Hermano, te aseguro que hay que cantar la vida, porque somos la vida que no acaba. Olvida ahora tu nombre y tu bautismo, y llámate sencillamente hombre, porque estás entre hombres. Pon por unos instantes el oído hacia dentro. Escúchate la sangre; siéntete la emoción y el pensamiento; adivínate el ser que te anda por el cuerpo y es tu cuerpo. Pronuncia una palabra, la más simple. Dime: ¿te pertenecen la emoción, la palabra, el pensamiento? ¿O tú les perteneces como parte del venerable todo que nos viene desde todos los ámbitos, sin tiempo, sin ayer, pero tan claro, y se sale de cuándos y de dóndes, simplemente fluyendo, siempre dándose, siempre de los demás hacia cada uno y desde uno a los demás, y así, uno somos en admirable sucesión de hallazgos y de nacimientos?

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La creación del mundo sucede cada instante, porque todo es eterna sucesión de comienzos. Nada termina. Empieza. Nada muere. Se inicia. La vida, el universo, no saben del recuerdo. Porque el recuerdo, muerte, es lo ya acaecido. La vida es nacimientos y adelantes. No tiempo. Si recuerdas, te mueres, actualizas la muerte. Si añoras, es que acabas.

Soñar, sí, hacia adelante. Soñemos cada instante, y cada instante nuevo sollocemos de júbilo.

El universo, el hombre, la planta, y el misterio nacen cada momento. No añoremos; nazcamos. Porque todo, y nosotros, comenzamos allí donde termina nuestra historia y honda vida vivimos con cada nacimiento.

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Asistimos, hermano, a nuestro propio estreno siempre que despertamos. Los ojos están limpios de todo antes de ahora. ¿No ves que están abiertos? Palpan cada minuto con iniciales dedos. Son sed que nos camina sin descanso, porque cada segundo un sorbo beben de reciente universo de mí, de ti, de ustedes todos, de su tiempo. El tiempo que va y va, como un péndulo.

Cada vez que despierto estreno ser, estreno el Sol y el viento.

Los ojos crean el mundo cada vez que los ojos encendemos.

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La vida, por entera, no acumula pasados. Vive de nacimientos infinitos. No llega. Llegar, ¿no significa por ventura apagarse? Siempre está al pie de siempre. Nada sabe. Comienza, ignorándolo todo, pero todo lo espera. Como la vieja nave que estrena y leva el anda, la vida es una siempre primera vez que parte, porque cada mañana inicia su mañana. Alborada, alborada, nada más que alborada.

Y el hombre, cuando es vida, y el corazón del hombre, cuando es un corazón, ¿no son recién nacidos que brotan incesantes de su propio momento? A cada nuevo golpe en el pulso del tiempo el corazón empieza su inicial aventura, y atrás nada se acaba porque sólo hay recuerdo, y todo permanece la verdad del instante que se modela siempre en navidad sin término.

Así, nada envejece. Pues todo, y cada hombre, es joven y es antiguo en la misma medida de su eterno comienzo.

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¿Decid si el mundo todo no está creándose siempre con cada madrugada? El hombre sea esperanza, primera luz, Sol nuevo; el borbollón que brota, la creación que zarpa. ¡Si alentamos de proa! ¡Si miramos de frente! ¡Si la vida es el pecho, y el ombligo, y el vientre, y se da en las rodillas, las uñas, y la frente! Alegría, alegría. Olvidemos la muerte y aprehendamos lo que está empezando ahora, y luego, y enseguida, y a la vuelta de siempre. Porque el hombre es su padre y es su propio hijo, descendemos del tiempo y vamos hacia el tiempo, que ignora su apellido. Somos humanidad que se inaugura. Solo un nombre tenemos: universo.

Dejad ya de aferraros a los muertos.

1954‑55

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