Biografía

Fabián Dobles Rodríguez
(1918-1997)

Uno de los escritores más importantes de Costa Rica, integrante de la denominada Generación del 40, la cual enriqueció las letras con plumas de envergadura especialmente en la temática de sensibilidad social.

Dobles fue escritor integral pues cultivó con éxito tanto el cuento como la novela y asimismo la poesía; miembro de la Academia Costarricense de la Lengua y del Directorio del Colegio de Costa Rica del Ministerio de Cultura y Juventud.

Nació en San Antonio de Belén, provincia de Heredia, el 17 de enero de 1918. Su padre, Miguel Dobles Sáenz, fue un abnegado médico de pueblo quien había logrado su título en Estados Unidos después de mucho sacrificio y batallar en alcaldías; hombre caritativo y protector de los débiles, este progenitor prefirió dedicarse a curar a los campesinos que forjar una lucrativa carrera en la capital o cabecera de provincia. Junto a su esposa, Carmen Rodríguez Solera, criaron diez hijos, Fabián fue el número seis.

Debido a la andariega vida del padre, la familia recorrió muchos caminos, tanto así que, a los tres años de nacido Fabián, se trasladaron a vivir a Atenas: “un pueblo con iglesia, plaza, dos escuelas e higuerones”, decía el escritor. Entre veranos polvorientos y barrizales en invierno, el narrador aprendió a amar el ambiente campesino en su infancia.

“Muy chiquito me llevaron a Atenas y ahí me crié hasta más o menos los 20 años, rodeado de mucho sol, mucha lluvia, montes muy verdes y amarillos, tierra olorosa, chicharras por todos lados, riachuelos donde se formaban pozas en que uno se bañaba. Además me tocó ver, con ojos de cuerpo presente, la llegada de los primeros automóviles”, contaba.

“La vena literaria no se sabe cuándo aparece. Algo de culpa tuvo papá, quien en 1915 ganó el segundo premio en un concurso de cuento convocado por la Botica Francesa, y me pedía pasarle a máquina –a dos dedos por supuesto- los artículos que escribía para el semanario El Correo Nacional”.

Su madre era la guardaespaldas del idioma en la casa; a pesar de no poseer una gran biblioteca, ella se tomaba el tiempo para enseñar a sus hijos poemas de Darío y José Santos Chocano que Fabián niño escuchaba con atención. De pequeño le costaba pronunciar la “erre”, por lo que fue poco locuaz. “Pero entonces me interesé mucho por la letra escrita; yo era asiduo a unos libritos de literatura universal que vendían en la pulpería, en Atenas, a cinco céntimos. Pero claro, con un cinco de aquel tiempo uno se compraba una melcocha que no se la podía terminar… Fue así como cuando entré a la escuela ya sabía leer. Los compañeritos y compañeritas decían: ¨no, no… pero es que está repitiendo”. Luego me convertí en narrador, entonces cinquillo que me caía, corría a la pulpería a comprarme otro cuento. En la puerta de mi casa los amigos del vecindario me pedían que les contara cuentos. Y les contaba de esos que yo leía, pero revueltos con lo que uno inventaba”, narra el escritor.

Comenzó a destacar en las composiciones que asignaban sus maestras y se entretenía haciendo versos que sus familiares se complacían en escuchar, advirtiendo en él una inclinación que lo sacaba del montón.

Era el año 29, la crisis económica golpeaba duro y en los pueblos la gente se moría por decenas. El escritor era entonces un muchachito de 11 años y le hacía a su padre las listas de enfermos. La pobreza y la desnutrición amenazaban implacables los conocimientos científicos.

Fabián Dobles cursó la secundaria en San José, primero en el Colegio Seminario y luego en el Liceo de Costa Rica. Ya en el colegio se sintió indeciblemente atraído por el idioma y sus profesores no tardaron en descubrir un gran dominio de la gramática y sus dotes de escritor. A los 17 años recuerda que le entró por aprenderse un diccionario Larousse y lo logró entero hasta la letra G. En el Seminario su profesor de literatura, quien luego fue arzobispo, Monseñor Sanabria, le presentó El Quijote. La obsesión lo hizo tragarse el libro en dos meses.

