(En el 2015, a propósito de la FILU -Feria Internacional del Libro Universitario- en la UNA, dedicada a Fabián Dobles)

Al observar en estos días -a tres años de que se cumpla el Centenario de su nacimiento y a dos del 20 aniversario de su  muerte-  los actos de valoración y de aprecio hacia la obra de Fabián Dobles y hacia su figura, como este tan destacado en la UNA en el seno de la Feria Internacional del Libro Universitario, es imposible dejar de pensar en la ley de causa y efecto.

Reflexiono: ¿qué sembró papá que está cosechando perennidad así? Y entonces la certeza: tanto amor por su gente, por su pueblo,  por los más sencillos e invisibilizados,  ahora que aún observamos tanta indiferencia por los más acongojados;  amor también de parte de Fabián por la naturaleza de nuestro país espléndido, él de corazón campesino que matizaba sus días sembrando aguacates, papas, maíz, limoneros, perejil, y tanto amor cultivado por la lengua española en su quehacer, Fabián hijo amoroso de su lengua materna ahora que tanto descuido campea en el manejo del lenguaje.

En cada uno de sus libros plasmó papá ese amor por la humanidad, con mirada que no discriminó, que no despreció, con justicia para tratar los asuntos de quienes menos tienen. Asimismo era Fabián en su vida cotidiana, verbo hecho libros pero también verbo hecho carne, no solo palabras, con sencillez y camaradería hacia campesinos, obreros, empleadas, oficinistas, pregoneros, vendedores, mendicantes, estudiantes, amas de casa, profesionales e intelectuales. Todos volvían a ser Uno en su gesto acogedor de caballero de fina estampa, como a menudo le decía esta hija suya.

Si hacemos un repaso por sus libros, por todos ellos sin excepción, identificaremos esas semillas como legítimo acervo de lo mejor de nuestra identidad. Sus libros todos reflejan el profundo amor por una identidad costarricense fundacional, sin caricaturas, sin esperpentos, sin burlas, sin lejanía, quizás solo con la sabia ironía de la vida, las paradojas de la vida, señal de las mejores obras de la literatura universal.

Aguas Turbias, su primera novela, escrita al albor de los 22 años y publicada cuando contaba 24, escarba en la psicología de un joven del campo agreste, y es este gañán uno con el paisaje en el tormento que siente por dentro, al par que la vida campesina desfila sin antídotos por las páginas, como en toda la narrativa de Fabián Dobles, suavizada por una inevitable aura poética. Esta novela primeriza fue escogida por un jurado, entre quienes figuraban Joaquín García Monge y Roberto Brenes Mesén, entre otros, para participar en un concurso de novela latinoamericano junto a una novela de Yolanda Oreamuno y otra de Marín Cañas. Es interesante que la escribió casi al tiempo de su otra novela de primera juventud, Ese que llaman pueblo, distintas en tono y asuntos. Ese que llaman pueblo, novela coral, de variopinta muchedumbre de pobres deambulando por la urbe, es considerada por muchos la primera novela costarricense de temática urbana.

¿Por qué Ese que llaman pueblo es novela tan lograda tan pronto en su andar? Hay que decir que Fabián fue un escritor precoz; aprendió a leer a los 4 años y en las pulperías de su pueblo de crianza, Atenas, compraba con pocos céntimos, junto a su hermana Margarita -otra gran intelectual ella-, unos libritos de cuentos que luego ambos leían subidos en un palo de aguacate. Se aprendió jovencillo todo el diccionario de memoria, bueno llegó hasta la letra g, y a los 15 años se leyó el Quijote entero, libro al que volvería a menudo.

Escribió Fabián en “Consideraciones sobre literatura”:

 “´Un buen libro es aquel que no deja al lector intacto, sino que le lanza un reto para que algo se transforme dentro de él o en el mundo fuera de él´. Guardé este pensamiento como cuando, de niño, juntaba y guardaba un guijarro de colores extraordinarios encontrado al azar junto a algún río. Agregaría, desde  luego, que ´sin imaginación, el escribir no es arte, sino un medio educativo´. Que para escribir ´no basta el talento, sino que hace falta el buen gusto, brújula del talento´. Y que, por supuesto, los artistas genuinos no siguen escuelas: son estas las que los persiguen a ellos”.

