaje de un hombre de setenta años a la tierra de su infancia, se convierte en un viaje a través del tiempo y la memoria, en una compleja indagación de los vínculos entre conciencia y realidad, que es también indagación en las estructuras familiares y sociales que las conforman. Concebida como novela autobiográfica o confesional, el narrador que cuenta la historia en primera persona expresa un constante desdoblamiento personal y temporal: es el hombre viejo que se ve a sí mismo como niño con cierto distanciamiento, como siendo al mismo tiempo otro (algunas veces se refiere al niño en tercera persona como mi niño o mi muchachito) y él mismo, ya viejo, que al contemplar desde el recuerdo las experiencias del niño, recupera y reelabora el pasado con la perspectiva del futuro”. Alvaro Quesada Soto.

 

 

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