Eso, sumado a la sensibilidad artística transmitida por su familia –pianistas, pintores y connotados escritores (Luis Dobles Segreda, primo suyo, por ejemplo)-, contribuyó a forjar su vocación de artista. En medio de tanto trajín, el muchachito abrigaba el afán de ser músico. “Soy un músico frustrado, de niño soñé con ser compositor y escribir sinfonías, traveseaba el piano de la casa hasta que el comején se lo comió”.

Gracias al piano conoció a Cecilia Trejos, su esposa. Él vivía entonces en el barrio La Soledad. “La familia se vino para San José porque ya mi padre, bueno, nos parecía muy viejo, aunque vivió veinte años más”.  Cecilia vivía en el edificio Astorga, donde el padre de Fabián tenía una botica.

“Por ahí vivía una tía mía, de los Chaverri. Yo llegaba mucho donde mis primos y primas a tocar piano, y ahí armábamos algunas tertulias. Yo por esos tiempos había compuesto unos tangos, hasta uno que se llamaba “Rapsodia en tango”, que duraba como 20 o 25 minutos. Imagínese usted, ¡tangos!, eran más bien plagios de motivos argentinos, pero con cierto ritmo. Y ahí llegaba la muchacha (Cecilia), que tenía entonces 16 años, y a la que yo le había mandado unas miraditas  y ella a mí. Tiempo después nos casamos. Ella ha sido una gran compañera para mí. Desde muy joven, aparte de que era muy bella y lo es aún, era muy inteligente, de muy buena sensibilidad y educada en un ambiente muy culto. Nos llevamos cinco años. De acuerdo con las tablas esas que publican sobre conveniencia de edades, para el tiempo en que nos casamos… ¡estaba pero perfecto el asunto!”

Al respecto escribe su hija Aurelia: “Traveseando, hace muchos años, papeles prohibidos, sucumbí ante tus cartas de amor, entreverados el deslumbramiento de la una con la pasión poética del otro: diálogo amoroso que después de 50 años rumorea incesante entre ambos”.

De ese feliz hogar nacieron cinco hijas: Natalia, Catalina, Aurelia, Paula y Cecilia. De esa cosecha, cuatro nietas (Florencia Sancho D., Ana Mercedes Chocano D., Natalia Dobles y Claudia García D.), nueve nietos (Leonardo Sancho D., Sebastián Sancho D., Alberto Chocano D., Alfredo Chocano D., Fabián Guerrero D., Pedro García D., Santiago García D., Camilo Dobles y Antonio Corrales D.) y, por ahora, ocho bisnietas y un bisnieto.

En relación con Fabián Dobles como padre, su hija continúa: “Eras el papá que sembró arbolones en un gran jardín en medio de la ciudad, donde llegaban pájaros de todas las especies, lechuzas, ardilla y hasta zorros pelones. Y allí nos guindabas hamacas de mecates infinitos para que tocáramos el cielo con los pies y regabas el perejil y el apio, campesino de alma. Y eras papá para salir en las tardes a ver el sol rojo, a hablar de las especies, del universo, de la evolución, de los personajes de Grimm y Andersen, del Principito, de tío Conejo y tío Coyote, del metro cuadrado y las divisiones. Cuánto espacio para el sueño en aquella casa de la infancia. El cuarto de Tata Mundo, el de los libros y rincones misteriosos, con el cuadro de mamá pintado por Manuel de la Cruz González y al que esta sacrílega cuando aprendió a escribir, le puso encima con lapicero el nombre de Cecilia, como para que no hubiera duda de a quién pertenecía ese bello rostro.”

Fabián Dobles estudió Derecho en la Universidad de Costa Rica pero ejerció pocas veces pues sentía que esa profesión no encajaba con sus principios éticos. Fue uno de los fundadores del Patronato Nacional de la Infancia y de la Caja Costarricense del Seguro Social. Perteneció al Partido Vanguardia Popular desde los años 40; ejerció como corresponsal de la agencia cubana de noticias Prensa Latina; fue secretario general de la agencia Novosti y también presidente del Instituto Cultural Costarricense-Soviético. A consecuencia de su militancia política, perdió su trabajo en 1948 como joven abogado de la Caja Costarricense del Seguro Social y fue despedido en forma humillante de la Universidad de Costa Rica, donde fungía como profesor de literatura; además, por las mismas razones estuvo en la cárcel en dos ocasiones, por un mes y luego por una semana.

