El corazón sitiado
Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

Tomado de: icat.una.ac.cr

 


 

Todos lo sentimos y lo sabemos. Llegó el momento crucial del rediseño de nuestra sociedad: es ahora o… ¿nunca? Se dispersaron hace rato nuestros comunes espacios de convivencia en estratos brutalmente diferenciados y en estilos de vida tanto fragmentarios como múltiples.

Urge recuperar la conexión ante la avalancha que tiende a desperdigar en pedazos irrecuperables un eje aglutinador, y volver a reunir la fuerza centrífuga de una identidad digna que subyace hoy enajenada.

 

Hay una novela en el panorama de la literatura costarricense y centroamericana que nos permite ahondar en esa posibilidad y en los peligros que la acechan: El Sitio de las Abras, de Fabián Dobles, Medalla de Oro en el Certamen Centroamericano 15 de Setiembre de Novela (Guatemala 1947), considerada una de las obras señeras de nuestra literatura, la cual subió hace poco al escenario del Teatro Nacional como un cocuyo que da señales en la oscuridad. Sencillamente, porque en ella vibra ese linaje susceptible de reagruparnos y devolvernos la fe en quiénes podríamos ser: una nación de corajudos que se abren campo sobre la tierra para lograr asentarse como sociedad en paz y en armonía. Nos advierte, desde sus más de sesenta años: “Cuán lejos se hallaban los Vegas de saber que, con la venta que acababa de hacer el bonachón de ñor Vargas, empezaría la peor pelea: la del hombre contra el hombre”.

Aurelia Dobles.

El personaje joven de la parte final de la novela, Martín Vega Ledezma, se refiere así a la generalidad de los costarricenses y, por qué no, de la humanidad en sus inicios: “¿Quién no tuvo un abuelo que, alguna vez, fue dueño de su vida y de sus propias cosas?”.

Desde luego, El Sitio de las Abras actualiza la iniquidad e injusticia de la derrota humana, a causa de su peor error: el olvido de lo que nos recuerdan los mayas, “yo soy otro tú”, y la zancadilla de “la peor pelea: la del hombre contra el hombre”.

Vista con ojos contemporáneos, la novela refleja en ecos el insidioso proceso de despojo actual que, pese a nuestro origen heroico y solidario —como sus personajes telúricos—, vivimos de nuevo, ahora dejándonos arrancar lo más valioso que teníamos: la paz social. Un clásico es eso: una metáfora que no cesa de ampliar su círculo concéntrico de interpretaciones.

El Sitio de las Abras deja claro que nuestro origen no es en absoluto de campesinos pachorrudos ni resignados, aunque sí sembradores de paz y de respeto, con un sentido natural de la vida. “Se vive para vivir”, como declara uno de sus protagonistas.

“Estaban edificando las abras, nuestras antepasadas las abras, madres de todos nosotros y de nuestros hijos, esas que están olvidadas bajo las sementeras de hoy y cubiertas por el hojarascal de los tiempos”.

El afán de los pioneros de El Sitio de las Abras es el de hacerse “un lugar sobre la tierra”, y ese Martín postrero vuelve a encender la esperanza por un futuro que ya había anunciado su bisabuelo, ñor Espíritu Santo Vega, al decir en su lecho de tierra: “Algún día los tiempos serán otros”…

Por cierto, esos tiempos ya nos atropellaron, y no hay más tiempo: estamos al borde del abismo o casi colgando en él. El sitiar consiste hoy en rodear y sofocar los ideales y las virtudes de un linaje digno, despojándolo de sus riquezas espirituales, pero también de su lugar en el mundo, al deformarnos en capas de inequidad creciente y al estimular un afán consumista de lo ajeno. Ahora el espacio propio se limita a cercarse: aislarse en el precario con sus propias reglas, en el predio sobreviviente o en el ostentoso barrio o condominio individualista con guarda a la entrada, se olvida aquella convivencia comunitaria.

Es esa la vigencia de El Sitio de las Abras, no solo desde el punto de vista de entender de dónde venimos, de conocer el esfuerzo de nuestros ancestros honrados y valientes, como sus personajes Espíritu Santo y Dolores Vega, o Martín Villalta, sino desde un arco parabólico que esclarece lo que se nos ha venido encima desde la garra de la “libre competencia”. No olvidemos que la novela prefigura también a la generación perdida, los que son como el atarrá —colmena que se cae del árbol y se pudre en el suelo, sin raíces—, como el frágil tío Remigio y el amargo Marcelino.

Entonces, lo universal de El Sitio de las Abras topa a esa miríada incesante de hombres y mujeres que, ayer, hoy y esperamos que ya no mañana —porque la justicia cundirá al fin sobre la tierra—, buscan su lugar sobre el planeta.

Las nuevas generaciones merecen tomar conciencia de los orígenes colectivos de nuestro país y poder definir su identidad futura con la fe que otorgan las raíces bien asentadas y la advertencia del gran error que subyace en el corazón humano: la voracidad del egoísmo. El Sitio de las Abras brinda esa oportunidad con belleza y honda humanidad.

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