¿Nuevos bajo el sol?

 Hace 30 años una novela costarricense ya había abordado el tema del abuso sexual de los curas católicos

 Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

En Suplemento Cultural del ICAT.UNA: www.icat.una.ac.cr/suplemento_cultural/index.php/en/guia-de-perdiz

 

Acaban de pasar, se supone inflamados de novedades, la Feria Internacional del Libro y el Encuentro Centroamérica Cuenta, y en su seno los escritores dieron vueltas en torno a la sempiterna pregunta… “Allí vienen con la preguntita…”, solían decirse socarrones uno al otro hace mucho más tiempo, Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez cuando los asaltaban con la mismitica inquietud: “¿Lo que escriben es biográfico?”-.

 En un par de conversatorios del reciente Centroamérica Cuenta, narradores extranjeros en boga vuelven -como en la noria- a dilucidar si escriben historia familiar, ficción, realidad, o invención. Como si la cuerda flexible y viajera entre realidad y ficción al escribir tuviera que decantarse hacia una u otra, cuando la verdad literaria es oscilante y la una se alimenta de la otra y viceversa. Rescato del español Ray Loriga en uno de ellos: “La memoria es el territorio de la identidad, lo demás son emociones volátiles”. Y al chileno Pablo Simonetti: “La memoria es una gran ficcionadora, inventamos nuestros recuerdos”.

 Ellos y otros narradores de fuste fueron convocados a hablar de las historias familiares como tema literario. ¡Vaya descubrimiento del agua tibia! Y no por su culpa sino por plantear como novedoso algo intrínseco al misterio literario.

 Muy a propósito me acordé de la última novela de mi padre, Los años pequeños días, Premio Áncora de Literatura en 1989. Tanto tiempo transcurrido desde su publicación parece demostrar que en este país los noveles escritores leen mucho a los foráneos pero no a los propios, o los olvidan pronto.

 

Comienzo del capítulo IV de esa novela:

 

Querida mamá:

Los días se nos volvieron años, los años se amontonaron como pequeños días, usted un día de esos se acabó, ya está, se fue, nunca más qué tal, mamá, tan viejecita e inofensiva que se nos fue haciendo, adiós para siempre jamás, y aquella carta, la última que me escribió, se quedó para nunca contestar.”

 

No idealiza la nostalgia Fabián Dobles al abordar el espacio de enigmas que es una familia. Esta novela, elogiada en su momento, quizás sea la única o de las pocas de la literatura centroamericana en asumir con franqueza y a la vez elegancia, un tema tabú que ya no lo es, pues la realidad está saltando actualmente con él por sus fueros: el abuso sexual de algunos sacerdotes católicos.

 

Me encontraba por completo acorralado por dios y todos los santos, el cura, usted, ustedes, y la maldita advertencia que este me había hecho de que si lo revelaba me sucedería como al amiguito de un famoso santo, jovenzuelo a quien un ángel le arrancó la lengua por haberle confiado a un compañero las intimidades que estaba obligado a mantener en secreto como manifestaciones misteriosas de amor entre amigos, que la iglesia, madre comprensiva y amorosa, consentía y disculpaba merced a muy sabios designios incomprensibles aún para un adolescente.

 

¿Verdad que usted no podía imaginarse entonces nada parecido? O ¿ya lo había de algún modo llegado a sospechar?

[…]

 

“Usted acudió, ay mi madre, cuando ya había pasado un tiempo que no terminaba nunca durante el que aprendí a defenderme dentro de la jaula como un tejón encuevado, y esté tranquila, señora, nada grave sucedió conmigo adolescente. Por entonces convertido en un mozalbete muy sabido y practicón del modo de existir que la vida me había impuesto –aparentar y más aparentar–, sé muy bien y ahora lo confieso que mi hasta aquí con el colegio y mi cuento del profeta San Malaquías solo fueron ardid teatralizado, una imploración callada que le hacía para que comprendiera mi al borde de la desesperanza. Quería salir al mundo de lo real y verdadero y romper con toda aquella demente carajada dentro de la cual venía arrastrándome y que había comenzado a revelárseme en toda su oculta intención poquito a poco…”