Papá pergeñaba también poesía desde mucho antes; luego, con poemarios como Tú, voz de sombra, Verdad del agua y del viento, que por cierto acaba de reeditar la EUNED, ganó el Premio Centroamericano de Poesía 15 de setiembre en  Guatemala. En sus Obras Completas, tomo V, podemos paladear esta veta suya.

Diríase que la vena social de Fabián es indeclinable,  incluso en la poesía, por esa necesidad suya de visibilizar las luchas y congojas de su pueblo, al que empezó a conocer de cerca cuando niño en el consultorio de su padre, el doctor Miguel Dobles Sáenz, médico rural. Por la crudeza de las vidas de los protagonistas de sus libros, por las injusticias en su sobrevivir, hay quien lo ha clasificado en el naturalismo, o en el realismo social a secas, pero hay más en Fabián Dobles: es realismo matizado por la esperanza, por una poética del paisaje, por la mira siempre en la capacidad de empuje, de valentía, de resiliencia, de solidaridad de sus personajes. Jamás en sus obras hay burla ni pesimismo, sino dignidad, respeto y admiración por las gentes y sus visicitudes. No en balde, sus amigos de luchas políticas y sociales fueron también grandes escritores y compartieron la generación de oro de la literatura costarricense del siglo XX: Carlos Luis Fallas, Joaquín Gutiérrez, Adolfo Herrera García, herederos de Carmen Lyra y de García Monge.

Vuelvo a la semilla que sembró Fabián: ese amor por su pueblo que hizo que siempre dignificara a sus personajes, que nos legara la bondad intrínseca de una identidad costarricense arraigada en la naturaleza y en la solidaridad con los otros.

“Un escritor… debe dar a su vida un valor útil y de servicio a sus semejantes, espera que se encuentre en su obra, además del fin estético, conjuntamente con él, un afán consciente de ennoblecer la existencia, buscar lo justo y destacar lo positivo incluso, a veces, a través de lo negativo”.

Dijo Fabián en el artículo,  “Excursión por entre el cuento”. La Nación. 31 enero 1970.

Después vendrían los cuentos de La Rescoldera, también de temática campesina, reflejo de situaciones de sobrevivencia, acordes con las experiencias que él observó desde pequeño y que complementaría con su paso por el Patronato Nacional de la Infancia y la Caja Costarricense del Seguro Social como abogado principiante, profesión esta que dejó por el llamado a luchar hombro a hombro con los necesitados, más que por buscarle ganancias a su profesión.

La vida diaria de Fabián y su familia fue dura en esa época porque la guerra del 48 lo dejó en el bando de los perseguidos, y él no huyó al exilio. En nuestro país sí hubo macartismo y persecución, y él por comunista fue echado como profesor de la Universidad de CR, humillado y exhibido públicamente en un camión de carga por la avenida central, hecho que a él le dolió siempre muchísimo. Por eso, hoy, que la Universidad Nacional lo honre dedicándole su Feria Internacional del Libro, y lo dignifique en el seno del claustro académico, viene a ser como un acto de justicia que  nosotros su familia, valoramos.

