A mi hermana Margarita

Ahí donde usted lo ve, ese puente no es cualquier puente. Tiene nombre. Nosotros se lo pusimos, sí señor. Mire la placa; dice que lo construyó un gobierno, pero miente. Nos lo jalamos muchos, a puro tendón. Pero sobre todo lo puso aquí, de lado a lado, un hombre. Por eso lo llamamos el Paco Godínez.

Mi bestia resopló a toda nariz cuando en mitad del puente nos detuvimos a leer la placa, arriba un tropel de escabrosos nubarrones, abajo el río esa mañana más Toro que nunca, pero no Amarillo: chocolate rugiente.

Era octubre y había llovido tieso y parejo toda la noche anterior. Veníamos de casi nadar en barro y a poco más volvíamos a hacerlo camino adentro.

Cuando después desmontamos yo ignoraba aún que aquella casa y su corral habían sido de Paco Godínez. Un niño con machete al cinto y sombrero de lona lo atravesó arreando una vaca seguido de su perro. Una mujer olorosa a humo de cocina saludó a mi ayudante con torrentosa efusión de viejos conocidos, me estrechó a mí la mano y nos pasó adelante.

‑Sí, cómo no, pueden dejar el equipaje aquí y alojarse, si cuando mi hermano vuelva no se opone ‑respondió a nuestro pedimento‑. Hay un cuarto disponible; otro ingeniero lo ocupó hace unos años.

En la pared de la tosca salita había un retrato que, desde sus ojos pequeños y punzantes, nos miraba.

‑Ese era Paco Godínez, sí señor ‑dijo mi ayudante‑. Cuando me fui a Limón a buscar horizontes así estaba; de unos sesenta años ya, tal vez.

Mi ayudante con la mira y yo con el teodolito, al día siguiente comenzamos el trabajo de medición topográfica para el proyecto vial. Él conocía bien su zona natal y me resultaba doblemente útil.

Una noche de aquellas, sentados en el corredor de la casa, me dijo:

‑Allá, un poco arriba de donde ahora está el Paco Godínez, estuvo el andarivel. Él lo hizo con la ayuda de mi tata y los demás. No sé cómo, pero ese hombre se las sabía todas; se gastaba una cabeza y unas manos que ya se deseara uno. Mire, si otros podían capar chanchos y ayudar a parir a una yegua en apuros, Godínez podía con eso, pero también destazar a la perfección o herrar caballos como un maestro. Si mi tía Honoria era un catecismo en yerbas medicinales y cataplasmas, Godínez no sólo le daba punto y raya, sino que se iba a Guápiles y regresaba con la receta que de veras salvaba. Agarraba una terciopelo viva como jugando, no más para explicarnos, haciéndolo él mismo, cómo los entendidos le sacaban el veneno para el butantán, o nos preparaba un unto para chanchos y reses que les espantaba como con la mano los vampiros. Sí señor. ¿Que otros podían con la carpinteada? Pues él lo hacía mejor, a más de albañilería y cosas de electricidad, como aquella vez que trajo un generador de automóvil con su batería y lo puso a caminar a fuerza de agua y a encender cuatro bombillas. Apostó a que se podía, y ganó. Sí, de todo; un día vino un cura y dijo misa al aire libre. ¿Sabe quién se la ayudó? Quién iba a ser: Godínez. Y por Godínez mi tata y los demás, que ahora tienen ya escrituradas sus tierritas, no las perdieron. Hizo reuniones, redactó memoriales, consiguió firmas, fue yo qué sé cuántas veces a Puerto Limón y a San José a dárselas con abogados y jueces, el Resguardo lo agarró preso en dos o tres de esas, y en la última si no es porque entre todos nosotros lo rodeamos hasta con escopeta algunos para jugárnosla con él, le dan fuego a su casa, que entonces era apenas un rancho. Adió, pero se salió con la suya. La compañía bananera, que estaba vendiendo a los Sotillos todas esas tierras ahí para allá, no pudo desalojarnos; a la postrera no pudo, como tampoco lo pudieron endespués los Sotillos, esos mismos que tanto y cuánto pujaron para que no se hiciera el andarivel. Ha visto; se oponían, según Paco Godínez porque con el andarivel se les iba a cundir aún más de parásitos todo esto y ellos por el momento tenían suficiente con toda la tierra del otro lado del Toro Amarillo para sus cacaotales y cortas de madera, y querían las de acá queditas y en paz para el futuro. Pero, sí señor, ya le digo, se les volvió a atravesar el hombre como quien dice un diablo en medio del camino, y que ni que fuera un ingeniero consiguió no sé con cuál ministerio o si con la municipalidad de Limón el cable y las poleas, nos animó a todos a trabajar en la cosa y en un mes pasó él de primero. No sabe cuánto nos costó jalar con un tren de mulas los gigantones de manú y más todavía parar y enterrar el de acá, y más todavía pasar el otro al lado de allá para lo mismo, y se nos vino el condenado abajo, y lo volvimos a parar, y se nos volvió a venir, hasta que al fin lo pudimos con un tecle que improvisó Godínez. Y todo para aquella desgracia. Sí, muy al pelo el andarivel. Pasábamos, aunque fuera en aquel como trapecio de circo, porque para hacerle canasta no hubo material y uno se sentaba en el palo atravesado y a jalar el chicote se ha dicho. De un lado al otro, y a la visconversa. Hasta hubo vez que por recrecido el río más de un novillo pasó guindando y bramando a aquella altura de mareo, bien amarrado al trapecio. Hasta que, bueno, tenía que pasar, se le mató la propia mujer a Paco Godínez. El palo de sentarse estaba como quien dice quebrantado o le había entrado el hongo y en mitad de allá arriba se fue enterita al río. Y lo peor, con el menor de los chiquillos. Iban tierra afuera a que lo viera un doctor, porque Paco Godínez pensó que podía ser eólico miserere y para eso él sí que no, por mucho que supiera.