“Después de la guerra del 48 hubo una gran persecución, “a lo costarricense”, parecida a la de los Tinoco, con la diferencia de que en esta última se daba palo y había cepo, y en el 48 hubo encarcelados y fusilados”, testimoniaba Fabián. Para ese entonces ya tenía dos  hijas y por las obligaciones familiares debió olvidar sus aspiraciones de presentar su tesis para optar por el grado de licenciatura en Derecho.

A principios de los sesentas impartió cursos de inglés en el Liceo de Costa Rica, cargo del que fue despojado por presunto proselitismo político. Sin embargo, años más tarde, los responsables reconocieron su error al valorar la calidad humana de sus obras.

Para sobrevivir a raíz del 48, hubo menester de ejercer varios oficios. De primer momento instaló un taller de colchas pero no duró mucho, pues un decreto proteccionista de la Junta de Gobierno (1949) apoyó la floreciente industria textil y puso en desventaja la actividad de los talleres pequeños. Más tarde, un pariente suyo le asignó la repartición de 400 botellas de leche en San José, que debía traer religiosamente de las faldas del volcán Irazú cada madrugada. Eran entre 20 y 30 repartidores; no obstante, pronto la industria lechera cobró auge y el lechero quedó desplazado por la “bolsita de leche”.

“Una vez por ir a vender un cuarto de litro en medio aguadero, se me vino el carricoche encima. Me malmaté todo, me senté en un caño y pensé: ¿Y así vos te creés escritor?”, recordaba Fabián.

Años difíciles vinieron como corrector de pruebas, acompañado por su esposa Cecilia y su hija Natalia. Asimismo fue uno de los fundadores de la Editorial Costa Rica, de la que llegó a ser jefe de producción.

Vinieron tiempos más arduos, pues su conciencia crecía pero la familia también. No le perdonaban su convicción, aun cuando le aplaudían sus libros.

Ganador de Primeros Premios de novela en concursos nacionales  (por AGUAS TURBIAS, 1940, y por EN EL SAN JUAN HAY TIBURON, 1967), y centroamericanos, como el prestigioso Certamen 15 de Septiembre, Guatemala (novela EL SITIO DE LAS ABRAS, 1947, y VERDAD DEL AGUA Y DEL VIENTO, poesía, 1948), es Premio Nacional de Cultura Magón de su país (1968), y Premio Áncora de Literatura, que confiere bienalmente el periódico La Nación, de Costa Rica, en su caso por su aporte al desarrollo de la literatura con hincapié en su última novela LOS AÑOS, PEQUEÑOS DÍAS (1989‑90).

Después de haber vivido 25 años en Zapote, en 1979 el escritor y su familia se trasladaron a San Isidro de Heredia, a una propiedad que bautizó con el nombre de una de sus novelas emblemáticas, “El sitio de las abras”. Allí transcurrieron sus últimos años entre sembradíos de aguacates de altura, una de sus últimas pasiones.

“Nací niño rural y me hice hombre medio urbano en mi San José de Costa Rica, desde que era este un plácido aldeón de vacas y carretones; ahora, una selva cada vez más de cemento, más humo irrespirable, más soledades, locura y aturdimiento entre gente mansa y buena que no se reconocen entre sí ni en los espejos”, meditaba el literato.

Sin embargo,  disfrutaba las conferencias, tertulias y encuentros que su gente continuamente le prodigaba a él como homenaje en colegios, escuelas y centros culturales, por tanto que nos legó en sus libros y nos permite comprender  en profundidad la identidad costarricense y sus raíces.

Fabián Dobles murió el 22 de marzo de 1997, cuando se derrochaban el canto de los yigüirros y el colorido de las guarias moradas en sus amados paisajes, y un cometa se vio descender a través de los cafetales que circundaban su estancia.