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Con merecida justicia, celebramos en este año el centenario del nacimiento de Fabián Dobles, uno de los mayores novelistas de la literatura nacional.

Con merecida justicia, celebramos en este año el centenario del nacimiento de Fabián Dobles, uno de los mayores novelistas de la literatura nacional. Su producción se caracteriza por estar sumergida en el universo cultural agrario. Más aún, Fabián puede considerarse como el último y el más grande representante de ese realismo social, con el que no pocos historiadores de nuestra literatura afirman haber nacido con el siglo pasado la literatura nacional, al menos, la novelística.

La obra de Fabián debe ser ubicada en una de las más fecundas y sobresalientes tradiciones literarias de nuestro país. Forzoso es compararla con algunos de sus más destacados representantes. Don Joaquín García Monge en su novela El Moto, en el inicio de su producción literaria, y en Las hijas del campo, a finales de su breve y prometedora producción novelística, asume una visión trágica ante la situación del campesino al verse este enfrentado al rechazo en sus legítimas aspiraciones de llegar a ser reconocido como un ser humano pleno (El Moto); o la degradación a la que el incontenible proceso que caracteriza al surgimiento de una cultura urbana alternativa a la tradición rural somete a nuestras “mujeres del campo”. Claramente influenciado por la estética naturalista imperante en los sectores de vanguardia de las letras francesas (Zola), don Joaquín carece en su producción novelística de una concepción dialéctica y solo ve un desenlace fatal de la trama, que da una atmósfera trágica a su creación literaria. Sus personajes inspiran sentimientos de solidaridad y compasión, pero carecen de un aura épica; no hay esperanza, el círculo se cierra sin atisbos de solución. Por el contrario, el costumbrismo que le siguió a las obras de García Monge con las producciones de Magón y Aquileo Echeverría, el mundo rural y sus inolvidables personajes campesinos son vistos con mirada de ojos citadinos a los que dan placer el lenguaje de estos personajes, más pintorescos que reales, sus costumbres y su hilarante ingenuidad. Es la cara inversa del universo literario, estético e ideológico de don Joaquín. Por su parte, Carmen Lyra le da un tono antimperialista a su relato de corte rural. Finalmente, Adolfo Herrera García (Fofa) compañero de luchas e ideología de Fabián, en su única y hermosa novela titulada Juan Varela, nos ofrece el mejor antecedente de la obra de Fabián. Es dentro de este contexto que debemos ubicar el aporte del ahora homenajeado Fabián Dobles, a quien, insisto, considero el mejor y mayor representante de esta significativa tradición literaria hoy fenecida.

Como homenaje a Fabián Dobles, el novelista por excelencia del campesino costarricense, merecen destacarse los rasgos épicos, insertos en una estructura formalmente dialéctica, de su obra maestra: El sitio de la abras. El hecho de señalar al pequeño o mediano campesino de la Meseta Central como forjador de la nacionalidad costarricense y a Costa Rica como un abra fecundada con el sudor y la honradez un tanto ingenua de ese personaje cuasi mítico, hace de su acción – el abra – una gesta y del campesino un héroe mezcla de mito y de realidad. Ñor Espíritu Santo Vega se convierte de persona de carne y hueso con mujer e hijos en personaje y protagonista de una gesta épica: la de fundar una nación, compuesta por “enmontañados” como nos llamaba Constantino Láscaris, pero que, luego de la Independencia y con la creación en el siglo XIX del Estado Nación, se habrían de convertir en ciudadanos, es decir, en sujetos de derecho sin por ello perder su alma de abridores, viendo siempre en su país un “sitio” donde siempre se debe construir un “abra”. El mensaje del autor es claro y lo insinúa con acentos que nos recuerda al maestro García Monge: una Patria es un proceso, una obra nunca terminada, por lo que siempre se debe construir; de ahí que solo se puede expresar poéticamente, es decir, recurriendo a las categorías prerracionales en que se expresa el tiempo mítico, dado que nadie puede ser testigo consciente y lúcido de su propio parto. Siempre se vive comenzando la vida como en el primer día, deslumbrado por los rayos de un sol que despunta al amanecer; el alba es una aurora; la patria una esperanza, fruto del amor eterno de sus hijos. Mas, como todo parto, la nueva vida viene acompañada de angustia y dolor, de sangre y estertor. Así, el ser humano de generación en generación hace que la tierra, confrontada dialécticamente gracias al trabajo, produzca la base material de la vida, le dé sustento al trabajador, el pan de la comida. La patria es eso: el suelo nutricio, la forjadora de pueblos, la madre común, la que da la libertad y la dignidad a sus hijos. Del tiempo mítico emerge el tiempo histórico, que hace de la acción humana continua un evento objetivo; mientras el tiempo vivido configura la conciencia subjetiva y nutre la vivencia existencial. Sin embargo, desde la perspectiva del sentido común, el proceso se da a la inversa: el tiempo existencial o vivencia subjetiva construye a los humanos como individuos, el evento se hace posible gracias al tiempo histórico y, con ello, hace de los hombres personas; finalmente, gracias a la imaginación creadora el poeta forja a los humanos en su dimensión mítica y los asume como personajes de novela. El relato novelístico narra, es decir, vierte en palabras bellas y textos admonitorios el itinerario existencial que lleva del individuo a la persona y, finalmente, lo trasmuta en personaje.