Caray, sí, qué gran golpe se llevó el hombre. Porque si era muchos en el hacer y el gozar, lo era también para sufrir. Que lloró, lloró y cómo. Pero así que le amainó el temporal más fuerte ‑meses y meses de quedarse mudo y solo como caballo amorriñado‑ dijo que era que ese bandido Toro Amarillo se había desquitado con él por haberle como quien dice puesto cincha.

Pero para ese toro mostrenco estamos aquí otros toros más bravos fue lo que se nos dejó decir cuando se arrancó la estaca del corazón y nos volvió a reunir. El andarivel no sirve. Ya se ve que es una temeridad. Antes se ahogaba gente. Ahora se nos cae y el río se la traga. Tenemos que hacerle un puente con todas las de ley. De hamaca.

Los más viejos se volvieron a ver entre ellos como pensando está loco. Uno le preguntó cómo y con qué, en estas remotidades.

No tenemos ni en qué caer muertos, se le oyó a otro.

Y si con qué tuviéramos, mejor sería para comprar más chanchos o algunos novillos, dijo mi tata.

Pero Paco Godínez, sí señor, se paró en medio de todos y gritó:

No me van a dejar solo esta vez. Me van a ayudar, hombres. Tenemos que demostrarle a ese río que también podemos ponerle freno y albarda con todo y la grupera.

Y fue entonces cuando como que, de veras, sobre todo los más muchachos, comenzamos a soñar. Sueño de puente, sí. Con bastiones de mampostería; con cables así de gruesos, y abajo tablones seguros para pasar como meciéndose, como bailando. Ya no tendríamos que sacar los sacos de maíz y los racimos de plátano y los chanchos cebados colgando como congos de aquel maldito andarivel. Y los más jóvenes fuimos a la casa de Paco Godínez, le dijimos que contara con nosotros, y él nos alzó a ver endemoniadamente contento.

Convenzan a sus tatas, potrillos. Díganles que todo se puede si los hombres lo quieren. Y los convencimos. Volvieron otra vuelta los memoriales de Paco Godínez con las firmas de todos, las idas en grupo a Limón, a San José, a los infiernos mismos… a humillarse como pordioseros con los diputados‑, se reía el hombre‑, con tal de tener el puente. Y a punta de yeguas y mulas dos años después fueron llegando cables gruesos, y cajas de tornillos con tamañas tuercas, y arena y cemento y algunos albañiles con su capataz, aunque el capataz de verdad lo resultó siendo Paco Godínez.