[…]

 

“Claro que esa vez no hubiera podido contarle de qué modo el reverendo intentó violar a su domesticado y crédulo protegido la noche anterior a caer éste enfermo de aquel en lo profundo voluntario soponcio. A la hora de comida, como a veces solía ocurrir, vénganos en tu reino una copa de buen vino. Después, de sobremesa, un coñaquito. Para antes de acostarse –dormían en el mismo aposento–, luego de algunas peripecias non sanctas que se tenían en secreto sagrado por gestos de amicísimo ritual, un fuerte copetín tras otro de escocés etiqueta negra, y al calcular que su paje, doncel o adolescente Patroclo ya podía encontrarse a punto de caramelo para la consumación del dionisíaco empalamiento, lo empujó desnudo a su cama y… allí fue Troya. Salir al corredor que comunicaba con los otros dormitorios para gritar auxilio y así revelar a todos lo que estaba sucediendo, ni pensarlo, sería espantoso. A más de que arriesgaba que un ángel vengador de no se sabe dónde ni de qué manera ni por qué demonios le arrancara la lengua, nadie habría de creer cuanto un infeliz seminarista tendría que achacar, para justificarse, al santo varón que ahí y fuera de ahí representaba la ley y el orden divinos. Y entonces se sacó desde lo hondo del vientre la vomitada más atroz que pueda imaginarse. Arcada tras arcada, aquello se disparaba e iba cayendo a trechos abundantes sobre la cama y el piso y salpicando pared y velador entre quejidos que más parecían rugir de fiera herida, y al final se tendió en su propio catre y se hizo el muerto, mientras el sacerdote, desesperado, se mesaba los pelos y no se rasgaba las vestiduras porque en ese momento no las llevaba encima.

 

El lío fue para éste, que se vistió en un tris y en un tras salió por el pasadizo a llamar a su sirviente para que limpiara toda aquella porquería y cambiara sábanas y fundas y entretanto que esto sucedía el maricón se simulaba consternadísimo y muy enojado.

 

–¡Cómo puede ser, se trastornó, Dios mío, se trastornó de la cabeza! ‑explicaba‑. Mientras oraba con mi breviario en el reclinatorio de mi despacho –que daba al dormitorio– lo oí llamar y lo encontré tambaleándose y haciendo esta asquerosidad, todo sea por Dios. Debe de haber cogido la botella del armario y, claro, se bebió tamaño poco, yo no sabía que fuera tan inclinado al licor, qué barbaridad, nunca lo hubiera creído.

 

Yo no estaba ni muerto ni dormido y todo lo escuchaba, madre, todo, pero me sentía mal, muy mal. Al día siguiente no quise levantarme ni comer ni beber porque me mandé a vivir y sólo yo, conmigo solo, podía sacarme del pantano sin hablar. Mi ángel de la guarda así me lo ordenó desde el fondo de mí, y es él, que aprendió a escribir, quien ahora se lo expli-ca. Usted nos perdonará si la hacemos sufrir a retrotiempo. El quien dijo ya has principiado a aprehender porque te obligaron a asomarte al infierno de la desnuda verdad que se enmascara detrás de la mentira. Vas a sentirte de hoy en adelante un iniciado, diferente de los demás muchachos, puesto que has recibido lecciones muy singulares que te facilitarán la comprensión de cuanto te rodea. En lo futuro desconfiarás de los primeros planos. Habrás de guardar por largo tiempo bajo siete llaves toda esta experiencia porque no hay por el momento otro remedio, mas te vas a sentir a gusto moro sin señor conforme se te aclare cómo en tu corta historia personal, ya lo irás descubriendo, se refleja mucha historia humana, lo que te impulsará a poner los pies sobre la tierra de modo firme y racional. Llegará el tiempo cuando te reirás de todo eso y entenderás su verdadero significado, ya curado de espantos”.


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