Pero como estamos inmersos en una obra con intenciones iniciáticas (Bildungsroman), la técnica empleada por Dobles es la propia del narrador omnisciente más cerca de ese realismo social que puso fin con Balzac al romanticismo imperante en las primeras décadas del siglo XIX y abrió las puertas a la novela contemporánea. No obstante, nuestro autor no olvida su deuda con el realismo socialista. Del realismo socialista Fabián Dobles toma la dimensión dialéctica que caracteriza a la lucha de clases, contraponiendo como polos irreconciliables y generadores de violencia a la familia de los Castro, usurpadores de tierras que los convierte en representantes espernibles de la oligarquía criolla, con la familia Vega, a quienes nuestro autor asigna el honroso papel de fundadores de la nación-abra y, por ende, hace del pequeño y mediano campesino de la Meseta Central el prototipo del costarricense y representante por excelencia de la identidad nacional. Finalmente –lo cual hace de nuestro autor un precursor genial del realismo mágico a lo García Márquez– Fabián introduce personajes ajenos al mundo cultural agrario de los Vegas y Castros, como Martin Villalta y su descendencia que provienen de la naciente cultura urbana nacional truco novelístico que tiene su noble antecedente en el deus ex machina de la dramaturgia griega. La esperanza de plena liberación de la clase campesina, amenazada de total expoliación por parte del voraz terrateniente, irrumpe como un grito de esperanza que se contrapone a este diabólico destino gracias al liderazgo del nieto de Villalta que, no por casualidad, lleva su mismo nombre, Martín Vega, pero con el apellido de Ñor Espíritu Santo, el patriarca fundador del abra. Martín-nieto organiza un sindicato de corte clasista que enfrenta a los descendientes del terrateniente Antonio Castro, cuyo libidinoso hijo muere ajusticiado por la mano vengadora de sus víctimas (¿homenaje de Fabián Dobles a la literatura y el cine provenientes de la Revolución Mexicana, cuya sombra y herencia dominaron toda la primera parte del siglo XX en Nuestra América?). El tiempo histórico termina por imponerse.

Pero Fabián Dobles, el luchador comunista, no pone punto final allí a su obra cumbre. La novela termina, como no podía ser menos, con una nota de esperanza henchida de anhelos de justicia y arreboles de utopía en el siguiente texto: “Y Marcelino, descubriéndole a Martín que puede sonreír, sonríe!” para finalmente lanzar el grito desafiante anunciando la victoria final: “!Pero le ganamos la partida!”. El tiempo histórico, propio de la lógica dialéctica que rige y da sentido al evento objetivo, convierte los hechos en actos perpetrados por seres humanos; pero la magia del arte literario le insufla dimensiones de inmortalidad dándole al tiempo formas circulares que le imprimen rasgos épicos. De esta manera, la lucha por la tierra se puede interpretar hermenéuticamente como el nacimiento de una nación formada por gentes luchadoras y hambrientas de justicia y dignidad, que el autor en otra de sus obras señala como “Ese que llaman pueblo”.

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