Así que Fabano, como le decían sus hermanos artistas Margarita, Alejo y Alvaro, fabricó colchas y cobijas, vendió leche a domicilio, hizo puertas y ventanas, corrigió junto con mamá infinidad de libros y galeras de imprenta para las principales editoriales costarricenses… Al repasar esas arduas faenas para llevar el alimento a su familia, siento que en verdad al mismo tiempo se las arregló para fabricar puertas a la literatura con identidad propia, y abrió ventanas creadoras al lenguaje vernáculo,  y nos legó la leche de una sensibilidad social y una honestidad a prueba de todo, incluso de las tentaciones del poder y del dinero; sus letras ayudaron y siguen ayudando a corregir las líneas torcidas de la injusticia y lo que ha estado mal escrito por la historia, y nos cobijó con esos personajes inolvidables que le surgirían en aquella etapa difícil: el Ignacio Ríos de Una burbuja en el limbo, una novela singular que es grito de protesta por un ambiente aldeano que sofocaba al escritor; y los personajes enjundiosos de sus dos grandes obras de madurez, Historias de Tata Mundo y El sitio de las abras, dos clásicos por muchas razones, entre ellas porque no cesarán de significar creación de identidad y de belleza, de verdad y de enriquecimiento de nuestro acervo cultural. En ambos libros el escritor, en pleno dominio y juego de su materia intrínseca -el español vernáculo-, decanta las aventuras y desventuras de sus campesinos, en el caso de Tata Mundo, con fisga y  bonhomía, y en su novela más épica El Sitio de las Abras, narrando la odisea de abrir montaña para intentar vivir en la brega del trabajo y la paz, y verse en ello despojados por la avaricia y el poder económico.

Papá al mismo tiempo de nosotras, sus hijas, y de sus personajes. Eso vivimos: aquella cabeza de tez blanca y suave que nos contaba cuentos inventados, Tomasito el volcánico no existe en papel, solo en la memoria de nosotras, y la colección de sus libros propios creciendo en la biblioteca del mundo,  aquella habitación que en la casa rodeada de árboles mamá y papá bautizaron como el cuarto de Tata Mundo.

En la novela posterior, En el San Juan hay tiburón, que es un homenaje a la lucha sandinista,  en su primera edición figuran los dibujitos de sus dos hijas de edad escolar, Paula y Aurelia, que él nos pidió. Pero mucho antes hubo un poema desde Cuba dedicado a las hijas mayores, Natalia rayo de sol, Catalina agua serena. Porque papá no fue de esos intelectuales que se dedicaron a sus quehaceres mentales descuidando el amor familiar, no: Mamá primero, y Natalia, Catalina, Paula, Cecilia y yo somos testimonio, por como lo queremos, por como agradecemos lo que nos dio, por sus atenciones delicadas,  por todo lo que nos enseñó, por el gran amor que a brincos y a trancos de una vida cotidiana difícil, nos dio siempre. Agradezco la enseñanza del amor que vi de él -distinto e igual al mismo tiempo- para mis hermanas Natalia, Catalina, Paula y Cecilia, Cecilia la menor, su Uricar, a quien vi querer tanto y proteger por ser la benjamina, y de quien a propósito decía que no en balde en los cuentos infantiles de la literatura universal los hijos menores son los más virtuosos. Ella aquí, profesora en esta Universidad Nacional.

Su obra literaria la completarían otros cuentos magistrales que figuran en antologías de lo mejor de la literatura hispanoamericana, como El Puente, o El Targuá, o Los hombres no lloran, o El Jaspe, y otros gozosos, cual divertimentos del lenguaje, cuentos hasta de ciencia ficción o poesías que son malabares de palabras. Su última novela Los años pequeños días, fulgura por la prosa dinámica y experimental, y es el testamento de reconciliación de papá con su vida.

Con el verdadero sentido de la compasión -el de sentir con los demás, el de ser con los demás-, así Fabián pudo escribir sin separación, sin distinción, con ese corazón de identificarse con los demás, de ser uno con ellos, uno con sus vicisitudes.

Papá expresó:

“No creo que pueda existir obra de arte que  no sea auténtica, genuina, sincera. Y ¿cómo realizar concretamente en literatura una obra comunicable con elementos humanos, y elementos estéticos valiosos, si se escribe o trabaja con materia prima que el hombre no conoce?… Para ser auténtico, para ser sincero, para escribir algo que se quiere decir, no se puede poner uno a hacer literatura cosmopolita con aquel cuento de hacerlo universal. No, lo universal le nace a lo que es comunicable universalmente de sus raíces profundas, de la vida propia. No se puede escribir de la vida ajena”.

EN LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL, AÑO 2015
Aurelia Valentina Dobles Trejos

 

 

 

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