Hubo puente, sí señor, sólo que angosto y algo bajo, muy pegado al río, y en la crecida de uno de esos años nos llevó la trampa porque el Toro lo arrastró. Se sacudió la albarda el condenado.

Yo, por entonces, me fui para Limón. Éramos muchos hermanos y quería aprender cosas. Pero antes oí a Paco Godínez jurar hecho un demonio que eso no se quedaba así. Más amarillo te vas a poner, de rabia, cuando te hagamos un verdadero puente que no te podás llevar, Toro de los diablos, gritó estando con otros viejos mientras se tomaban unos tragos frente a los bastiones desquiciados.

Ese puente es este, el Paco Godínez. Antes pasaron años, qué se yo más cuántos memoriales y viajes a la capital y formación de juntas progresistas y esperanzas y decepciones. Si hasta, lo que fue demasiado hacer y demasiado dar, Paco Godínez le ofreció la adhesión a un candidato que detestaba y le prometió que todas las familias de acá del río votarían por él si les volvían a hacer puente o por lo menos les mandaban suficientes materiales, que ellos traerían a como hubiera lugar. Sí, vecinos ‑dicen que dijo‑, ya ven que ahora que asoleo tantas canas hasta regalo mi conciencia, pero es porque lo necesitamos. Qué Toro Amarillo ni qué albarda. El río no tiene la culpa. Es como es, ya está, pero él no lo sabe. El jodido hace lo que puede y nos da buen bobo y buen guapote a cambio de los muertos que se ha tragado. Mas no progresaremos si no le volvemos a doblar el espinazo con un gran puente de fierro.

Y no ese candidato, no señor, que cuando subió a Presidente qué va a ser, si te vi no me acuerdo con Paco Godínez y los demás: otro gobierno, cinco años más tarde, les mandó los materiales y varios trabajadores. Otra vez viejos y jóvenes sacaron tiempo al tiempo y fuerzas a sus fuerzas para ayudar, pero ahora los dirigía un ingeniero en persona.

‑¿El mismo ‑interrumpí‑ que se alojó en nuestro cuarto?

‑El mismo, sí ‑respondió mi ayudante‑. Paco Godínez tuvo tiempo para entabicárselo bien y arreglarle una buena cama. Y por cierto que el ingeniero no perdió el tiempo. Dejó también por ahí regado a un hijo mientras dirigía los trabajos. Le dio un nieto a Paco Godínez. Lo único fue que este no lo pudo saber… porque ya terminada la obra, cuando se agachó a levantar un cajón de herramientas en la pura mitad del puente, cayó redondo al piso sobre los tablones de cachá que él había ayudado a rajar a punta de cuña y mazo. Lo alzaron como muerto, y aunque la peleo unos días, no hubo Dios posible. Hasta allí se la prestó. Eso que llaman infarto, creo.

Usted leyó la placa. La vinieron a fijar con todo y cura, comandante, gobernador y ministro de transportes. Era domingo, y a esas inauguraciones les ponen periódico y música. Pero la comitiva se encontró con la sorpresa: mi tata y otro vecino cuidaban el puente del lado de allá. Lo habían cerrado con dos hilos de alambre de púas.

Aquí no pasa nadie, dijeron.

¿Se habían vuelto locos? El ministro enrojeció; se desconcertó el cura; el comandante avanzó con la mano en la cartuchera de su revólver, y entonces mi tata y su compañero levantaron los machetes.

Un momentico, señores; hágannos caso, por favor, o ten­drán antes que matarnos, volvieron a decir y señalaron la otra orilla.

Allá se alcanzaba a ver apenas sombreros de hombres y cabezas de mujeres y un ataúd de cedro, labrado la víspera por la tarde. El sol del mediodía chispeaba en los bocados dejados en su lomo por la azuela.

Primero pasa el entierro.

 

* EL PUENTE. Este cuento está incluido en ANTOLOGÍA DEL CUENTO CENTROAMERICANO, Editorial EDUCA, San José, Costa Rica, 1973. Asimismo, con el titulo de LOS TOROS, en EL CUENTO ACTUAL LATINOAMERICANO, Comunidad Latinoamericana de Escritores, Ediciones de Andrea, México, 1973. Y en la Antología de Cuento Centroamericano que editara la UNESCO, en París (1996), para la Colección de Obras Representativas, versión en lengua francesa.

 

 

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